Gustavo Ogarrio Diego Armando Maradona hubiera cumplido 66 años hace un par de días. Cómo no soñar, a partir de su recuerdo, que somos algo más que una mercancía en el medio tiempo. Maradona alimentó ese deseo de no ser sólo mercado en su versión salvaje y sin entrañas. Esta biblioteca de actos plebeyos de Maradona está repleta de emblemas en los que se enfrenta al despotismo con el que se maneja el negocio mega-millonario del futbol, la corrupción de la FIFA y de una oligarquía de ganancias infinitas. El chico del barrio de Villa Fiorito que representó a todos los barrios jodidos en los que se jugaba al futbol; que fue rescatado unos años por Fidel Castro de las adicciones y filmado por Emir Kusturica; que condujo rotundamente al Napoli hacia un tiempo impensado, de Scudettos, copa UEFA… que retumbó con sus goles y con su voz en despedida de La Bombonera de Boca Juniors, en idas y regresos que fueron romances de luces con hinchadas entregadas sin tregua a su figura, como en casi en todos los equipos en los que jugó. Un Maradona que en la cúspide de su camino a esa tumba aérea en la que hoy descansa ganó la Copa del Mundo en México 86 y perdió una final ante Alemania en esa Italia que lo amó y odió como en todo gran melodrama. Maradona fue cuasi-tragedia en una época en la que nos íbamos quedando huérfanos de equipos entrañables y con el libre mercado trabajando en lo suyo: jugadores que ya no duraban en sus equipos y que se movían a la nueva velocidad de los capitales; clubes que se vendían y que cambiaban de “plaza” sin pudor alguno; la triste época de un futbol que perdía su aura romántica de identidades populares. Maradona sostuvo la alegría rupestre del futbol con sus goles, con sus demostraciones virtuosas del dominio absolutamente lúdico del balón, con sus gestos de niño llanero celebrando goles increíbles en estadios hermosamente llenos.