La crisis de la información

Ha tiempo que comenzó la discusión de que los medios impresos de publicación de noticias tenderían a desaparecer. Ese fue el temor que mostró un amigo, director de un diario impreso, hace algunos años cuando empezaba la era de la comunicación digital. En ese entonces me parecía una idea absurda que la cibernética llegara a …

Ha tiempo que comenzó la discusión de que los medios impresos de publicación de noticias tenderían a desaparecer. Ese fue el temor que mostró un amigo, director de un diario impreso, hace algunos años cuando empezaba la era de la comunicación digital. En ese entonces me parecía una idea absurda que la cibernética llegara a revolucionar de tal forma cómo nos comunicamos en la actualidad los seres humanos.

Hoy en día no sólo es una discusión teórica. El internet ha abierto un gran boquete en las empresas periodísticas tradicionales que buscan afanosamente su inserción en los esquemas de la nueva era digital. Empresa que no se adapta tiende a perecer.

Periódicos de gran importancia tanto nacionales como internacionales han entrado en crisis debido a la disminución de sus tiraje y la baja en la venta de su publicidad. Si las masas recurren a la información digital, a las empresas les interesa, en consecuencia, anunciarse a donde las masas recurren.

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Esa imagen del señor que mientras toma su café por la mañana se entera, oculto tras las hojas de un gran diario, de todo lo que aconteció el día de ayer en la ciudad y en el mundo, está cediendo paso a la del internauta que se entera de las noticias en tiempo real condensadas en su teléfono digital mientras se traslada en el transporte público.

En muchas ocasiones poco importa el origen o la veracidad de la información, lo importante es la inmediatez. Y esa información se replica y multiplica de una manera vertiginosa porque los nuevos medios lo posibilitan.

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Cualquier ciudadano con iniciativa se convierte en las redes sociales en líder de opinión, logrando muchas veces transformarse en “blogueros” exitosos, personajes que comentan con gracia o corrosiva crítica los asuntos del momento, ocupando los espacios que correspondían a los articulistas de opinión, quienes eran generalmente académicos que se habían ganado sus espacios en los medios impresos a base de arduo trabajo intelectual.

Hoy en día, el internet ha logrado igualar a intelectuales con merolicos que con trabajo saben escribir su nombre sin faltas de ortografía. Hay quien ve en esto un avance democrático pues piensa que resulta sano que el pensamiento crítico de alto nivel intelectual deba sujetarse a las reglas de la igualdad con el pensamiento del pueblo. A la luz de estas ideas me ha tocado leer los insultos más procaces a personas con el pensamiento más lúcido.

De algún modo las verdaderas empresas de comunicación tendrán que adaptarse, subsistir y transformarse junto con los nuevos requerimientos informativos. El importante papel que han tenido durante el último siglo debe revitalizarse con las nuevas alternativas digitales. Las nuevas herramientas deben servir para hacer más eficiente la comunicación

no para acabar con las empresas que han contribuido a hacer efectivo el derecho a la información.

Un nuevo periodismo ha surgido con los portales digitales. Verdaderas empresas que se dedican a subir información prácticamente en tiempo real, con sus páginas llenas de información pagada, expuestas a los mismos riesgos y vicios de muchas de las editoras de periódicos impresos; es decir, con periodistas subsidiados por instancias gubernamentales que practican la autocensura y sólo difunden lo que el director permite.

Se dice que la revolución industrial fue vista por muchos como un riesgo que ponía en peligro el trabajo de miles de trabajadores que quedarían desempleados debido a la invención de las máquinas que llegarían a remplazarlos. Hay quien intenta comparar la revolución digital con la industrial, que llega igual a desplazar a miles de trabajadores de las rotativas y editores para sustituirlos por cibernautas caseros que realizan todo su trabajo desde su computadora.

Sé de un profesionista que regaló todos sus libros porque afirma que ya todo está en internet. Me perece absurdo. La crisis por la que atraviesa la industria de los medios impresos todavía no alcanza a las editoras de libros. Es más, me atrevo a decir que faltan décadas, quizá siglos para que las editoriales entren en una crisis similar a la que se está viviendo con los periódicos.

Lo que nos tiene que quedar claro es que en realidad no tenemos que elegir. Los avances tecnológicos aportan ventajas incuestionables pero siempre construyen sobre lo que los ha precedido y por eso no podemos renunciar irracionalmente, en un delirio seducido por la novedad, a esas firmes y analógicas bases.

Quien busca sustituir el placer de pasar la vista por la palabra impresa, el momento a la reflexión que esto invita y permite, por la comodidad del audiolibro ciertamente no es más que un necio. Pero en verdad no tenemos que elegir. En un futuro, quizá no muy lejano, la digitalización de los libros permitirá la existencia de un quiosco en cada librería dispuesto a la distribución personal, individual, de cualquier libro impreso que el corazón de un bibliófilo pueda llegar a desear; sin restricciones de disponibilidad, antigüedad, idioma o viabilidad mercantil.

Con esta claridad de que no tenemos que renunciar ni a las ventajas de las nuevas tecnologías ni al valioso legado de nuestra tradición. También las personas, como las empresas, que no se adaptan tienden a perecer. Adaptémonos entonces.

luissigfrido@hotmail.com