La Estatua de la Paz en Morelia | Sin brazo, sin nariz, sucia... pero con una impresionante historia

La escultura forma parte de una triada esculpidas a mano sobre un solo bloque de mármol: de la Guerra, de la Paz y Diosa Fortuna; fueron creadas en Italia entre 1870 y 1890. sobre la Estatua de la Paz se han creado algunas historias que le atribuyen una fuerza sobrenatural

Víctor E. Rodríguez Méndez

En Morelia una efigie marmórea y centenaria vigila el paso de los paseantes del principal bosque de la ciudad. Es una estatua que se eleva de su pedestal de unos tres metros de alto en una de las glorietas del Bosque Cuauhtémoc, y desde su posición hasta cierto punto discreta muestra su altiva, clasicista y serena presencia. A esta escultura se la ve actualmente manchada por el tiempo y con varias mutilaciones, víctima del descuido y el vandalismo; le falta el brazo derecho y la nariz. Se le nota el deterioro, pero también se percibe aún la buena mano del artista y la belleza del mármol blanco del que está hecha. Y bajo ese registro físico y estético de notable ornamentación –en cuya imagen se han acumulado incluso leyendas sobrenaturales– se encuentra una historia que es importante revelar.

De acuerdo con el historiador Gabriel Silva Mandujano, del Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, el siglo XX transcurrió en el Bosque Cuauhtémoc prácticamente solo con la escultura –a la que él llama de Ceres–, y no fue “sino en los últimos años de ese siglo y en la primera década del que transcurre que se renovó el interés por dotar de elementos escultóricos” al antiguo Paseo de San Pedro, en lo que a principios del siglo XIX eran los límites de la ciudad de Valladolid, contiguo al Acueducto y muy próximo a la Calzada de Guadalupe.

En esos terrenos desde 1916 se asienta sobre 16.1 hectáreas el actual parque urbano más importante de Morelia, localizado dentro del perímetro del Centro Histórico, y como tal está inscrito por decreto federal de 1990 como inmueble con valor patrimonial.

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La escultura

La escultura de estilo neoclásico representa a una mujer joven enfundada en una túnica cuyos pliegues denotan el trabajo fino de la mano humana. En su descripción, Gabriel Silva Mandujano señala que una guirnalda corona su cabeza y en su mano izquierda sostiene un cuerno de la abundancia con frutas y espigas de trigo. A sus pies, un paquete embalado con cordeles, el caduceo representado por un bastón con dos serpientes y unas alas que es la insignia del heraldo y es el atributo mágico de Mercurio, mensajero de los dioses del Olimpo y que en la antigua Roma servía como bandera de tregua.

Hay datos que permiten afirmar que esta escultura fue realizada en Italia probablemente entre 1870 y 1890, tallada en mármol de Carrara en los talleres del escultor Carlo Nicoli.

El autor

Carlo Nicoli nació en Carrara, Italia, el 4 de octubre de 1843, de familia de escultores. A los veinte años fundó su taller de escultura de mármol en su ciudad natal, donde aún funciona desde 1876 en la Piazza XXVII Aprile. Entre las obras más conocidas localizadas en diversas partes del mundo, las esculturas decorativas de la fachada del Palacio de Bellas Artes en la Ciudad de México fueron talladas en su taller a finales del siglo XIX en colaboración con los escultores Leonardo Bistolfi y André Allar. También realizó la escultura en bronce Miguel de Cervantes que preside la plaza mayor de Alcalá de Henares que lleva su nombre, que data de 1889, y es uno de los emblemas más importantes de la ciudad complutense.

Es de resaltar el conjunto de esculturas que Carlo Nicoli y su hermano Silvio realizaron en Ceuta, España, en 1892, por encargo del ayuntamiento de esa ciudad, y que se encuentran situadas en los jardines de San Sebastián. Según refiere Moisés Bazán Huerta en un artículo dedicado a las obras de los Nicoli en España, se trata de siete estatuas que simbolizan la paz, el arte, la industria, el comercio, el trabajo, el continente africano y una fuente artística, con el fin de “desarrollar un programa alegórico muy en relación con las características y deseos de prosperidad de la ciudad”, apunta Moisés Bazán.

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Lo importante de este último dato es que la escultura de la Paz de Ceuta guarda una estrecha similitud con la de Morelia, lo cual hace pensar que ambas pudieron ser realizadas con un patrón similar o, en todo caso, una es réplica de la otra, aun cuando no se tiene la certeza de si son del mismo tamaño. La descripción de Moisés Bazán coincide en gran parte con la de Gabriel Silva –aunque difieren en la corona: el primero dice que se trata de guirnaldas y el segundo de olivo–, y Bazán agrega un dato interesante: la escultura lleva en su mano derecha una rama de olivo.

Para Silva Mandujano se trata de Ceres, diosa de la tierra, protectora de la agricultura y la vegetación; en tanto que Bazán Huerta refiere que la cornucopia es el atributo característico de la abundancia o la fortuna, así como el caduceo identifica al comercio, por lo que a su entender la imagen alegórica “toma sentido por cuanto la Paz deviene imagen protectora, marco bajo el cual se desarrollan todos esos factores”. Estéticamente, añade, “aporta una mayor elegancia y un inicio de movilidad del que carecen las restantes”.

El origen

Se sabe que la bella escultura del Bosque Cuauhtémoc forma parte de una triada que en algún momento estuvo en Guadalajara, Jalisco, cada una esculpida a mano sobre un solo bloque de mármol. Concretamente, dos de ellas, llamadas de la Guerra y de la Paz –ésta corresponde a la de Morelia­– estuvieron flanqueando el balcón principal del Palacio de Gobierno de Guadalajara como se aprecia en diversas fotografías de principios del siglo XX. Diversas notas coinciden en que desde entonces se las llamaba de la Paz y la Guerra. “Sobre el tema hay distintas versiones e imprecisiones que con el paso de los años se han ido aclarando”, señala Antonio Aceves Ascencio, arquitecto y profesor de asignatura en la universidad ITESO, quien ha investigado desde Guadalajara la historia de estas tres esculturas. “Hoy en día existen muchos grupos en redes sociales que abordan cuestiones históricas y en ocasiones se comparte información errónea que fácilmente se propaga y lo que se quiere evitar es que una mentira repetida mil veces se convierta en verdad, por lo que siempre será importante sustentar el contenido en fuentes confiables”.

Lo cierto es que la escultura de la Paz se ubica hoy en día en el Bosque Cuauhtémoc de Morelia, la de la Guerra se encuentra en el Parque de los Gringos en la ciudad de Colima y sólo la tercera escultura, conocida como la Diosa Fortuna, ha permanecido en Guadalajara.

Respecto a la llegada a México de las tres esculturas, la versión más aceptada es la que señala que fue Luis del Carmen Curiel (en su período de gobernador entre marzo de 1895 y enero de 1903) quien adquirió las piezas de Carlo Nicoli para el gobierno de Jalisco. Se sabe también que en el periodo en que fue gobernador José Guadalupe Zuno (1923 a 1926) se realizaron mejoras al Palacio de Gobierno, decidiendo retirar las mencionadas estatuas que por años flanquearon el balcón principal. La estatua de la Guerra fue donada al gobierno de Colima, en tanto que la estatua de la Paz se donó a la ciudad de Morelia.

De acuerdo con la investigación realizada por Antonio Aceves, la Diosa Fortuna deambuló por diversos lugares de Guadalajara como lo atestiguan fotografías de la época. Estuvo en el Liceo de Niñas o Supremo Tribunal de Justicia, en el Museo Regional de Guadalajara, en la Caja de Agua o Arenero Curiel, en la Plaza Tapatía (donde fue vandalizada y perdió la mano derecha con el cetro) para finalmente reposar en el vestíbulo del Teatro Degollado, donde fue sometida a trabajos de limpieza y restauración. Al respecto, refiere Aceves que un colaborador de la entonces llamada Dirección de Patrimonio Artístico e Histórico, el arquitecto Hugo Testolini, viajó a Italia en 2004 y surgió la oportunidad de localizar en Carrara el taller de Carlo Nicoli, y se llevó la sorpresa de que el bisnieto del escultor, del mismo nombre, estaba al frente del negocio. Se estableció entonces el contacto para más tarde invitarlo a Guadalajara a restituir las piezas faltantes de la Diosa Fortuna, propuesta que afortunadamente aceptó. Estando en México tuvo la posibilidad de conocer la estatua de la Paz en Morelia y en Colima la de la Guerra, ahora nombrada Libertad.

Cabe señalar que mientras que la escultura de Colima fue restaurada en 2012, la efigie moreliana no ha sido motivo de ninguna labor de reparación profesional. Joaquín Hernández Garza y José Luis Rodríguez García, arquitectos del Instituto Municipal de Desarrollo Urbano de Morelia en 2012, en un artículo publicado ese año refieren que de 2006 a 2012 se desarrolló un proyecto de mejoramiento de la imagen urbana del Bosque Cuauhtémoc en diversas etapas; aun cuando los investigadores señalan que tal acción ha sido la más importante de las realizadas a favor del parque en su historia, ninguna de esas tareas incluyó en algún momento la restauración o limpieza de las esculturas, incluida la que ha sido fiel guardiana de tan emblemático lugar de recreación y esparcimiento para la ciudadanía moreliana durante más de un siglo.

Colofón

Acorde con el espíritu tradicionalista de Morelia, sobre la Estatua de la Paz se han creado algunas historias que le atribuyen una fuerza sobrenatural; hay quienes aseguran que la figura guiñe el ojo o se mueve al paso de los transeúntes, y los testimonios más arriesgados refieren de un caso de a mediados de los sesenta del siglo pasado en el que la estatua bajó una noche con una mueca horrible, casi demoniaca, en su rostro, y “tenía los ojos sumidos en sus cuencas de mármol y le brillaban, en su brazo bueno no traía el ramo de flores que desde siempre traía consigo, tenía ese brazo levantado y la mano abierta, era como si de un momento a otro con ella fuera a descargar un golpe en las temblorosas y espantadas humanidades de aquellos que se encontraban a punto del colapso nervioso, y su brazo mutilado y sin mano lo tenía medio levantado y de él brotaba sangre…”.

Más allá de esas historias de la vida cotidiana, una mirada más centrada en el gozo estético descubre un obelisco atractivo, bien esculpido y con una historia que bien vale preservar, por mucho que su estado de conservación actual deja mucho qué desear.

Dice el arquitecto Héctor Álvarez Contreras del Colectivo Ciudad: “Las obras de arte que nos acompañan y que habitan la ciudad junto a nosotros, son, como nosotros, testigos del tiempo que vivimos; están hechas de las mismas historias y de los mismos anhelos”. Así nuestra escultura del Bosque Cuauhtémoc, alegoría de la paz y la abundancia, guardiana y protectora del tiempo en una ciudad cuyo patrimonio de monumentos es bueno y suficiente como para cuidarla y seguir admirándola en el más bello parque de Morelia.

Víctor E. Rodríguez, comunicólogo y diseñador gráfico de profesión; periodista cultural de oficio desde hace tres décadas. También ejerce la docencia y de vez en cuando dirige talleres de redacción, escritura creativa y de periodismo.