Palabra y olvido

El escritor Gustavo Ogarrio analiza la concepción del lenguaje en la Carta sobre el humanismo de Heidegger y su impacto en América Latina.

Gustavo Ogarrio

“El lenguaje es la casa del ser. En su morada habita el hombre. Los pensadores y poetas son los guardianes de esa morada”, esto se puede leer en la célebre Carta sobre el humanismo (1947), de Martin Heidegger, filósofo alemán. Más que el follaje sonoro de un bosque, estas palabras eran como un acantilado de conceptos encriptados que exhortan a encontrar la esencia del humanismo y que, hasta cierto punto, nos atemorizan. El oráculo de las filosofías alemanas modernas que nos hace sentir que nada se puede pensar, decir y narrar después de esas respuestas a lo que era el humanismo y que provenía de una tradición tan poderosa como intimidante. “Guardianes” de una “morada”, de un ethos, que todavía no es nuestra morada y que tampoco emanaba de nuestras lenguas, umbrales que también amedrenta la posibilidad de pensar por cuenta propia. La expresión críptica de Heidegger no deja lugar para una concepción mundana del habla, para las palabras cotidianas que forman el sentido narrativo y poético de nuestras sociedades y comunidades. Heidegger esencializa el lenguaje; las prácticas narrativas, poéticas y filosóficas quedan cercadas por esa morada humanista. Heidegger construye esta morada mística resguardada por guardianes que entienden como vulgar al habla de todos los días, es decir, la infinita variedad de tonos, gestos, inflexiones, silencios, ironías, risas populares y un largo etcétera, actuantes en la lengua hablada, quedarían fuera de la casa del ser y del lenguaje mismo entendido como filosofía, poesía y arte. Un Heidegger que es difícil de entender a la luz de sociedades que todavía estamos en un proceso de recolonización violenta y en una permanente búsqueda de nuestra propia expresión, como afirmaba Pedro Henríquez Ureña; sociedades y comunidades en América Latina que se enfrentan permanentemente al olvido de su propia historia.

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