Jorge A. Amaral Esta semana y por motivos personalísimos fui a la calle donde crecí. Me bajé de la camioneta con mi termo del café en la mano y empecé a caminar. La calle estaba desierta, no se escuchaba sonido de radio ni música en ninguna casa, no había bullicio infantil. Mientras esperaba a la persona con la que me reuniría empecé a recorrer la mitad de la cuadra. Un suspiro fue inevitable. Recordé cuando la conocida como “calle del arroyo” era de terracería, cuando no había tantas casas y sólo dos o tres tenían techo de losa, porque las demás eran de teja de barro o lámina de asbesto, con aplanado en los muros sólo al interior de las viviendas, dejando que el sol del atardecer quemara la piel desnuda de los ladrillos rojos y blancos en tardes impredecibles en las que nunca se sabía en qué juego nos tomaría por sorpresa la noche. En aquel entonces el pueblo era de quienes vivíamos en él, las calles eran nuestras, los caminos vecinales y parceleros eran de quienes los andaban, el cerro era de quien se posaba en él. Nosotros éramos los que mandábamos en nuestra tierra, no los punteros que en sus motos robadas viven el simulacro de una vida que ya se pasó de la fecha de caducidad, tampoco los de la camioneta a la que no hay que quedársele viendo. Pienso en todo ello mientras veo que los árboles de mango en la parcela de Leyva y la casa donde crecí son lo único que queda intacto desde que dejamos el barrio. Leyva se murió hace varios años y al parecer a nadie le ha interesado lotificar su parcela, y por eso esos árboles de mango siguen ahí, como cuando, con el Geño, los tirábamos a pedradas sólo porque nos gustaba molestar a un Leyva que, furioso, nos respondía a pedradas y mentadas de madre. La espera sigue y me quedo viendo a la vieja casa donde crecí, la más alta de la cuadra como una previsión ante las crecientes que cada temporada de lluvias por ahí bajaban. Hasta un medro de agua rumbo a la laguna. Luego llegó el desarrollo, o eso dijeron, y se construyó la autopista en la falda del cerro, entonces el cauce del arroyo se desvió o se perdió o se lo robaron, ya no supimos, pero dejó de ser necesario amarrar la camioneta al poste para que el agua no se la llevara, a doña Cristina dejó de inundársele el cuarto del maíz y la laguna perdió un afluente temporal. Luego la losa de concreto hidráulico reemplazó las piedras de arroyo que se podrían recoger al pie de las casas. La persona a la que espero no llega, el café se me termina y nadie se ve en la calle. Es fin de semana, son las 10 de la mañana y no se escucha ningún niño. ¿Acaso en este barrio ya no se reproducen? Digo, está bien que la natalidad en México en 2025 haya tenido una tendencia a la baja, entiendo que las proyecciones del INEGI apunten a una tasa bruta de natalidad de 21 nacimientos por cada mil habitantes y una tasa de fecundidad cercana a 1.99 hijos por mujer, es perfectamente comprensible que lo anterior refleje una disminución respecto a años anteriores y que la inseguridad y las condiciones económicas le quiten a la gente las ganas de tener chiquillos, ¿pero en mi antiguo barrio también? Ahora que lo pienso, en aquel entonces, tomando como referencia la esquina, en un radio de media cuadra hacia cada punto cardinal, había 48 niños de distintas edades, porque si bien en dos o tres casas sólo había un hijo único, o dos niños –como en la mía–, había donde vivían hasta 10 por esa costumbre de darle a cada hijo su pedazo de patio, por lo que la casa paterna se convertía en una vecindad llena de primitos de distintas edades. Por eso el barrio nunca era aburrido. ¿A dónde voy con esto? A nada, sólo sentí feo ver que el terreno de Ramiro, donde comíamos naranjas agrias con chile en polvo, está en el abandono desde que todos se fueron a Estados Unidos. Me caló que la casa de don Vicente, llena de niños, ahora se vea fea, sola, triste, porque doña Soco ya no está y 3 de sus hijos están presos del cristal. Fue raro mirar hacia la casa de don Robe y recordar a Martín, su nieto, el que una mañana amaneció colgado de una viga, o mirar hacia el poniente, a la casa del Güero, y recordar que hace unas semanas su hijo Salvador también se suicidó. Y mientras pienso en eso, veo al Tata, que es de mi edad pero tiene el semblante de un abuelo triste de 60 años. Me ve, lo veo. Nunca fuimos grandes amigos; de hecho, en más de una ocasión nos agarramos a trompadas, pero fue feo verlo tan amolado. Él sigue de largo en su bicicleta y yo me volteo hacia el corral que Daniel abandonó para irse al norte. La espera sigue. Educación contra las mentiras En 1991, KRS-One y Zizwe Mtafuta-Ukweli dieron forma a un ambicioso proyecto de regeneración social llamado HEAL (Human Education Against Lies), con el cual se pretendía combatir a lo que ellos llamaban Síndrome de Deficiencia del Sentido Común. Para este proyecto, el rapero neoyorkino convocó a algunos de los cantantes de este género más comprometidos con las luchas sociales y con ellos salió a la luz un excelente disco titulado “HEAL, civilization vs technology”. Además, KRS-One escribió un folleto de quince páginas que se repartió en sus conciertos. El disco es excelente ya que, además de las letras de alto contenido social, cuenta con la participación de gente como Big Daddy Kane, LL Cool J, Queen Latifa, Jam Master Jay, Ziggy Marley y el mismo KRS-One. Pero lo que a mí me llama la atención es el folleto, disponible en www.graffiti.org/ups/heal. La idea de HEAL era el cambio de conciencia entre los jóvenes, ya que, según sus impulsores, la raíz de todo el problema está en el sistema educativo, en el sistema político y en el modelo económico de occidente, y es que este proyecto estaba pensado para luchar contra las mentiras a través de la literatura y la música como principales herramientas, esto con el fin de llegar a un sector social ya demasiado inmerso en las mentiras e ilusiones de la posmodernidad, y para ello, el punto de partida es el precepto que dice: “Antes de ser una raza, una religión o una ocupación, eres un ser humano”. En el primer apartado, que trata sobre las modificaciones que es necesario hacer al sistema educativo, dice que desde temprana edad se nos enseña que debemos tener una respuesta para todo, pero no es una respuesta pensada porque, desde que entramos a la escuela, los profesores nos inyectan datos y fórmulas, después hacen preguntas sólo para corroborar si memorizamos las verdades que ellos nos recitaron, pero nunca nos enseñaron a cuestionar y criticar la realidad. Esto conduce a pensar que un sistema educativo basado en la memorización genera personas que no cuestionan, no critican nada, sólo viven como pequeñas piezas de un gran engranaje que no se detiene, ya que, aunque haya quien pueda decirnos que en la escuela podemos preguntar, eso es falso puesto que, en los salones de clases, los estudiantes sólo preguntan sobre lo que recuerdan que pueden preguntar, sin ir más allá. Para KRS-One todo esto se debe a que mediante una educación basada en las mentiras, una religión de esclavos y un sistema político que trata a las personas como mercancía, el ser humano se ha perdido en una suerte de animalidad que lo mantiene pasivo mientras sus derechos son violados, mientras la memoria histórica es borrada con datos falsos o seleccionados a modo de quien imparte la educación, en este caso el Estado. El problema, sostiene, es que estamos tan habituados a este estado de cosas, que muy difícilmente nos moveremos hacia la liberación; estamos tan acostumbrados a las mentiras que en cuanto alguien grita la verdad, de inmediato es acallado por el sistema y linchado por una sociedad que siente en peligro sus estructuras de confort. Todo esto viene a derivar en la falta de congruencia, desde la más básica como ser humanos y comportarnos de forma inhumana con otras personas, hasta esas grandes diferencias entre el discurso y los hechos, o entre un discurso bien elaborado y nuestra verdadera forma de pensar, lo cual nos aleja de inmediato de la realidad para sumergirnos en la burbuja del autoengaño en la que pensamos que hacemos lo correcto aunque no siempre sea así. Creo que este documento debe ser difundido y estudiado pues sería tonto pensar que sólo tiene vigencia en Estados Unidos; no, su importancia es a nivel global pues no critica los falsos valores norteamericanos (si es que algo así existe), sino que critica los preceptos erróneos de las sociedades contemporáneas, basados en el poder económico y político, en el dominio sobre el otro, en siempre conseguir más con el menor sacrificio y en producir más con la menor inversión. Es cuánto.