AMOR

Me imagino que la palabra “amor” nunca la ha perturbado, ya no es ese violento somnífero que aturde la memoria y el sentido común…

Me imagino que la palabra “amor” nunca la ha perturbado, ya no es ese violento somnífero que aturde la memoria y el sentido común, o que va contradiciendo al calmoso desencanto mutuo con el que nuestras almas se acomodan en inmortalidades menos ambiciosas.

Me imagino que apenas guarda una o dos fotos de amantes arcaicos en un folder amarillo que nunca más se abre para ser mostrado como un paseo distraído de vida con bigotes de manubrio o como una postal antigua con dosis muy baja de nostalgia que algún día se tira en las mudanzas con las últimas basuras acumuladas.

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Puedo verla por las noches conversando por teléfono junto a la ventana con alguna prima piadosa de la cual no acepta interpretaciones espirituales de sus deseos ni la armonía ficticia con la que se evoca algún retrato familiar. Su hija crece quedándose a dormir con el novio y bebiendo a escondidas cervezas en envases espantosos de más de un litro.

Crecen las magnolias en macetas que no soportan las heladas en el breve jardín de la zotehuela y se multiplican las cacas de los gatos fuera del arenero. Crecerán las tristezas que nada tienen que ver con la palabra “amor”. Es probable que algunas risas que tiene muy hechas en su rostro se desplieguen con mayor soltura y que se perfeccione su parecido con alguna actriz de la época de oro.

Es seguro que los sábados se despierta casi al mediodía sin ninguna culpa mientras su cafetera de última generación ya tiene listo el café que como una suave bofetada le ayuda a abrir los ojos y a desenredar el cabello.

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Puedo predecir que la palabra “amor” terminará de morir en usted como el paisaje desangelado de algún pintor sin talento y que su voz con la que nombra serenamente las tragedias de todos los días se volverá más ronca, más firme, quizás menos dulce. También puedo presagiar que su hija dejará de beber cerveza en esos horribles envases y que crecerá sin magnolias.