LA CASA DEL JABONERO | Paradoja inclusiva

Una verdad insoslayable, y principal argumento de quienes defienden el lenguaje inclusivo, es que el idioma no es estático.

Jorge A. Amaral

De nueva cuenta se ha puesto en la mesa de debate la pertinencia, necesidad y hasta la corrección política (o falta de todo ello) del denominado lenguaje incluyente. En el momento en que una persona exigió entre llanto que le llamaran “compañere”, de inmediato las carcajadas surgieron de un lado y las muestras de solidaridad y empatía salieron en el otro extremo. Esto se debe a que, aunque hay una juventud que se asume como progresista, dispuesta a cambiar los estereotipos y roles tradicionales, hay otro sector, más conservador en muchos aspectos, que se desgarra las vestiduras al decir que agregar la letra “e” al final de ciertas palabras es una aberración lingüística.

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Una verdad insoslayable, y principal argumento de quienes defienden el lenguaje inclusivo, es que el idioma no es estático, sino que es un organismo vivo, que cambia y se modifica constantemente. Y es cierto, porque ni usted ni yo hablamos como se hablaba el español hace 100 o 200 años, y quien actualmente quiera ponerse muy purista y expresarse como personaje de Cervantes, no dejará de sonarnos extraño. Por otro lado, quienes se oponen a esa forma de hablar, dicen que la RAE no lo ha aceptado, y es cierto, pero la Real Academia no es una instancia que nos diga cómo sí y cómo no podemos hablar, sólo recoge los cambios que la lengua sufre, los analiza, sugiere su pertinencia y explica cómo funcionan esos cambios, algunos de ellos consignados en los distintos diccionarios que elabora esa instancia.

Tampoco vamos a minimizar el papel de la Academia porque es, a final de cuentas, la instancia que estudia y da cuenta de la evolución del idioma español, aclarando si una palabra es bien usada bajo cierto contexto y cómo hay que escribirla mientras esté vigente. Por lo tanto, la RAE no es la policía del idioma, pero al estar en ella personas que han destacado en el estudio de la lengua, no está de más escucharles.

Actualmente choca a mucha gente el uso del lenguaje inclusivo, pero eso no es nuevo, porque el español es un idioma sumamente diverso, tanto que de una región a otra el acento y los regionalismos cambian de significado o connotación. Nos llama la atención alguien hablando con un acento de otra parte del país, o incluso del estado, y a veces en un mismo municipio conviven tantos acentos como comunidades tenga. En la Ciudad de México se burlan del acento regiomontano, en provincia hacemos bromas con el acento de la capital del país, en el occidente hay bromas sobre el acento yucateco, en las ciudades se burlan de la forma de hablar de las comunidades rurales y en muchos ranchos, cuando alguien tiene acento de ciudad, también se mofan. ¿Quién habla correctamente y quién da buen uso al idioma? Todos y nadie: todos en su subjetividad, individualidad regional, con sus diferencias, hablan bien de acuerdo con los cánones de su entorno. Nadie, precisamente por su subjetividad, su individualidad regional y sus diferencias, habla español correctamente si ponemos un solo canon.

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Si usted se da una vuelta por las “bendimalditas” redes sociales, se dará cuenta de que la mayoría de las personas que critican a quienes defienden el lenguaje inclusivo no son capaces ni siquiera de escribir un comentario con pulcritud, respetando las reglas gramaticales y de sintaxis y libres de errores ortográficos. Entonces, ¿cómo tomarlos en serio? Pero, por otro lado, quienes pugnan por un cambio de hilos en la forma de hablar, muchas veces no alcanzan a dominar el idioma en sus formas más básicas y quieren reinventarlo. En ambos lados hay excesos, así como hay aciertos y errores, pero ningún bando está dispuesto a salir un poco de la trinchera para ver la realidad en su conjunto.

Ahora bien, el que a la persona que causó polémica en la semana se le llame “compañere” o no, en realidad no cambia nada el entorno. Si nos lo exigen, podemos aprender a decir “todes”, “chiques”, “muchaches” y cuanta forma se le ocurra, pero eso es sólo discurso, retórica políticamente correcta. La inequidad seguirá ahí, en el día a día; las mujeres seguirán siendo víctimas de la violencia en todas sus formas, las personas no heterosexuales seguirán sufriendo acoso y discriminación, las personas que usan silla de ruedas seguirán topándose con inconscientes que estacionan sus carros en lugares y rampas para uso de estas personas, el machito golpeador seguirá atacando a su pareja y a sus hijos, la mamá tradicionalista seguirá diciendo a sus hijas “dale de comer a tu papá”, “ve a ver qué quiere tu hermano”, y un largo y vergonzoso etcétera.

Lo que hay que cambiar es la forma de pensar, los valores tradicionales, el conservadurismo rancio de la sociedad mexicana, más allá del discurso y las figuras lingüísticas. Quienes ya nos reprodujimos, cambiemos la forma en que se educa a la descendencia, que la siguiente generación crezca con valores más acordes a la realidad que les toca vivir; que el personal docente de las escuelas y quienes se encargan de diseñar planes de estudio implementen un nuevo esquema de valores en las materias con que se fomentan la civilidad y el comportamiento ético. Que las autoridades brinden mejores herramientas a quienes defienden los derechos humanos de los sectores vulnerables y vulnerados, que las instancias de seguridad capaciten a la fuerza policial para que una persona detenida no sea violada y golpeada por agentes, que en las Fiscalías se brinde el apoyo necesario a las víctimas y se persiga a quienes les agreden, que las legislaciones y códigos penales protejan más a quienes históricamente han estado en la indefensión y no se les revictimice. Mientras todo ello no suceda, de nada sirve llamar “compañere” a quien forma parte del mismo grupo estudiantil o de la misma plantilla laboral.   

Ahora bien, ¿qué tan incluyente es el lenguaje inclusivo? El idioma español tiene femenino y masculino, y además hay formas colectivas y neutrales que incluyen a ambos géneros. Sin embargo, hay quienes no se sienten identificados como hombres ni como mujeres, los llamados “no binarios”. Esas personas son quienes buscan sustituir la última vocal de los sustantivos por la letra “e”, por una “x” o por una “@”, lo que, nos guste o no, es una deformación de las palabras, y para mucha gente es hasta una aberración. Pero entonces, al inventar nuevas formas de definirse, lo que hacen es excluirse del resto. Habiendo hombres y mujeres, no quieren ser reconocidos en ningún género y se asumen como “no binarios”, pero a su vez están creando otra segmentación: binarios y no binarios.

No hay nada de malo en que quieran identificarse del resto, y yo no soy quien para decir qué está bien y qué está mal, pero esa es la paradoja del lenguaje inclusivo: excluye y autoexcluye.

Pero en fin, el idioma cambia y quizá estamos ante una modificación, pero no se puede forzar o querer instituir como la única y verdadera forma correcta de expresarnos. El cambio, si ha de prosperar, tendrá sus tiempos. A lo mejor usted y yo ya no lo escucharemos, probablemente nuestra descendencia en tercer o cuarto grado lea publicaciones de esta actualidad y entre risas comenten lo chistoso y extraño que se habla ahora. Por lo pronto, que cada quien hable como le venga en gana, ya la demás gente decidiremos con qué tanta seriedad tomamos lo que dicen. Al tiempo. Por cierto, salvo en casos muy específicos, escribí de forma neutral sin deformar palabra alguna. Sí se puede.

Papel para forrar

A lo largo de su periodo de gobierno, Silvano Aureoles negó el impacto de la violencia en el estado, se peleó con el magisterio, se subió a la politiquería más barata que pudo encontrar e ignoró los reclamos de diversos sectores. Ahora, hacia el final de su periodo, le entra a la polémica postelectoral y no tiene dinero para pagar sueldos a quienes ya lo ganaron.

Insiste en la narcoelección, asegura una cruzada nacional contra el control del territorio por parte del crimen organizado y toda esa monserga que ya le hemos escuchado. Pero no dijo nada cuando Fausto Vallejo le ganó la elección, no levantó la voz contra el control de Los Templarios en todas las actividades productivas y políticas del estado. Como gobernador, no ha atendido las denuncias del magisterio en el sentido de que hombres armados los hacen retirarse de las vías del tren cuando las tienen tomadas. Y si los docentes están ahí, es porque hay adeudos que el gobierno no ha pagado en bonos, prestaciones y quincenas.

Tiene además el problema de la pandemia, que se ha administrado a contentillo de grupos empresariales y políticos sin atender lo esencial: la salud de los michoacanos.

Columnistas amables dicen que el banquito verde se volvió símbolo de la lucha de Aureoles Conejo (no dicen lucha contra qué), pero lo que en realidad simboliza es el cinismo y la ineficacia, porque si hay cárteles ahuyentando a la gente de sus hogares en Aguililla y Coalcomán, si hay criminales matando gente a diario y si el manejo de la pandemia sólo es de contención de daños en muchos aspectos, ha sido durante su gobierno.

Así, el gobernador ha hecho un papelón, tanto, que ya le alcanza para forrar los cuadernos y libros escolares de miles de niños michoacanos. Es cuánto.

Postdata: una de cal…

Un acierto de Silvano Aureoles ha sido oponerse al regreso a clases presenciales, como quisiera el presidente. Lo malo es que ahí viene Bedolla y él sí le va a obedecer a su patrón y, entonces, agárrate: retorno a las aulas con niños sin vacunar, en escuelas que muchas veces no tienen ni agua potable, mucho menos filtros sanitarios.