Jorge A. Amaral Tras la muerte de dos maestras a manos de un estudiante de 15 años en una preparatoria particular de Lázaro Cárdenas, las reacciones, posturas y opiniones surgen por todos lados y en todos los tonos (el dirigente estatal de Morena mejor ni hubiera dicho nada). El llamado “diputado del sombrero”, Carlos Bautista Tafolla, lanzó la propuesta de que a Osmar se le condene a muerte, y que lo mismo se haga con quienes cometen este tipo de crímenes, sin importar su edad. “Si no hay castigos ejemplares, esto va a seguir pasando. Aquí, en este Congreso, lo que se necesitan son pantalones, se necesitan huevos, es lo que les hace falta. Yo voy a seguir impulsando este tipo de iniciativas, que son más fuertes y que son de mano dura, pero que son necesarias para dar ejemplos, para que estos niños eviten este tipo de cosas”, dijo el diputado anteponiendo sus gónadas a la materia gris. La lógica de Bautista Tafolla es tan simple como ignorante: “Ya se llevó a dos madres de familia, dos personas que tenían mucho por delante, y se requieren castigos ejemplares como la pena de muerte. ¿Por qué? Porque es preferible que se muera el niño de 15 años a dos madres que no tenían absolutamente nada que ver”. No vamos a restarle gravedad al asunto, porque lo que Osmar hizo fue terrible, no se justifica y claro que merece ser castigado pues sabía lo que hacía, pero si el diputado Bautista Tafolla pensara con algo más que el bajo vientre, si usara el sombrero para cubrir algo más que su cabellera, entendería que no son casos aislados, que hay toda una serie de factores detrás de estos hechos, que Osmar no se levantó esa mañana y simplemente decidió matar a las maestras, sino que estos crímenes tienen todo un trasfondo psicológico, social, cultural, económico, emocional y hasta político y educativo. Vaya, muchachos como Osmar son bombas de tiempo que detonan cuando un largo plazo llega a su fin. En este tipo de ataques no hay nada espontáneo. Dice el diputado Tafolla que “es preferible que muera un niño de 15 años a dos madres que no tenían absolutamente nada que ver”. Cierto, las maestras María del Rosario Sagrero Chávez y Tatiana Madrigal Bedolla no tenían nada que ver, ellas eran sólo dos mujeres haciendo su trabajo y lo ideal sería que no hubieran muerto, que sus familias y amigos no les estuvieran llorando. Pero Osmar no es un genio malvado, no es un súper villano, no es un líder criminal; es un muchachito pendejo y alienado, y como tal, sólo fue el arma de algo más grande y maligno, un instrumento de un movimiento de odio con presencia y alcance global. Según reportes, Osmar estaba alienado desde redes sociales al movimiento incel, o célibes involuntarios ya traducido, que además está imbricado en una relación indisoluble (siempre quise usar esa frase y ya me di el gusto) con el concepto de “manósfera”. El movimiento incel es una comunidad aglutinada en línea en la que se mezclan frustración sexual, misoginia extrema y discursos de odio hacia las mujeres. El movimiento nació en la década de los 90 como un espacio de apoyo entre varones, pero degeneró en una subcultura violenta que normaliza la violencia y que se materializa en ataques reales. Quienes se identifican como incel sostienen que viven sin relacionarse sexual ni afectivamente con mujeres, a pesar de que lo desean con toda el alma. La palabra fue acuñada a mediados de los años 90 por una canadiense conocida en foros de internet como Alana, quien creó un foro para hablar de la soledad sexual, buscando la empatía y la inclusión entre los participantes, lo malo fue que poco a poco estos foros y espacios virtuales fueron ocupados por resentidos que empezaron a lanzar y fomentar discursos de odio hacia las mujeres desde su frustración sexual y social. Así, el discurso incel se ha nutrido de ideas misóginas y deshumanizadoras, rozando mucho el conservadurismo más ultraderechista a la hora de hablar de migración, diversidad sexual y política. Algunos de los rasgos distintivos de los incel son, por ejemplo, que culpan a las mujeres de todos los males masculinos, ya que las consideran responsables de su frustración, y por eso las deshumanizan sistemáticamente. Otra característica es su desprecio a los “chads”, como llaman a los hombres que sí tienen éxito en las relaciones sentimentales y sexuales, por considerarlos superiores y, por ende, enemigos. Recordemos: el 22 de septiembre de 2025, Lex Ashton Cañedo López, de 19 años, asesinó con armas blancas en el Colegio de Ciencias y Humanidades Sur de la Ciudad de México a Jesús Israel Hernández Chávez, de 16 años, sólo porque estaba con su novia. Previo al ataque, escribió en sus redes sociales: “Ya estoy harto de este mundo, nunca en mi vida he recibido el amor de una mujer y la neta me duele, me duele saber que los chads pueden disfrutar de las foids y yo no. Yo ya lo he perdido todo, no tengo trabajo ni familia ni amigos, no tengo motivos para seguir con vida. Pero saben qué, no pienso irme solo y todos lo van a ver en las noticias". Otro rasgo de la comunidad incel es la glorificación de la violencia como forma de venganza, que ellos llaman “retribución”. Así se crean "héroes trágicos" o "mártires de la injusticia sexual", legitimando la agresión como “retribución” al maltrato social que dicen sufrir. Por eso es que sujetos como Lex a la fecha son alabados en los foros, y no le extrañe si lo mismo ocurre con Osmar. Entonces, sentarlo en la silla eléctrica o ahorcarlo en la plaza pública no hará sino inspirar a otros desorientados. Con todos esos factores se facilita la creación de una identidad colectiva que se basa en el resentimiento, canalizando esas emociones hacia el odio organizado. Así, cuando estos muchachos, vulnerables, aislados y sin referentes en igualdad, se topan con estos discursos, el odio digital puede llevarse más allá de las pantallas de los celulares y volverse algo real. Casos como el de Osmar en Lázaro Cárdenas y Lex en la Ciudad de México no son aislados, tienen la misma raíz: odio normalizado, deshumanización, glorificación de la venganza y entornos familiares rotos. Con todo esto, más que soltar declaraciones incendiarias y populistas para ganar adeptos, más que hacer alarde de cojones gigantescos para pedir pena de muerte en un país donde el aparato de procuración e impartición de justicia es tan cuestionable, lo que al diputado Bautista Tafolla le queda es asumir su posición de legislador y trabajar como tal. Y es que, más allá de casos individuales (que se seguirán dando, estoy seguro), el movimiento incel pone en riesgo derechos humanos tan básicos como el que garantiza la vida, el derecho a la seguridad y a que las mujeres vivan libres de violencia de género. El movimiento incel es muestra de una sociedad en la que el odio hacia las mujeres se expresa con impunidad, y combatir esta violencia, que empieza en redes sociales y se corona con ataques en lugares públicos, demanda más que las criadillas legislativas: hay que trabajar más en la regulación de los discursos de odio en línea, y sí, proteger a las víctimas y detener a los agresores, pero, sobre todo, desmontar esas estructuras culturales que, pese a vivir en la segunda década del siglo XXI, aún legitiman la violencia de género. Esto no se logra con penas de muerte ni castigos ejemplares, sino a través de la educación con perspectiva de género, con énfasis en derechos humanos, educación sexual integral y, muy importante, procurar cuidados a la salud mental de la población. Por ejemplo, al Poder Legislativo le faltarán pantalones, pero sí tiene la facultad de dotar de recursos al sector salud para que la salud mental sea un derecho garantizado y no un privilegio. Otra cosa que desde el Congreso local se puede hacer es, por ejemplo, legislar para que en las escuelas se brinde una educación sexual integral para que niños y adolescentes aprendan a relacionarse de forma sana, con respeto, inclusión e igualdad, a la par que se les da la información necesaria, a ellos y a sus papás, para advertir sobre los riesgos en línea. Pero no hablemos de riesgos sólo pensando en secuestros virtuales, robo de datos y extorsiones, sino peligros más silenciosos pero fuertes: el que nuestros niños y adolescentes se expongan a discursos de odio que los enfermen y los lleven a cometer atrocidades. Si el diputado Bautista Tafolla y sus compañeros atienden esto, la pena de muerte a un jovencito de 15 años no se presentará como una opción. No es cosa de gónadas, es cosa de inteligencia y trabajo. Es cuánto.