SUSANA NAVARRETE RICO "La verdad nace de la discusión entre amigos" David Hume Hubo un tiempo en que ver era creer.Una fotografía bastaba para convencer. Un video parecía suficiente para demostrar un hecho. Una grabación de voz podía modificar la percepción pública de una persona y un documento firmado era, casi siempre, sinónimo de autenticidad. Durante décadas construimos nuestra idea de la verdad sobre aquello que nuestros ojos podían observar. Hoy esa certeza comienza a desvanecerse. La inteligencia artificial ha transformado nuestra manera de crear, comunicar e informarnos. En cuestión de segundos es capaz de generar imágenes que nunca existieron, reproducir la voz de cualquier persona, elaborar documentos aparentemente auténticos y producir videos donde alguien parece decir o hacer algo que jamás ocurrió. Lo extraordinario de esta tecnología no radica únicamente en su capacidad para crear contenidos, sino en que cada día resulta más difícil distinguirlos de la realidad. El problema, sin embargo, no es tecnológico. Es profundamente humano. Las sociedades funcionan porque existe un mínimo de confianza compartida sobre aquello que consideramos verdadero. Esa confianza permite celebrar contratos, impartir justicia, informar a la ciudadanía, ejercer el periodismo, resolver controversias y participar en procesos democráticos. Cuando esa certeza comienza a fracturarse, el problema deja de pertenecer al ámbito de la innovación y se convierte en un desafío para el Estado de derecho. Durante siglos la humanidad enfrentó una pregunta compleja: ¿cómo descubrir la verdad? El Derecho construyó respuestas a partir de pruebas, testimonios, documentos, peritajes e indicios. Ningún sistema jurídico ha pretendido alcanzar una verdad absoluta, pero todos comparten un mismo propósito: aproximarse a ella mediante procedimientos que permitan tomar decisiones justas. Hoy enfrentamos un desafío distinto. La pregunta ya no es únicamente cómo encontrar la verdad, sino cómo demostrar que aquello que parece verdadero no fue fabricado por una inteligencia artificial. La diferencia parece sutil, pero cambia por completo las reglas del juego. Una fotografía ya no necesariamente acredita un hecho. Un audio puede haber sido clonado. Un video puede mostrar una realidad inexistente. Incluso documentos completos pueden generarse en segundos con un nivel de redacción capaz de simular el trabajo humano. Paradójicamente, mientras la tecnología facilita la producción de información, también vuelve más compleja la tarea de confiar en ella. Las consecuencias trascienden el ámbito digital. Una imagen alterada puede afectar una elección; un audio manipulado puede destruir la reputación de una persona; un documento falso puede influir en una investigación o en un procedimiento judicial. La tecnología no crea la mentira, pero sí multiplica su alcance y reduce el tiempo necesario para que produzca efectos. Frente a este escenario, la respuesta no puede consistir en desconfiar de todo. Una sociedad incapaz de creer en sus propias evidencias termina debilitando los cimientos de la justicia. El desafío consiste en desarrollar mejores mecanismos para autenticar la información, fortalecer la alfabetización digital y construir instituciones capaces de responder a una realidad donde la apariencia ya no garantiza la autenticidad. Este reto tampoco corresponde únicamente al Derecho. Interpela al periodismo, a las universidades, a las empresas tecnológicas, a las autoridades electorales y a la ciudadanía. Todas las personas compartimos la responsabilidad de verificar antes de difundir, cuestionar antes de afirmar y comprender que la velocidad con la que circula una noticia nunca debería ser más importante que su veracidad. Quizá estamos presenciando uno de los cambios culturales más profundos de nuestro tiempo. Durante generaciones aprendimos que una imagen valía más que mil palabras. Hoy incluso las imágenes necesitan demostrar que son reales. La tecnología seguirá evolucionando. La inteligencia artificial será cada vez más sofisticada y continuará transformando la forma en que vivimos. Lo verdaderamente decisivo no será detener ese avance, sino preservar aquello que hace posible la vida democrática: la confianza en la verdad. Porque las sociedades pueden sobrevivir al error. Lo que difícilmente resisten es la pérdida de la certeza sobre qué es verdadero. Y quizá ese sea el mayor desafío de nuestra generación: no descubrir la verdad, sino conseguir que todavía pueda demostrarse.