Pastor Julio Loreto. Hace algunas semanas estuve meditando en la figura de San Juan Bautista y en su ministerio. Preparar el camino del Salvador del mundo implicaba una tarea de enorme trascendencia: un tipo de liderazgo que exigía una preparación especial y específica. Al considerar el liderazgo del segundo Elías, como lo llama la Biblia, articulé algunos principios que me gustaría compartir contigo, estimado lector. Lo hago porque el modelo de liderazgo del Bautista es, a mi juicio, el que debemos imitar, especialmente en la época que estamos viviendo. Además, no necesitas ser el director de una empresa multinacional o ser el C.E.O. de una firma prestigiosa de abogados para ejercer algún tipo de liderazgo. Diariamente nos lideramos a nosotros mismos, como decía William Ernest Henley en su poema Invictus: “Soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma”. No solamente ejercitamos un liderazgo personal, sino que otros también nos miran como líderes. Tú que eres mamá o papá, maestro, prestador de algún servicio, supervisor de un grupo de personas o el hermano mayor de la familia. Prácticamente todos ejercemos algún tipo de liderazgo en la vida. Estos principios han sido pensados para ti. Número uno. Un líder es alguien que ha sido llamado y tiene un propósito desde antes de nacer. Antes que digas que esto no se aplica a ti, permíteme explicarme. De Juan el Bautista las escrituras dijeron que “Irá delante de Él con el espíritu y el poder de Elías…” (Lucas 1:13–17) y con ello quiero decirte que el liderazgo auténtico nace del llamado de Dios, no de la ambición personal. Juan no se inventó un ministerio: fue apartado para preparar el camino del salvador. Lo interesante del asunto y que nos compete a todos nosotros, es que la Biblia asegura que todos hemos sido predestinados por Dios a un gran propósito divino. Principalmente el de glorificar a Dios y disfrutar de Él para siempre. Según reza el Catecismo Menor de Westminster. Un propósito divino aguarda por ti para ser descubierto y disfrutado, pero este inicia con una relación personal con Dios. Número dos. Este principio nos habla del proceso de formación en el que todos nos encontramos. Dios forma líderes en el anonimato antes de exponerlos en público. En el caso del bautista, el desierto preparó la voz que un día sería escuchada por multitudes. Las dificultades y las presiones de la vida nos forman como líderes, porque sencillamente las pruebas personales por las que atraviesas son lecciones de vida para otros, ejemplos de liderazgo para los más jóvenes, para tus hijos o tus amistades. No menosprecies un día difícil en la oficina, es la lección que un día enseñarás al novato en el puesto, la cátedra que podrás impartir a tus hijos y el consejo que le ayudará a tu amigo a superar sus propios retos. Número tres. Cada vez que hablas la verdad sin temor, un líder está siendo formado en ti. Juan llamó al arrepentimiento a todos los que le escucharon y les demandó un fruto visible. Nunca diluyó la verdad para agradar a los demás, para no hacer olas, para mantener el Status Quo. Necesitamos ser el tipo de líderes que tienen un mensaje claro y sin concesiones. En medio de una sociedad donde la mentira y la adulación se han idealizado en redes sociales para cuidar siempre las apariencias. Necesitamos ser el tipo de persona cuya palabra aún tiene valor, cuyas promesas no se las lleva el viento, pero que nuestro si es si y nuestro no es no. Número cuatro. El líder que necesita tu familia, empresa, negocio u oficina, es el líder valiente. El valor de decir las cosas como son antes que guardar silencio. Esta valentía profética en Juan el bautista lo metió en dificultades, es verdad. Pero mostró algo que no muchos encuentran hoy en día, personas con autoridad moral. El verdadero liderazgo no es sencillo, es posible que enfrente críticas, es posible que otros quieran silenciarlo, pero que satisfacción tan grande es ser una persona digan de confianza, alguien con autoridad moral, alguien que se reconoce no por ser adulador, lisonjero o el que “le hace la barba al jefe”, sino una persona recta, profesional y alguien que cumple con resultados sin buscar ganar favores mediante halagos. Número cinco. Este punto me encanta y lo considero sumamente importante y relevante en nuestros días. Ser un líder también se trata de saber quien eres y quién no eres. Quizás te ha pasado como a mí, una multitud de voces se esfuerzan continuamente para decirte quien eres usando como parámetros las redes sociales, los comerciales en televisión, la reputación de grandes artistas o sencillamente la comparación que se hace de nosotros y otros. - ¿Por qué no eres como tu hermano? - Eres igualito que tu padre. -Eso dices tú, pero mi mamá siempre me dijo que… ¡Oh… las comparaciones! Cuando se trata de saber quiénes somos, incluso hemos caído en el ardid de aparentar ser otra cosa, porque nos avergüenza que se sepa la verdad de quienes somos en realidad. Pero el liderazgo que necesitamos en nuestros días es el de una identidad clara. Juan no se dejó confundir por el aplauso ni por los títulos. Saber quién no eres es tan importante como saber quién eres. Número seis. Este principio es posible que vaya en contra de lo que todos dicen, en contra de tu intuición o tus impulsos naturales. Porque todos quieren el primer lugar en la fila, ser el primero en ser atendido, el primero en recibir el servicio, el primero en entrar al cine o el primero en salir del estacionamiento. Probablemente la causa número uno de los accidentes automovilísticos en la ciudad, querer pasar primero. Jesús dijo que amaramos a nuestro prójimo como a nosotros mismos, el apóstol Pablo enseñó “prefiriéndonos los unos a los otros”. Un liderazgo sano también sabe reconocer a los demás, el esfuerzo del otro, saber cuándo es turno del otro para recibir el aplauso o el reconocimiento. Verdaderos líderes saben lo que significa levantar y dar preferencia a otros, antes que a uno mismo. Un proceder natural en muchas madres. Ese también fue el corazón del bautista. Juan entendió que su mayor éxito era presentar al Cordero de Dios, no que lo miraran a él. “Es necesario que Él crezca, pero que yo mengüe.” (Juan 3:30) es mi pasaje favorito en el evangelio, palabras de Juan el bautista. El liderazgo maduro sabe cuándo dar un paso atrás. Juan nos enseña que el éxito no se trataba de retener a sus seguidores, sino cumplir la misión y encaminarlos a Cristo. Número siete. Un líder sano es el que reconoce sus dudas y debilidades. Eso es algo que me encanta de la Biblia, las escrituras nos presentan la humanidad de todos sus personajes, no ocultan sus “áreas flacas”, no nos presentan la perfección de esos santos, pero la humanidad de aquellos que llegarían a ser santos. En la cárcel Juan se preguntó si había hecho bien su trabajo, “¿Eres tú o habremos de esperar a otro?” les dijo Juan a sus discípulos. Vayan a Jesús y pregúntenle. El bautista anunció al libertador de Israel, “Su aventador en su mano está, y aventará su era; y recogerá su trigo en el alfolí, y quemará la paja en fuego que nunca se apagará”. (Mateo 3:12) Quizás Juan se preguntaba por qué Jesús no estaba trayendo juicio al mundo, solo escuchaba de sanidades y milagros. Todos llegamos a dudar de nuestras decisiones, ¿Hice lo correcto? ¿Estuvo bien que dijera esto? ¿Fue lo correcto despedir a esa persona? Alguien dijo por ahí que: El peor error de un líder no es equivocarse, el peor error de un líder es creer que lo sabe todo. Aun los líderes más firmes enfrentan momentos de duda, pero Jesús no reprendió a Juan por sus dudas, por el contrario, lo afirmó y lo honró frente a todos. Número ocho. En algún momento comencé a escuchar repetidamente a personas hablar sobre el legado: lo que dejarían a la posteridad, su herencia o la huella que marcarían en este mundo. A la luz del ejemplo de San Juan Bautista, estoy convencido de que la grandeza de un líder no se mide por la duración de su trayectoria, la cantidad de sus logros o el número de sus seguidores. Juan el Bautista no tuvo una carrera prolongada, no realizó prácticamente ningún milagro y, además, dirigió a todos sus discípulos hacia otra dirección: no para que lo siguieran a él, sino para que siguieran al que venía después de él. Su liderazgo se distinguió por la fidelidad absoluta a su propósito. Y las palabras de Jesucristo al describirlo lo confirman: “Entre los nacidos de mujer no hay mayor profeta que Juan el Bautista…”. (Lucas 7:28) Al final, el liderazgo que el mundo admira no siempre es el liderazgo que Dios aprueba. En una cultura obsesionada con la visibilidad, los seguidores y el reconocimiento, el ejemplo de San Juan Bautista nos confronta con una verdad más profunda: la verdadera grandeza no consiste en ocupar el centro del escenario, sino en cumplir fielmente el propósito para el cual fuimos llamados. Juan entendió que su éxito no era retener discípulos, sino dirigirlos hacia Cristo. Quizás nunca prediques a multitudes ni tu nombre sea conocido por muchos, pero cada día tienes la oportunidad de ejercer un liderazgo que apunte a Algo y a Alguien más grande que tú. En tu casa, en tu trabajo, en tus decisiones silenciosas y en tus momentos de duda, puedes preparar el camino. La pregunta no es cuántos te siguen, sino hacia dónde los estás guiando. Que esta sea también nuestra oración y nuestra convicción: “Es necesario que Él crezca, pero que yo mengüe”. Cuando Cristo es el centro de nuestro liderazgo, el reconocimiento deja de ser la meta y la fidelidad se convierte en nuestra mayor recompensa. Allí, precisamente allí, comienza el liderazgo que trasciende.