Bizancio y el estratega

Ahora este relato se me presenta como una razón más, guardada en cierto archivo de mi conciencia, para sostener que la muerte es absoluta

Gustavo Ogarrio

“La historia de Bizancio es una historia de locos”, decía el escritor colombiano Álvaro Mutis cuando se le preguntaba de dónde venía la idea que daba origen a su relato “La muerte del Estratega”. Mutis estaba convencido de que la historia política de los últimos siglos era más bien una suma degradada de hechos y que el último acontecimiento que valía la pena comprender era la caída de Bizancio, ocurrida el 29 de mayo de 1453: “una ínsula cristiana en medio de un océano islámico”, como lo definiría el historiador José Marín Riveros. “La muerte del Estratega” es de una belleza trágica que me hace recordar precisamente esa orfandad de tragedia que todos padecemos; esa búsqueda de cierta dignidad para morir. Alar el Ilirio, de “ojos hundidos y rasgados”, entra en la muerte buscando “una razón para haber vivido, algo que le hiciera valedera la serena aceptación de su nada”; una segunda lanza le atraviesa la garganta, lo arrullan trágicamente los cantos de himnos religiosos y salmos en medio de la batalla, la revelación de que la figura y el amor de Ana la Cretense lo unen en el instante infinito de la muerte “con el misterio de los otros seres”. No es una historia de amor en el sentido romántico, esto es imposible; más bien, es la historia de un desplazamiento centrado en Alar y que va de la redención mística al reconocimiento de la muerte absoluta. Alar no muere bajo un sentido religioso que pelea hasta el final en contra de los invasores musulmanes y de la caída de Bizancio, en su “desordenada alegría” agónica se sabe “dueño del ilusorio vacío de la muerte”, de una dignidad trágica relatada por Mutis en nuestro tiempo de no tragedia. Ahora este relato se me presenta como una razón más, guardada en cierto archivo de mi conciencia, para sostener que la muerte es absoluta y que su flecha en nuestra garganta quizás nos concederá solamente ese segundo infinito en el que conquistaremos su vacío ilusorio.

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