La Voz de la Fe

Como Samuel y Elí   Pbro. Francisco Armando Gómez Ruiz PUBLICIDAD Consejo Interreligioso   PUBLICIDAD Los animales y los vegetales crecen de una manera simple pero sorprendente, gracias a la luz, el agua y los frutos de la tierra buena. El rápido y sencillo proceso descrito, no le resta altura y volumen de las dimensiones …

Como Samuel y Elí

 

Pbro. Francisco Armando Gómez Ruiz

PUBLICIDAD

Consejo Interreligioso

 

PUBLICIDAD

Los animales y los vegetales crecen de una manera simple pero sorprendente, gracias a la luz, el agua y los frutos de la tierra buena. El rápido y sencillo proceso descrito, no le resta altura y volumen de las dimensiones que estos seres logran alcanzar. El universo en expansión con sus leyes lentamente también va creciendo: surgen nuevas estrellas y otras muchas se van apagando. Pero siempre queda la misma materia.

El homo sapiens crece, básicamente, sí con agua, luz, tierra buena con sus frutos selectos, y otro par de cuidados materiales, pero si él solo creciera así, tendríamos frente a nosotros al ser que es descrito por el poeta como un “troglodita”. Nosotros necesitamos más que una buena alimentación, ejercicio físico y mental, correcta educación y eficacia en nuestra inteligencia emocional. Necesitamos más, porque estamos llamados a una altura mayor que la flor y la pantera.

En la historia del llamado de Dios a Samuel (1 Sam 3), cuando éste finalmente dice: “Habla, que tu siervo te escucha” (1 Sam 3,10). El texto, tras narrar lo que Dios le dirige a Samuel, dice: “Samuel creció” (¡ Sam 3,19). El joven, y para otros el niño Samuel, quien servía al Señor en el templo a lado del anciano Elí, seguramente recibía buenas atenciones alimenticias, físicas y educativas. La experiencia de un anciano lo asistía. Pero el momento crucial para el crecimiento de Samuel detona con la palabra que Dios le dirige y que él, nuevamente con la asistencia de Elí, es capaz de acoger y responder dócilmente.

Mirémonos un instante. ¿Qué tan grande soy? No física, sino integralmente: mis valores, mis conocimientos, los carismas que porto. ¡Me reconozco como un portento de Dios! Lo somos, estamos crecidos. ¿Quién nos ha hecho crecer? La familia, la amistad, la comunidad en la que convivo cotidianamente, e incluso los golpes de la vida. Desde la voz de la fe, reconocemos que también el impud del crecimiento vino con el encuentro con Cristo, el motivo y la razón profunda de todo movimiento.

Apenas adentrados en este nuevo año, vale la pena que pensemos en todos esos niños y jóvenes que, como Samuel, necesitan de miles de cuidados para que el día de mañana puedan desempeñar un papel importante en la sociedad. Sin embargo, hay muchos Samueles que ni tienen lo necesario para crecer física y educativamente, y otros muchos que no gozan de la compañía de una persona mayor que los instruya en la sabiduría invaluable de la vida. Pero también hay cientos o miles de Elíes que han sido privados de la valiosa oportunidad de transmitir la experiencia de sus muchos años porque se les ha marginado en habitaciones solitarias de algún hogar o de un edificio medio solitario de la ciudad, por causa de su vejez. El cuidado del niño y la atención del anciano son el futuro de una sociedad justa, amorosa y llena de paz.