Gustavo Ogarrio Un año después la muerte de José Revueltas (1924-1976), el crítico uruguayo Jorge Rufinelli ya advertía sobre los estigmas que la crítica literaria vertía sobre algunos escritores latinoamericanos a los que se acusaba de “escribir mal”, entre ellos el mismo José Revueltas: “los conceptos de escritura eran sensiblemente diferentes a los actuales”, sentenciaba Rufinelli para indicarnos que las obras de estos escritores partían de una concepción de la ficción absolutamente distinta a la dominante en los años setenta del siglo XX. En el caso de Revueltas, la conciencia extremadamente política de sus textos fue vista con recelo por el poder ilustrado y conservador de mucha de la crítica literaria en México y por sus mismos “camaradas” de partido. El motivo era esa simbiosis perturbadora entre ficción y su referente político inmediato, la narrativa de Revueltas tocaba los extremos de la condición humana mediante la enunciación artística y directa de los horrores del siglo XX, entre ellos “los procesos de Moscú”, los crímenes de Stalin, pero también la vida de perseguidos y exterminados de los campesinos, obreros y militantes comunistas, en el capitalismo mexicano del siglo XX. En la novela “Los errores” se puede encontrar, en la voz del personaje Olegario Chávez, uno de los pasajes más desgarradores de esta condición trágica que caracteriza al “infierno” político en la Tierra mediante la pugna entre dos fuegos: “Escucha, camarada Cano, mi viejo Eusebio; y tú también, Serafín Jiménez, desde el fondo de la tierra. Escúchenme los que aún están de pie del mismo modo que los caídos. Estamos en el infierno, en el regocijante infierno de la vida humana, de donde no quedará de nosotros nada más que las cenizas. Cenizas de Copérnico, cenizas de Galileo, cenizas de Hegel y de Marx, cenizas de poetas, de grandes pensadores y de simples hombres que nos hemos limitado a alimentar el fuego con la esperanza de convertirlo en llamas no infernales”.