Acapulco y la trampa de la pobreza

Más allá de la reconstrucción física que seguramente se va a llevar años, Acapulco no volverá a ser lo mismo.

JAIME DARÍO OSEGUERA MÉNDEZ

El catastrófico huracán Otis que afectó la costa de Guerrero en el municipio de Acapulco justo donde se divide la llamada costa chica de la costa grande, seguirá haciendo daño por mucho tiempo más.

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Devastador. La catástrofe provocada por el huracán no tiene comparación. Más allá de la reconstrucción física que seguramente se va a llevar años, Acapulco no volverá a ser lo mismo.

La infraestructura dañada puede repararse en función de una decisión gubernamental con cierta premura si así lo deciden los gobiernos. Sin embargo, lo que desnuda este dramático fenómeno natural, es la afectación sensible e irreversible a la población más marginada.

Seguramente la Comisión Federal de Electricidad tendrá los recursos para reparar de inmediato las instalaciones que proveen energía eléctrica. Será una prioridad en la estrategia de la reactivación en la zona. Sin luz eléctrica no hay forma de eventualmente normalizar la vida cotidiana.

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El problema siempre lo enfrenta el estrato más pobre. Van a pasar años para que el municipio pueda regularizar la provisión ordinaria de los servicios públicos que presta, particularmente agua potable, drenaje, recolección de basura, etc. lo cual afecta a las zonas urbanas marginadas y a las rurales, de las que se habla poco en el diagnóstico.

Acapulco se ha caracterizado por las deficiencias en el sistema de agua potable y alcantarillado. Igual que casi todos los municipios. No hay forma de volver a la normalidad sin una inversión multimillonaria en esta materia, que de una vez por todas resuelva los rezagos del desordenado crecimiento urbano característico de Acapulco en las últimas décadas.

En los momentos de desastres, se descubre la verdadera naturaleza de las políticas públicas. Los tres niveles de gobierno deberán decidir la cantidad de dinero asignado a la zona y, fundamentalmente el porcentaje que deberá recibir el sector privado con respecto de los ámbitos públicos.

Acapulco no volverá a ser nada sin la oferta turística destrozada por el huracán. La pregunta es ¿Debe el dinero público destinarse a la reparación de los hoteles, restaurantes y centros de diversión? ¿Alcanza el dinero público para reparar los daños en las viviendas particulares?

Es claro que la prioridad será la reconstrucción de la infraestructura, luego el apoyo a las zonas populares pero tendrá que haber una serie de incentivos para que los hoteles y las zonas de esparcimiento vuelvan a funcionar.

Los pobres serán víctimas de una triple tragedia: pobreza, violencia y los efectos del huracán. La propia condición de marginación y desigualdad es un vector que en Acapulco no ha podido resolverse en años. Fuera de las zonas diamante y comercial hay un mundo de pobreza extrema, con las agravantes más preocupantes para la población.

La reconstrucción de las viviendas populares va a traer a un puñado de líderes que seguramente se van a beneficiar de los apoyos de los gobiernos: láminas y cemento que no sirven en el fondo para sacarlos de la condición miserable en la que ya se encontraban.

El tema de salud pública aparecerá como una calamidad en cualquier momento. Ante la falta de agua potable, la inexistencia de servicios públicos para la recolección de basura y la lamentable destrucción de hospitales y cetros de salud, aparece la amenaza del dengue, cólera, Covid y otras pestes propias de la pobreza.

En condiciones de funcionamiento normal son los pobres quienes menos acceso tienen a vacunas, tratamientos, procedimientos en el sector de la salud pública. Hoy, quienes no cuenten con los recursos económicos suficientes para enfrentar cualquier enfermedad atendida por los hospitales públicos parecen condenados a esperar cualquier jinete de apocalipsis.

No se trata de ser alarmistas, sino de cuantificar y dimensionar el alcance posterior del fenómeno. El desafío es mayúsculo. Va más allá de limpiar las calles y restaurar el servicio de energía eléctrica. Ese es sólo el inicio de la cantidad de problemas posteriores que deja el meteoro a su paso implacable por el puerto que por mucho tiempo fue la joya de nuestro pacífico.

Llega la primer quincena posterior al huracán y decenas de miles dejarán de percibir su salario. Las fuentes de trabajo están cerradas y sin ingresos. No alcanzo a ver cómo un hotel, del nivel que sea, siga pagando sus empleados ante la devastación que sufrieron sus inversiones. Cerrarán tal vez de manera definitiva.

Los pobres son los más afectados. No es un impacto por igual. Encima de su condición previa al huracán, también están sometidos a una dinámica de violencia que los afecta cotidianamente en los asaltos, secuestros, prostitución, adicciones son la causa del aumento en la marginación.

En la Teoría Económica se ha definido este fenómeno como la “trampa de la pobreza” que es el mecanismo a través del cual, la economía impide el acceso a los individuos más pobres a los ingresos que les permitan invertir en pequeñas cantidades para trabajar por su cuenta, pagar su educación y tener acceso a sistemas de salud obteniendo así mayores beneficios y generando ingresos para ellos y sus familias.

El pobre no tiene acceso a recursos económicos por lo tanto no puede proveerse de los medios para salir adelante y como consecuencia se queda en el sector informal de la economía limitando así su acceso a las posibilidades reales de crecimiento. La consecuencia es que se perpetua la pobreza..

En la trampa de la pobreza el ingreso que esperan recibir los individuos en el futuro, es menor que el actual porque no tienen expectativas, por lo tanto cada vez serán más pobres. La pobreza se reproduce a sí misma, de auto mantiene y perpetúa.

La reversión es posible, como en Acapulco, a través de generar incentivos, apoyos, programas de salud y educación, pero deben estar claramente diferenciados: para inversión, infraestructura, bienestar. No esta tan fácil. Después de limpiar la basura, viene el verdadero reto.