Gustavo Ogarrio El juguete se ha perdido. No se extravío cuando Benito Mussolini, el conductor tenebroso del fascismo italiano, “ordenó” que Italia debía ganar el Mundial de 1934: arbitrajes tramposos, amenazas veladas, una legión de futbolistas latinoamericanos de origen italiano reclutados por la selección italiana. Los Mundiales del fascismo: Italia es campeón del mundo en 1934 y en 1938, este último celebrado en Francia. Tampoco se extravío cuando la FIFA amenazó con inhabilitar de por vida a jugadores catalanes exiliados de la naciente dictadura franquista en los años cuarenta del siglo XX. Ni siquiera se perdió le poética del futbol cuando la última dictadura argentina organizó un Mundial para lavar el rostro del precipicio genocida en 1978. El equipo argentino ganó ese Mundial…y el desbordado gozo popular se transformó en una oblicua sensación alegría y terror. Más bien, el juguete se extravía de forma permanente, luego se recupera, en un triste y eterno vaivén. El Mundial que hoy concluye no es la excepción. Donald Trump lo rompe por dentro, le impone a la FIFA hasta la forma de reír, de hidratarse y de perdonar a un jugador estadounidense un partido de castigo por tarjeta roja. El futbol en la placenta del espectáculo al estilo americano: una final mundialista que tendrá un medio tiempo de media hora como si fuera un “super bowl” más. Pero el juguete resiste, se queda quieto esperando que lo encuentren debajo de la alfombra verde. Su condición de fuego permanente se pone a prueba cuando se quiere ocultar su dimensión política, una de sus capacidades más fascinantes: que gobiernos como el de Javier Milei en Argentina le tema a las sábanas de hotel que dicen “Las Malvinas son argentinas”. España y Argentina buscarán hoy el juguete perdido, como dice la canción “Juguetes perdidos” de Patricia Rey y Los Redonditos de Ricota: van a intentar “robarle el gorro al diablo”, en la “noche más oscura”, es probable que vayan a ondear “las banderas del corazón”.