LA CASA DEL JABONERO | Resistencia a la brecha

Cada generación defiende aquello que la distinguió, que la marcó, pero de ahí a decir que sólo la música de nuestra adolescencia es buena refleja intolerancia e ignorancia.

Jorge A. Amaral

Yo sí estaba en onda, pero luego cambiaron la onda. Ahora la onda que tengo no es onda y la onda de onda me parece muy mala onda. ¡Y te va a pasar a ti!
Abraham Simpson

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En la última semana el reguetón ha estado en la polémica de las redes sociales, y es que, al lanzarse la venta de boletos para el concierto que Bad Bunny dará en México, miles de personas iniciaron el proceso para comprar sus entradas a un precio estratosférico. Eso no gustó a mucha gente, sobre todo treintones, cuarentones y personas de medio siglo, ya que no dan crédito al hecho de que un artista de ese género, con ese estilo, goce de tanta popularidad.

Los comentarios van en el sentido de que el reguetón es una música pobre y con exponentes sin el más mínimo rastro de talento. Se enojan porque antes sí había buena música, como The Beatles, por ejemplo, o más para acá, Caifanes y Soda Stereo. Pero eso no es raro ni nuevo, cada generación defiende aquello que la distinguió, que la marcó, pero de ahí a decir que sólo la música de nuestra adolescencia es buena sólo refleja intolerancia e ignorancia.

Cuando el jazz y el blues nacieron, era música de negros en una zona muy específica de Estados Unidos. Pese a la genialidad de sus músicos, el público blanco no se daba la oportunidad de conocerla dado que no estaba a su altura y, sin embargo, llegó el momento en que los músicos caucásicos fueron adoptando estilos e influencias de los jazzistas, al grado de mezclarse, fusionarse. Así, esa música que sólo se tocaba en barracas y bares de afroamericanos llegó a los grandes teatros hasta convertirse en un estandarte de la cultura norteamericana que se esparció por todo el globo.

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Pasaron los años y del blues y el jazz, ya consolidados y aceptados, dieron pie a nuevos sonidos, a nuevos géneros. Uno de ellos, tomando elementos del blues, del swing, el R&B y la balada irlandesa, fue el rock and roll, que a mediados de los 50 llegó a las estaciones de radio, a los salones de baile y, lo más importante, a miles de jóvenes que ya necesitaban una voz propia, un sonido distintivo de su generación. Pero al ser una música juvenil con raíces negras, fue menospreciado, vilipendiado y censurado por esos adultos blancos que preferían escuchar el honky tonk de Hank Williams o a los crooners italoamericanos como Frank Sinatra. Había una brecha generacional de por medio.

El rock and roll es música pecaminosa, un montón de sonidos desparpajados. Es una moda que no sobrevivirá. Eso decían a mediados de los 50 mientras Elvis Presley movía la pelvis incitando las hormonas de su público adolescente femenino, al tiempo que James Dean representaba la rebeldía de los jóvenes. Han pasado casi 70 años y el rock creció, llegó a la mayoría de edad, mutó, se fusionó, evolucionó y hoy sigue vivo.

Lo mismo pasa con la llamada música urbana. A mediados de la década de los 70, en el Bronx de Nueva York, con la música funk como base, nació el rap de la mano de DJ Kool Herc. Esa era la voz de una generación que vivía en los guetos neoyorkinos, gente que no iba a clubes como Studio 54, sino que hacían sus fiestas en la calle. Con el paso de los años, estos artistas comenzaron a utilizar el micrófono ya no sólo para alentar al público a bailar, sino que lo convirtieron en un arma para exponer su realidad, sus carencias, sus pesares, su rabia hacia un sistema que desde la época de la esclavitud los había pateado y menospreciado. Un movimiento similar al que se dio en el soul con artistas como Marvin Gaye y su mítico álbum “What’s going on?”, de 1971, en franca crítica hacia la guerra de Vietnam, o la extraordinaria canción de Syl Johnson “Is it because I’m black?”, de 1969.

Así llegamos a los 80, con el rap combativo y sumamente politizado de Public Enemy, que dio pie a todo un movimiento dentro del género, rescatando aspectos del afrocentrismo de Malcolm X y la lucha por los derechos civiles que alcanzó su punto cumbre en los 60, con personajes como Martin Luther King. Pero, por otro lado, tenemos otro paso en la evolución del rap: el gangsta. Esta vertiente no sólo exponía rencores raciales, sino que mostraba la vida cruda de las calles: pandillas, drogas, violencia, prostitución. De esta camada de raperos hay dos iconos insoslayables: Ice T, con su tema “Six in tha morning”, y NWA, con su disco “Straight outta Compton”. Este movimiento estalló en la década de los 90, al darse el enfrentamiento entre las dos costas de Estados Unidos, que de las letras pasó a las balas hasta culminar con los asesinatos de Tupac y The Notorious B.I.G.

Pero los jóvenes de hoy ya no se interesan tanto en Dr. Dre o A Tribe Called Quest. No, las nuevas generaciones quieren escuchar a Drake, a Lil Wayne, e incluso, en un género tan machista y hasta homofóbico, tienen a un Lil Nas X alzando la bandera LGBT.

Pero, como en todo, a principios de este siglo los puristas del rap se pusieron como gato boca arriba cuando surgió un sonido llamado reggaetón, o reguetón, para fines prácticos. Y es que resultaba indignante que con bases tan sencillas y repetitivas hubiera puertorriqueños rompiendo las listas de popularidad en América Latina. A quienes el rap nos había amamantado con Run DMC y Beastie Boys y en la adolescencia nos alimentó con Dr. Dre y Control Machete, nos molestaba que un sujeto apodado Daddy Yankee estuviera sonando duro. Y es que ya no estábamos en onda.

El camino del reguetón no ha sido tan corto. La base sonora del género es el dembow, pero encierra un significado y origen muy diferente. En Jamaica, en la década de los 70, se puso en boga el dancehall, que es un derivado del reggae con un tempo más rápido y, por lo mismo, más bailable. Entre los exponentes de ese género estaba Shaba Ranks, quien en 1991 sacó la canción “Dem bow”, que en patois jamaiquino quiere decir “ellos se inclinan”. En la canción, Ranks se refiere con ese término a los homosexuales. “Levanta la mano si sabes que no te inclinas”, dice el estribillo. Sin embargo, como sucedió en la canción “Puto” de Molotov, en que un insulto homofóbico se volvió crítica a quienes se dejan pisotear, el jamaiquino hizo una analogía similar y ese inclinarse lo llevó a lo político: “Libertad para la gente negra, eso quiere decir que los opresores se inclinan. Agravias a tu hermano negro, quiere decir que te inclinas. Odias a tu hermana negra, quiere decir que te inclinas”.

También ese año, dos panameños versionaron la canción de Shabba Ranks en español. Por un lado, Nando Boom la tituló “Ellos Benia”, y El General la llamó “Son Bow”, en su disco “Te ves buena”, que lo catapultó a nivel continental. Pero la canción mantiene el sentido homofóbico y anticolonialista: ni Jamaica, ni Panamá, ni Puerto Rico ni Colombia son “bow”, es decir, no son gay.

Fue tal el impacto de ese tema, que terminó dando nombre al ritmo del reguetón: dembow. Esto se debe al vínculo entre Jamaica y Panamá, que empezó cuando migrantes de la isla se desplazaron al istmo para trabajar en la construcción del Canal de Panamá. Desde entonces, el intercambio y fusiones musicales entre ambos países han sido intensos, y varios cantantes, como Nando Boom y El General, se dedicaron a traducir canciones de reggae y dancehall al español. De hecho, Nando Boom publicó un disco que bautizó “Reggae español”, donde cantaba explícitamente contra el racismo. Ese reggae de habla hispana es una de las semillas que después haría florecer el reguetón, aunque en ese momento se llamaba reggae rap o ragga hip hop.

Pero en Puerto Rico el género estalló. Con una marcada influencia del rap de Estados Unidos, especialmente el de Nueva York, dada la alta migración de puertorriqueños a La Gran Manzana, la isla caribeña parió a una generación de raperos que inundaron con su sonido y rimas a los barrios marginales de San Juan a mediados de la década de los 90, pero no usaban los beats habituales del rap estadounidense, sino que usaron bases musicales permeadas de merengue y salsa, pero, sobre todo, del dembow concebido entre Jamaica y Panamá. Aunque cabe aclarar que los reguetoneros primigenios eran más bien considerados raperos, y su música, cuando la sacaron de la isla, era conocida con los nombres de “melaza”, “música negra” o simplemente “underground”. Estos nombres explican cómo el reguetón incipiente estaba estrechamente ligado a cuestiones de clase y de raza: se había convertido en un altavoz para las comunidades marginadas, mayoritariamente afrolatinas.

Pero hoy el reguetón es un fenómeno global que convive, se roza y muchas veces se mezcla con el rap, el pop y el rock. Hoy es la voz de muchos jóvenes, nos guste o no, y a ellos Los Beatles no les dicen nada; a ellos, Gustavo Cerati no les mueve ni conmueve. A esos jóvenes no les interesa saber lo geniales que fueron Caifanes o Pink Floyd (todo lo anterior, a mí tampoco, y tengo más de 40).

El fenómeno de Bad Bunny y su concierto en México sólo pone en evidencia una cosa: la brecha generacional, tan válida como necesaria para que las sociedades sigan avanzando. Finalmente, si usted cantó a todo pulmón las canciones de Soda Stereo, todas ellas hablando de sexo; o si ama a un Jim Morrison queriendo matar a su padre y tener sexo con su madre en “The end”, o si bailó al ritmo de “Mi cucu”, de la Sonora Dinamita, créame, no tiene autoridad moral para criticar a una generación que sólo quiere perrear. Es cuánto.