El sismo más mortífero de la violencia

Mateo Calvillo Paz   PUBLICIDAD La violencia sigue desatada, implacable, destruyendo vidas humanas y el edificio social, ¿Se la puede detener? ¿Quién paga los daños? La información viene de primera mano: el testimonio de hermanos que vienen de la Tierra Caliente, sacudida por algo peor que los sismos, la violencia asesina. Con voz doliente por …

Mateo Calvillo Paz

 

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La violencia sigue desatada, implacable, destruyendo vidas humanas y el edificio social, ¿Se la puede detener? ¿Quién paga los daños?

La información viene de primera mano: el testimonio de hermanos que vienen de la Tierra Caliente, sacudida por algo peor que los sismos, la violencia asesina.

Con voz doliente por el íntimo dolor, que brota del inconsciente colectivo, narran sus experiencias: cadáveres de mujeres y hombres tirados en los caminos. Hay un video, que se hizo viral en esa tierra, de la ejecución de un muchacho sin ninguno respeto, con lujo de crueldad y de perversidad, que es poco decir. Este video no debe transmitirse por morbo o para divertir.

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No se trata en esta columna de atacar ni descalificar a nadie sino de buscar el bien de todos, el Bien Común, como dicen los católicos. Se trata de sumarse a las filas que buscan el rescate de Michoacán, de aportar un granito de arena en la construcción de la verdad, el bien, el amor para todos y la paz.

Este sismo es más doloroso y nefasto porque no viene de una catástrofe natural, inocente. Tiene su epicentro en el corazón humano que vomita destrucción, prepotencia, odio. Es como las bombas atómicas de neutrones que sólo matan a los hombres dejando intactas las ciudades, las construcciones materiales.

Los crímenes son temblores que se repiten siempre y están en todas las partes de Michoacán y de México. No tienen epicentros localizados.

Un mal enorme es que nos acostumbremos a ellos, que convivamos y aceptemos vivir en medio de la violencia, que domestica a los hombres y los embrutece.

La violencia pacta con el poder que en muchos casos la cubre con su sombra para que golpee, ya no desde las tinieblas sino en plena luz del día.

Un pacto muy sutil consiste en que el poder la niegue. Pone un telón entre la violencia y el pueblo, en el telón presenta una situación muy bella y tranquila, un país de las maravillas.

Por intereses bastardos, los gobernantes con frecuencia, pretenden hacernos creer que todo está bajo control y en paz, que no hay sangre derramada ni dolor. La gente que guarda el sentido común se pregunta: ¿de qué país están hablando? Es un hecho perceptible a todos que los gobernantes viven muy alejados, volando por encima del pueblo, en su burbuja político-virtual.

Todo ser inteligente enfrenta su realidad desastrosa y reacciona con energía. Entonces se presenta la pregunta ineludible, palpitante: ¿qué debemos en este momento?

El ser humano es inteligente y libre para construir la patria ideal, de progreso, fraternidad y paz. Necesitamos conectarnos a la corriente humano-histórica, activarnos, despertar, volvernos elementos activos en la marcha del país.

Un componente de la violencia y aliados como la impunidad y la corrupción gubernamental es la resignación como decía el Papa Francisco en el estadio Venustiano Carranza. La resignación implica derrotismo, pereza, ausencia de fe y de ideal. Necesitamos recuperar la energía vital y volvernos miembros activos de nuestra sociedad, sumarnos a las fuerzas que transforman el país. La superación de la violencia, y el reino de la fraternidad y la paz social dependen de nosotros.

Cada día tenemos una misión para liberar a México de la violencia. Es importante encontrar, con humildad y lucidez nuestra tarea del día.

La campaña contra la violencia empieza en ti mismo, tienes que poner en paz, las fuerzas antagónicas y tormentosas que se agitan en tu corazón. Ahí nace el volcán del odio y la muerte.

Hay que construir la paz en el primer círculo de nuestro entorno. En la familia es donde primero se crea una civilización de paz. Ahí es donde se enseña a negarse a sí mismo para comprender, perdonar, buscar el bien del otro, saliendo de su egoísmo y ambición perversa.