EMILIANO MEDINA Ganó Lula. Lo consiguió con una ventaja de poco menos de 5 millones de votos, equivalente a una diferencia de 3.5 puntos. Será presidente por cuarta ocasión y, en caso de cumplir su mandato, gobernará Brasil hasta el 2030. Contra todo pronóstico. Con las encuestas, los mercados de apuestas y la mayoría de los analistas -hasta los más optimistas- pronosticando su derrota frente a Flávio Bolsonaro. ¿Por qué? Y más importante: ¿qué significa su victoria? Había perdido la primera vuelta de forma clara. Es más: parecía que, sumando los votos de los candidatos de derecha de la primera vuelta, la victoria de Bolsonaro resultaría aún más amplia. Después llegaron los debates: acalorados, llenos de acusaciones y con ninguno de los dos dispuestos a doblar las manos. No obstante, salió a relucir la experiencia del mandatario. Ante la pregunta de Bolsonaro sobre por qué la mayoría de la población carcelaria votaría por él, Lula contestó: “me interesa el voto de todos, incluyendo el de tu padre”. Con esa respuesta asestó dos golpes: exhibió la contradicción de Flávio y se mostró determinado a conseguir el voto de quien fuere. Implacable. El segundo momento se dio en el siguiente debate: Lula siendo llamado “9 dedos”. La frase solo podía encantar a los seguidores más radicales de Bolsonaro; no obstante, la puesta en escena de Lula dio resultados. “Quiero que él sepa algo: si hay alguien en el público que sabe lo que es el trabajo soy yo. Soy alguien que perdió un dedo a los 17 años trabajando de noche cuando no debía hacerlo. ¡No permitiré que un miliciano me llame 9 dedos!”. El contraste lo siguió acentuando el mandatario, mencionando que el primer trabajo de su opositor fue inventado y gracias a su padre; mientras el suyo era necesario para comer. Tras esta victoria vendrán diferentes análisis: las secciones que cambiaron su voto, las movilizaciones electorales, el periodo de extensión en la jornada. Lo sustancial para entender cómo se llegó al resultado; no obstante, creo que igual de importante es responder la siguiente pregunta: ¿qué implica la nueva victoria de Lula? Representa un contrapeso. México estaba muy cerca de quedar sin un aliado ideológico en la región –más allá de Uruguay y del régimen dictatorial de Venezuela–. Esto equilibra un poco más la balanza, que no deja de estar cargada hacia la derecha. Significa, entonces, un socio económico y político de respaldo para maniobrar los intereses de Estados Unidos en el hemisferio. Para la derecha, la victoria es un revés, que trae consigo una dolorosa lección: no es posible dejar de lado los problemas que inclinan la elección. Bolsonaro lo hizo. Se le vio más moderado en los debates, cometió errores costosos y permitió que su oponente lo definiera. Si hubiera seguido los pasos de su padre, o de De la Espriella, acentuando su discurso sobre la seguridad y principalmente la corrupción, habría ganado. Quitó el dedo del renglón y permitió que se le expusiera como un junior miliciano. Paradójicamente, lo costoso fue moderarse; sobre todo, dejar de hablarle al votante. No obstante, el susto de la contienda revela también los errores de la izquierda. El Partido de los Trabajadores no puede seguir dependiendo de un mandatario cuyo capital político continúa desgastándose; debe cambiar. De un gobierno que redistribuye, a uno que lo hace con crecimiento. De uno que protege a la Amazonia, a la par que garantiza desarrollo horizontal. De la retórica del combate a la corrupción, a los resultados. De la historia del mito en decadencia, a la oportunidad de un nuevo gobierno con vistas al futuro. Me parece que el diagnóstico va más allá del resultado de esta elección en Brasil. emilianomedina19@outlook.es