LA CASA DEL JABONERO | Mensajes de odio

Si no se pueden poner de acuerdo para ir a reventar protestas, menos lo harán para pagar los gastos en caso de que alguien resulte detenido.

Jorge A. Amaral

En esta semana (o en la pasada, no recuerdo) se creó un grupo de WhatsApp en Morelia para, según ellos, ponerles un alto a los malvados normalistas que hacen sus desmanes por nuestra bella ciudad, tan colonial y señora ella, toda bonita siempre.

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El grupo obedece, ahora sí sin humor picosito, a la intención de sus miembros de organizarse para enfrentar a los normalistas cada vez que bloquean vialidades. Eso, imagino, como reacción a los llamados que don Memo Valencia (así, porque “Memo” a secas sólo sus amigos le dicen, y yo no me encuentro en tan selecto grupo) ha hecho para retirar a la mala a los estudiantes cuando él tiene que ir al Centro y no puede llegar a causa del tránsito que se pone bastante pesado.

Bueno, el caso es que en ese grupo de WhatsApp no han faltado los llamados. Ahí, muchas personas despotrican, maldicen y hasta claman por un baño de sangre. Incluso hay quienes han dicho que si alguien se mete en problemas legales por agredir a los estudiantes, pueden organizarse para sufragar los gastos que un proceso penal puede acarrear y hasta para apoyar a su familia.

Lo chistoso, como algunos ya dijeron, es que, si no se pueden poner de acuerdo para ir a reventar protestas, menos lo harán para pagar los gastos en caso de que alguien resulte detenido.

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Parece gracioso, pero en el fondo no lo es, porque sabemos el rencor que los normalistas y maestros han sembrado y ahora cosechan entre quienes malinterpretan el derecho al libre tránsito, entre quienes no saben ni cuáles son las demandas, sólo los tachan de holgazanes. Ese rencor, por fortuna, no se ha materializado, al menos no de manera general, sólo en casos aislados como el conductor de una camioneta que en 2014 aventó su Durango a los manifestantes apostados en la salida a Salamanca.

Ya para cerrar el tema y pasar a lo mero chévere, sólo recordaré lo que ya he escrito en este espacio, a propósito de quienes dicen “está bien que se manifiesten, pero que no obstruyan el tráfico”, “que no afecten a terceros”, este fragmento del “Manual de desobediencia civil”, de Woody Allen: “Manifestaciones y marchas. El aspecto clave de una manifestación es que tiene que ser visible. De ahí el término ‘manifestación’. Si una persona se manifiesta con carácter privado en su domicilio, no constituye técnicamente una manifestación, sino meramente ‘una acción estúpida’ o ‘comportarse como un asno’.

Brujeria, en la inocencia de los 90

Corría algún año de la segunda mitad de los 90, quien esto escribe cursaba el bachillerato. Un buen día, un amigo (hoy mi compadre Luis) llegó con un casete en la mano. “Me lo encontré y me dio como miedo, habla de cosas satánicas. A ti te gusta más el rock, te lo regalo”. en ese casete Sony de 60 minutos estaba grabado un álbum icónico en el rock en español: “Matando güeros”, de Brujeria (así, sin acento).

El disco apareció en 1993, en una época en que el internet, al menos en la mayor parte de México, era impensable, y aun en el 96 o 97, cuando yo conocí el álbum, estaba lejos de concretarse el fácil acceso a la red en mi9 entorno pueblerino. Eso benefició enormemente a Brujeria, pues les permitió crearse una identidad rodeada de esa aura ideada por los integrantes de la banda.

Cuando “Matando güeros” salió al mercado, causó una mezcla de miedo, asco y morbo por la portada, pero consiguió miles de adeptos por las letras entre los amantes del grind core, un subgénero del metal que no nos vamos a poner a explicar en este momento. En aquel entonces, sin acceso a internet, cualquier rumor era difícil de aclarar, sobre todo en la música marginal, esa que no entraba a las estaciones de radio comercial o a “Siempre en domingo”. Entonces el público creyó a ciegas la leyenda de que los integrantes de Brujeria eran narcosatánicos y por eso se cubrían los rostros, que la portada de “Matando Güeros” había sido obra suya; que el líder, Juan Brujo, era aficionado a cometer toda clase de atrocidades. Hoy, gracias al paso del tiempo y entrevistas posteriores, sabemos que fue una identidad creada por la banda.

En “Matando güeros” tenemos una de las portadas más conocidas y en su momento temidas del rock en español, pese a ser un disco de manufactura estadounidense, ya que sus miembros radican en California.

En esa época, el Alarma! seguía activo. Ese tabloide, usted lo recordará, se caracterizaba por la manera de narrar los hechos de la más roja y sanguinolenta de las notas, todo ello con fotografías que no dejaban nada a la imaginación. Aún hoy recuerdo ir en el camión y, junto al niño que era, alguna doñita o señor de mi rancho leyendo el ejemplar que acababan de comprar. Eso significaba que no iba a poder dormir bien durante una semana.

Bueno, resulta que cuando los músicos, que ya estaban en otras bandas, se reunieron, decidieron el nombre del proyecto a raíz de un encabezado de un diario amarillista: “brujería”. Y es que estaba aún fresco el recuerdo de los narcosatánicos de Matamoros que en 1989 cimbraron a todo México y parte de Estados Unidos, con sus secuestros, rituales, sacrificios, descuartizamientos y hasta canibalismo. Pero para la parte visual del disco faltaba algo a tono con lo que querían, así que, leyendo el Alarma!, Juan Brujo, llamado en realidad John Lepe, vio el caso en el tabloide.

La foto de la portada del disco, que salió de las páginas de ese entrañable medio, muestra la cabeza de un hombre con el rostro desfigurado, al parecer por un negocio de drogas que no salió como debía. El sujeto, según la nota, fue amarrado y dejado en las vías del tren, donde fue arrollado, decapitado y desmembrado. La brutalidad de esa fotografía hizo que Dino Cázares, guitarrista fundador del grupo, contactara al medio impreso, que accedió a enviarle las fotografías por 250 dólares. A las 3 semanas, cuenta el músico, le llegó un sobre con todas las fotografías de la escena del crimen, que Brujeria luego usó para el empaquetamiento del CD de “Matungo güeros”. De esa portada nació la mascota del grupo, Coco Loco, que ha estado en todas las portadas y mercancía de la banda desde el álbum debut.

Sobre “Matando güeros”, Juan Brujo relata en entrevista con Univisión: “‘Matando güeros’ jaló. Ese sí se hizo para asustar y eso pasó. Tanto que me costó bastante trabajo salvarlo. El día que salió el disco me despertó una llamada como a las 7:00 AM. Era de la disquera. Alguien me estaba gritando sin control. Cuando pregunte que si ya habían vendido un millón de Matando güeros, me gritó que no. Dijo que las tiendas de más de 25 países iban a regresar todos los discos de Brujería y que iban a prohibir su venta. Funcionó. Asustamos a todo el mundo. Del otro lado del teléfono, el tipo me seguía gritando que si regresaban los discos de Brujería era el menor de sus problemas. No entendía de qué estaba hablando hasta que me dijo que más de 25 países iban a regresar todos los álbumes de la disquera. Oops. Al final salieron con una versión censurada del disco con una portada negra y los títulos de las canciones en blanco”.

La secrecía de la identidad de los miembros de Brujeria no era por, como se especulaba, prácticas narcosatánicas y delictivas de sus miembros, sino porque todos ellos formaban parte de bandas de metal muy conocidas en la escena, con compromisos contractuales con grandes disqueras, a quienes no les hubiera parecido que sus músicos estuvieran enrolados en otro proyecto con una disquera independiente y cantando ese tipo de canciones; de hecho, esa es la razón por la que han hecho pocas giras de presentaciones.

Bueno, todo eso viene a cuento porque Brujeria desde el principio se anticipó lírica y visualmente a la narrativa del crimen organizado. En la década de los 90, el caso de Constanzo y los narcosatánicos causó conmoción, y recuerdo que hasta se hizo un video home. En ese entonces, si uno, movido por el morbo, quería ver cosas impactantes, tenía que ir al Alarma! o cualquier otro tabloide de nota roja, o bien buscar copias de “Las caras de la muerte” o “La sonrisa de la muerte”, compilaciones de escenas reales de accidentes, homicidios y cuanta desgracia se pueda imaginar que rolaban de mano en mano.

Si hoy saliera un disco como “Matando güeros”, con su carga musical y visual de violencia extrema, podrían suceder dos cosas: la fácil difusión en Internet lo pondría en riesgo de ser censurado, o pasaría sin pena ni gloria, dado que actualmente estamos demasiado acostumbrados a la barbarie producto de la narcoguerra. Tan habituados estamos a eso, que hasta pareciera que le hemos agarrado gusto, y le comento porque es común que en el portal de La Voz de Michoacán, las notas que más llaman la atención y generan más visitas son las de hechos violentos.

En Brujeria saben ese gusto de la gente por la violencia, incluso en el videoclip oficial de “Plata o plomo”, de su disco “Raza odiada” (de las cumbres de su discografía) aparecen decenas de imágenes de narcoviolencia, como las cabezas arrojadas en el bar Sol y Sombra de Uruapan, que fue de los hechos que inauguraron la narcoguerra, entre otras escenas que tuvieron lugar en Michoacán.

En fin, dentro del rock en español Brujeria es importante por eso, pero también por poner en la escena metalera de Estados Unidos la vos latina, con letras que se pueden sentir propias tanto en aquel como en este lado de la frontera, por ayudar a forjar la identidad de una generación de escuchas a quienes Caifanes o Café Tacuba no nos decían nada, un sector que requeríamos algo más fuertecito, no tan descafeinado.

No le voy a recomendar que escuche a Brujeria, esa es decisión suya; ni le voy a decir que son la banda más genial del mundo y debe ponerles atención, pero si lo hace, empiece por “Matando güeros”, de ahí pase a “Raza odiada” y puede concluir con “Brujerismo”, que es lo indispensable del grupo, y ya encariñados, “Pocho Aztlán”, su último disco, también aguanta. Es cuánto.