Gustavo Ogarrio Uno de los conflictos más profundos que siguieron a la colonización de América se dio entre dos formas de comunicación e interpretación, entre la oralidad indígena –perseguida y marginada de las técnicas de interpretación dominantes– y la escritura, código que acompañaba a los conquistadores y al proceso de institucionalización colonial; entre la voz y la letra. En el caso del Perú, en el desencuentro entre Atahuallpa y el padre Vicente Valverde, el famoso “diálogo” de Cajamarca, están las marcas de la imposición e institucionalización de un sistema de comunicación basado en la escritura, así como el comienzo de la resistencia que este proceso desató en los pueblos indígenas. Atahuallpa arroja al suelo un breviario religioso que Valverde le enseña para exigirle su sumisión a las creencias cristianas y al Estado Imperial español. El texto escrito, una figura sagrada para Valverde, es también el instrumento que rige la cosmovisión cristiana, así como la representación e identificación de la autoridad. Al lanzar el libro al suelo, la figura de Atahuallpa es identificada por la política colonizadora con la desobediencia y la rebeldía. Desde este momento, los pueblos indígenas de la región andina serán perseguidos y Atahuallpa decapitado. Sobre las consecuencias del fallido diálogo de Cajamarca, todavía resuenan las palabras de Antonio Cornejo Polar: “La catástrofe de Cajamarca marcó para siempre la memoria del pueblo indio y quedó emblematizada en la muerte de Atahuallpa: hecho y símbolo de la destrucción no sólo de un imperio sino del orden de un mundo, aunque estos significados no fueran comprendidos socialmente más que con el correr de los años”.