ESTOICISMO

Diosas de la lágrima, el arrepentimiento y el final feliz, deidades que dictan también la muerte de la acción y la trama.

En 1978, el Cine Coyoacán ya es para mí, indiscutiblemente, el gran productor de fantasías y de primeras relaciones con los efectos de la imaginación. Sin embargo, no es el lugar paradisíaco en el que concurren los ingredientes de una niñez armónica. En el Coyoacán transcurre parte de mi tránsito por una infancia marcada también por la lealtad a la pantalla. Una lealtad que por momentos me aleja de los juegos más rudos y me pone en contacto con sensaciones inaugurales, con los poderes evocativos de la imagen monumentalizada y con alegrías, lamentos y temores que lo mismo me llevan a soportar estoicamente los melodramas de Libertad Lamarque que a buscar en el cine de aventuras rancheras o de cómicos indeseables las marcas de algún heroísmo moribundo. Por ejemplo, Resortes y Clavillazo significan desde siempre mi acceso más sincero a la rechifla y al escepticismo ante historias y actuaciones que todavía en mis peores noches intento olvidar y que en ese entonces ponían en escena mis primeros rechazos como espectador de la pantalla.

El dictamen cinematográfico fue preciso, enérgico y constante: “En el principio fue el melodrama”, la lágrima primera que nadie logrará reconstruir y adorar en el altar de las primeras cosas. Racimos de mujeres inmaculadas y sufrientes como símbolos de la castidad, la abnegación y el sacrificio. Diosas de la lágrima, el arrepentimiento y el final feliz, deidades que dictan también la muerte de la acción y la trama: María Elena Márquez, Blanca Estela Pavón, Elsa Aguirre, Meche Barba, Marga López, Amanda del Llano... En el principio fueron los rostros jadeantes de estas bellezas que rezaban por la salvación de todos los presentes, los ausentes y los futuros. El pueblo a caballo, el héroe y su hombría alegre y feroz en la cantina; Sara García y sus tres nietos como encarnaciones delirantes del Edipo mexicano. Y este Edipo –pendenciero, enamorado y jugador– mojado por la lluvia en el cementerio y por los balazos cinematográficos que acribillan cualquier alternativa de sentir distinto.

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