LA CASA DEL JABONERO | El macho débil

Hay que derribar creencias sociales para erradicar la masculinidad frágil y así formar mejores seres humanos, más libres

Jorge A. Amaral

Hace años se volvió popular en redes sociales el término “princeso”, utilizado para catalogar actitudes que denotaban debilidad, afeminamiento y cualquier actitud que fuera en contra de lo que se puede considerar como varonil o masculino. Recuerdo un ejemplo muy recurrente: si un hombre pide que su carne esté a término medio, es todo un macho, un auténtico hombre; en cambio, si pide su carne bien cocida, es un princeso que mejor debería pedir pollo.

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Pero puede que el concepto esté mal aplicado, hay la seria posibilidad –que hoy es una firme creencia de su servidor– de que el princeso no sea el que pide su carne bien cocida, sino el que toma el acto como una falta de respeto, de conocimiento y de hombría, porque un verdadero hombre macho pecho peludo debe matar al animal con sus propias manos, despellejarlo y comerlo de preferencia crudo, para luego bajar el bocado con cerveza y al final soltar un sonoro eructo y una escandalosa flatulencia al tiempo que gruñe y se acaricia la tupida barba mientras su hembra lo contempla con ardiente deseo de ser preñada por el macho alfa para preservar el linaje y asegurar así la supervivencia de la tribu. ¡Argh!

Bueno, resulta que este fin de semana se lleva a cabo en Guadalajara el Fearless Congress, un congreso de hombres en el que los hombres, preocupados porque se está perdiendo la masculinidad, van a escuchar a otros hombres (y un par de mujeres para que el asunto no se vea tan incel) que les dirán cómo, mediante la cercanía con otros hombres y las oraciones, recuperar su masculinidad, cómo evitar que algo tan frágil como el cristal se rompa si la novia o esposa les pide sostener su bolso o los mandan a las tortillas.

Entre los ponentes se encuentran el psicólogo canadiense Jordan Peterson, popular entre los sectores de derecha por su defensa de los roles tradicionales de género; el actor y activista ultraderechista Eduardo Verástegui, un guadalupano de los buenos; el excapitán del Barcelona Carles Puyol, digno representante del juego del hombre, y varios personajes de la iglesia católica, lo cual no es de extrañar, ya que Regnum Christi, un brazo de los Legionarios de Cristo, está entre los auspiciantes.

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De acuerdo con los organizadores, Fearless "es un camino para recuperar el corazón del hombre", y surgió "a partir del ataque a la masculinidad y la necesidad de hombres virtuosos".

La polémica en Guadalajara surgió cuando colectivos de la sociedad civil alertaron que el evento promueve roles de género tradicionales y puede reforzar la desigualdad y la violencia de género.

Según el sitio web del congreso, “vivimos una crisis silenciosa: hombres confundidos, vacíos y desconectados de su propósito. La identidad masculina se ha debilitado, dejando preguntas profundas: ¿soy suficiente?, ¿tengo lo que se requiere?”, pero también afirman que no todo está perdido, porque “Fearless nace como un llamado a recuperar tu verdadera identidad, levantarte con valentía y vivir con propósito”.

El evento, organizado por Fearless Masculinity, realizado en uno de los estados con más incidencia de violencia de género, se erige como una cumbre sobre la masculinidad, lo que causó indignación, primero por el sesgo religioso y de apología de los discursos misóginos, y segundo, por el inicial financiamiento público.

El tema no es menor, porque en México, durante muchos años se ha luchado contra las elevadas tasas de feminicidio y otros delitos enmarcados dentro de la violencia de género. Sólo en enero y febrero de 2026, 756 mujeres fueron asesinadas de forma violenta en el país. La mayoría de ellas murió en lo que se consignó por las autoridades como accidente, pero unas 2 mil 812 mujeres fueron violadas y se recibieron más de 162 mil llamadas relacionadas con la violencia de género y doméstica en los servicios de emergencias, según datos del gobierno federal.

Pero volviendo al tema inicial, la masculinidad frágil se da al presentarse actitudes que encajan dentro del paradigma machista y patriarcal: el hombre debe ser fuerte, no exponer sus emociones, asumir superioridad (como el compañero de trabajo que siempre se empeña en ser el más chingón y demostrarlo) e independencia.

Y como esto requiere un gran esfuerzo del varón para sostener el estereotipo que se le exige, al sentir amenazada esa masculinidad, ataca, porque el que se asume como macho alfa no tolera que haya algo parecido a él. Lo que más desestabiliza al macho es sentir amenazada su potencia y superioridad.

Esta construcción social, aparentemente muy fuerte, es en realidad un modelo frágil, porque lo rígido tiende a rajarse dado que el macho es inflexible pero quebradizo, como el cristal, como un princeso.

Esas características del macho que derivan en masculinidad frágil siempre han estado ahí, desde que los primeros homo sapiens usaron la fuerza para dominar y controlar su entorno, porque, según estudios, los homos sapiens más exitosos eran los que podían luchar y cazar, los más fuertes. Por eso lo más deseable en un hombre incluía la agresividad y la fuerza física.

Pero la sociedad contemporánea ya no es la misma, desde hace décadas se han estado gestando cambios de actitud y de pensamiento que ya no celebran las visiones arcaicas de la masculinidad, aunque, por supuesto, sigue ocurriendo.

Este problema –porque lo es– lleva implícita la idea de que los hombres debemos sujetarnos a ciertos estereotipos, tales como “fortaleza” emocional, la agresividad y la independencia a toda costa. Cuando un hombre no cumple con estos estándares tradicionales, puede sentir que su masculinidad está siendo amenazada, lo que puede llevar a la ansiedad, inseguridad y miedo a ser percibido como "poco hombre". “No llores, ¿que no eres hombrecito?”, solemos escuchar desde la infancia.

Pero además de suprimir sus emociones, ser competitivos en exceso y ser inflexibles en cuanto a los roles de género, quienes padecen una masculinidad frágil también son resistentes al cambio, es así que les choca la ideología de género, les enoja ver que ya hay más apertura hacia las personas con distintas preferencias sexuales y hasta justifican la violencia de género, o de plano niegan que ésta exista.

Pero no sólo se manifiesta en casos tan drásticos, sino que se pone de relieve en gestos y actitudes que tenemos tan normalizados que ya no nos llaman la atención. Seguro usted ha escuchado frases como “no tengo nada contra los gay pero que no se me acerquen”, “el rosa es para mujeres”, “ni que fuera vieja para andar haciendo quehacer” y todo un rosario de expresiones que hoy ya se consideran machistas pero que reflejan la debilidad del macho en cuanto a su masculinidad, la cual ve amenazada con esos cambios de paradigmas.

Este fenómeno va muy concatenado con tendencias como los incels, de los que ya hemos hablado, lo que puede detonar en más casos de violencia.

Fíjese que, ahora que escribo esto, recuerdo que hace muchos años (era adolescente o quizá un poco mayor, ya no me acuerdo) se publicó una nota sobre lo que hoy sería tipificado como feminicidio. Una mujer salió de una fiesta en compañía de un hombre de oficio albañil y se subieron al carro de él. Se fueron a un paraje ubicado en la salida a Mil cumbres, donde empezaron a romancear. Cuando el hombre quiso ir más allá, se bajó los pantalones y la mujer, al ver su pene, se burló del tamaño del miembro, lo que enfureció al sujeto, quien la golpeó en repetidas ocasiones para luego ir al carro, sacar una cuchara de albañilería y con ella causarle heridas que le costaron la vida a la mujer. Tan frágil fue su masculinidad que la midió en centímetros. Hoy, con la normativa sobre la cobertura de hechos violentos, sería complicado saber los pormenores; recordemos que antes la nota roja permitía preguntar, indagar y difundir todo lo relacionado: desde los nombres de víctimas y victimarios hasta modus operandi y móvil de los crímenes. Ese es sólo un ejemplo, pero estoy seguro de que casos así hay por miles.

Pero entonces, ¿qué podemos hacer? Se requiere que todos asumamos nuestra responsabilidad, sobre todo quienes tenemos a nuestro cargo la educación de niños y niñas para ir erradicando esa mentalidad.

Hay que derribar creencias sociales para erradicar la masculinidad frágil y así formar mejores seres humanos, más libres.

Si a su hija le gustan los carritos y el niño quiere jugar con muñecas, eso nos los hace “desviados”, sólo son niños jugando, y ese puede ser un buen punto de partida para que aprendan a ser personas emocionalmente funcionales. Qué importa si la niña quiere jugar deportes de contacto y al niño le gusta el ballet. Es cuánto.