La crisis de México

En lugar de que cada líder y dirigente declare y haga aspavientos por su cuenta, en solitario, en Toluca podría armarse -con audacia, imaginación y realismo- un gran bloque: una plataforma democrática de consenso rumbo a 2024.

Leopoldo González

El panorama nacional en ocasiones no es nada halagüeño y a veces está para llorar, porque, así como le ocurrió al poeta Manuel Acuña hace un siglo, con frecuencia ya no sabemos ni dónde se alza el porvenir.

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No saber dónde se alza el porvenir significa tres cosas: en primer lugar, significa el reconocimiento expreso de que hay un cuadro de crisis en el que no se sabe qué hacer; en segundo, implica la certeza de que no se visualiza una salida posible frente a la situación imperante; por último, es la mejor prueba de que no habiendo alternativas no hay espacio para la esperanza, y entonces sólo queda preparar el ánimo para la oscuridad como destino.

Si la primera etapa de una crisis significa que se está en problemas y que no se sabe cómo salir de ellos, y la segunda implica que un aturdimiento del juicio y una pérdida de visión impiden ver claro lo que sí se puede hacer, la tercera es ya la más cerrada oscuridad de un tiempo de crisis: no sólo no se ven salidas ni se sabe qué hacer, sino que lo peor de cualquier crisis es cancelar para siempre el derecho a la esperanza.

Esto, palabras más o palabras menos y sin agregar otros bemoles, es lo que parece ocurrir con nuestro país y tenerlo en vilo: el peso de las sombras es tanto y tan devastador, que puede derrengar al más plantado y bloquear la voluntad intencional de encender una vela para conjurar la oscuridad.

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No pocos sabemos que la literatura salva, consuela, cura y construye caminos a la altura del piso del hombre. Por ello, conviene oír y sopesar lo que nos dice el poeta alemán Hölderlin: “Porque donde está el peligro / ahí nace lo que salva”.

La idea de que nuestro país pueda “tocar fondo” con los actuales gobernantes, como efecto de tanta maldad e ignorancia e idiotez acumuladas, no suena descabellada. Lo descabellado sería, en todo caso, el tener que esperar a que la ruina toque nuestras vidas y la legión del sátrapa mayor acabe con lo que aún queda de México, para iniciar de cero una tarea que nos atañe a todos: la de una reconstrucción nacional valiente y con mira de horizonte.  

Los liderazgos sueltos y con legitimidad, los cuales podrían armar un frente de líderes sociales contra las garras de un populismo tóxico y destructor, no han encontrado un punto de cohesión o una bandera común para salir a la calle y frenar el experimento de horror que lleva a México a la ruina. Quizás no todo está perdido: una marcha o un foro nacional en Toluca, en los días previos a la elección mexiquense, con el eslogan “Más democracia y menos populismo”, no estaría mal si se piensa en lo que ahí estará en juego.

En lugar de que cada líder y dirigente declare y haga aspavientos por su cuenta, en solitario, en Toluca podría armarse -con audacia, imaginación y realismo- un gran bloque: una plataforma democrática de consenso rumbo a 2024. 

Los partidos, víctimas de su propia crisis, no aciertan a encontrar el “justo medio” que podría permitirles arreglar sus desajustes, sin descuidar el punto importante que es encontrar, concebir o imaginar una manera de encausar y resolver la crisis de gran tamaño que pesa sobre nuestro país.

El pacto de la Moncloa, en España, tras la muerte de Franco, fue la fórmula que sirvió a los españoles de todas las siglas y colores para asegurar la transición de la dictadura a la democracia. España venía de lo que no se le puede desear a nadie: de una tiranía. Aquí el reto es al revés, de un calibre mayúsculo y en un momento histórico distinto: de lo que se trata es de impedir que un “deschavetado” haga trizas a la democracia y meta al país en la negra noche del autoritarismo, de la que podría no despertar en muchos años.

Algo parecido a la solución española sucedió en el Portugal de los años 70 y en la Argentina que Raúl Alfonsín, en 1981 devolvió a la senda democrática.

El componente esencial de aquellas transiciones fue lo que el expresidente Felipe González llegó a reclamar a los demócratas mexicanos: que dejasen a un lado “egos” e intereses particulares, que trascendieran sus fronteras de partido y fuesen “generosos” con su país y su transición, porque en esto radicaba el éxito de la causa.

Algo semejante se pide hoy a los líderes y a las organizaciones mexicanas que ven con preocupación, cuando no con alarma, la deriva populista y autoritaria que ha tomado en sus manos la respiración del país: que dejen de preocuparse y comiencen verdaderamente a ocuparse.

Lo que salga mal en Morena y pueda ser capitalizado por la oposición de aquí a 2024, será fruto de la miopía y las contradicciones que hace años contaminan esa causa, incluidos los aires de ruptura y escisión de que tanto se habla en sus filas, porque no todos están dispuestos a doblar la cerviz frente al “dedazo” presidencial disfrazado de encuesta.

Sin embargo, lo que haga o no la 4T es algo que debería ser tangencial o secundario en aquellos a los que les preocupa México, porque lo importante es que la oposición tenga un rostro y personalidad propia, además de brillo y candela para enfrentar al fanatismo naco que querrá apoderarse del país en las postrimerías del actual gobierno.

Convocar a un foro o a un encuentro nacional, para analizar con rigor el futuro de la democracia en México, podría ser un buen comienzo.

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Las democracias desnutridas e inviables son aquellas que carecen de verdaderos demócratas.

leglezquin@yahoo.com