Leopoldo González La designación de Carlos Torres Piña en la Coordinación para la Defensa de la Cuarta Transformación y la Soberanía, fue tomada con incredulidad y desconcierto por algunos, como un golpe bajo por otros y como una determinación equivocada por la mayoría, dentro y fuera del partido gobernante. Quien fue secretario de Gobierno y fiscal general del estado tiene lo suyo: astucia política y capacidad de maniobra que le han ayudado a mantenerse vigente; siembra de docenas de alcaldes que le son favorables desde 2024 y, desde luego, carretadas de dinero que podrían provenir del trasiego de aguacate o quizás de fuentes de financiamiento poco claras. Tiene lo suyo el parachense Carlos Torres Piña, aunque lo que tiene no lo es todo en política. Morena tenía casi todo a su favor, en Michoacán, para hilar fino rumbo a 2027 y quedarse con la gubernatura, frente a una oposición desacreditada y desarticulada y un Movimiento del Sombrero en ascenso: con métodos discutibles y poco aseados tal vez, e incluso haciendo un uso faccioso y amañado del presupuesto público para favorecer victorias y enriquecimientos privados, pero tenía todo para llegar confiado a 2027. No obstante, casi todo lo que tenía lo perdió y en parte ya no lo tiene. La forma quirúrgica, el chantaje en las dosis convenientes y el tipo de intereses que pesaron para designar al titular de la coordinación morenista en Michoacán, con una enconada pugna política en medio entre el bedollismo y los otros y la cauda de heridos y damnificados que dejó a su paso, no sólo han alterado de forma extraña y radical la ecuación política en Morena y en el estado, sino la expectativa que tenía ese partido sobre sí mismo rumbo a 2027. La soberbia de los intereses locales cercanos al primer mandatario y el afán de cerrarle el paso a cualquier aspirante que no fuese parte del clan, finalmente se impusieron a la búsqueda de una coordinación partidista de consenso y unidad impulsada por el centro, que al final no quiso, no supo o no pudo operar la solución del bien mayor frente al mal menor que ahora le quema las manos. El desconcierto, la decepción y el conflicto que causó el nombramiento del titular de la defensa de la cuarta transformación, no permiten vislumbrar un aire sereno ni un horizonte de concordia y conciliación dentro de la fuerza guinda, pero tampoco un clima fácil de simpatía y apoyo a sus candidatos en el piso social. Entre otras voces, la de Itzé Camacho, legisladora local por Lázaro Cárdenas, define el estado de ánimo de contrariedad y abatimiento que priva en Morena: “Ganó la soberbia y perdimos todos”. La legisladora costeña, conteniendo el puchero y quizá las lágrimas, dejó en claro que algo anda mal en Morena; que “algo no está bien” ahí y que tiene “la incertidumbre de qué fue lo que pasó”, pues “hay un equipo muy grande que está triste” en la entidad, porque la decisión final sobre la coordinación venció, pero no convenció ni convence aún en el interior del partido ni en territorio. Al principio pareció una gran maniobra de estrategia política, inducida o quizá alentada por Ramírez Bedolla, la de enviar a cuatro aspirantes mujeres y dos hombres a promoverse y pisar territorio en busca de la coordinación de Morena en Michoacán. Hoy, esos grupos no son un problema porque el juego de artificio que los produjo ahora los desmonta. Ahora, más que grupo hay una corriente amplia que es y será un serio y mayúsculo problema para Morena: la expresión de Raúl Morón Orozco, cuyo músculo político y territorial tiene terminales nerviosas en las capitales federal y estatal y poco más de 1500 comités en el interior del estado. Tres preguntas rondarán al cuatroteismo y la opinión pública local en los próximos meses: ¿el moronismo y lo que logre sumar, puede disputarle la gubernatura al contendiente del morenismo? ¿En qué medida empareja el piso para la oposición la fractura que se vive en Morena? Y al Movimiento del Sombrero, ¿qué lugar le toca entre un oficialismo fracturado y una oposición partidista débil e incolora? Las respuestas a estas preguntas dependerán de cómo evolucionen los encuentros y los choques en el interior de cada fuerza electoral, pero también de cómo reaccione y lea el piso social la batahola de agitaciones y sucesos que la crisis política actual prefigura. Fuera de una remota posibilidad de unidad y cohesión en la causa marrón de aquí al 27, tres escenarios de incierta, riesgosa y gran complejidad podrían regir el proceso electoral de aquí a la cita con las urnas. EL PRIMERO.- La psicología de la “perra brava” es la metáfora que mejor podría definir la animosidad y la rijosidad del partido gobernante en Michoacán y el país, pues es una opción más diseñada para el encontronazo y el conflicto que para el ejercicio de una racionalidad responsable y en reposo. Como Morena no hay dos, porque Morena es solamente igual a sí misma. Los orgullos, los intereses no siempre legítimos, los temperamentos tempestuosos y los rencores que se dan cita en ese partido son el principal ingrediente que dificulta la construcción de un clima de cordura, de reconciliación y unidad en su interior, y no se ve de qué personaje o expresión pueda surgir una labor artesanal de alta ingeniería política, para evitar la diáspora, la implosión y la fractura que la 4t se fabricó a sí misma. En este escenario, ganan la soberbia y el ego institucional, pero pierde Morena. EL SEGUNDO.- El PAN es un partido tradicionalmente de ciudades y de clases medias, cuyo voto histórico es una mezcla de cultura religiosa y empresarial, aderezada con buenos modales y lo que queda de las “ligas de la decencia” de los años 50 y 60 del siglo pasado. El PAN, en este sentido, es un partido atractivo para cierta mancha urbana clasemediera, donde se ubica su voto duro. El biclasismo inercial del PAN es otra fortaleza: conecta bien con los rangos de la clase media y la clase alta, presas del hartazgo que ha provocado la 4t en los sectores industriosos y emprendedores del país. En la perspectiva, aún en curso, de que el alcalde neoazul de Morelia fuese uno de los abanderados a la gubernatura rumbo a 2027, tendría a su favor parte de la estructura panista y lo que él ha construido por sí mismo en la capital del estado, en dos periodos intermitentes de gobierno municipal. Sin embargo, Alfonso Martínez Alcázar tal vez no sea la mejor alternativa de la oposición, ni siquiera en alianza, porque es una especie de Movistar del pavimento, un referente de poco territorio y poco piso social fuera de Morelia, aunque sus enlaces y células territoriales -con mucho trabajo y no pocas dificultades- han hecho un gran esfuerzo por abrir brecha en territorios inhóspitos, lejanos, escarpados, peligrosos. En el sístole y diástole de la política local, en el que la taquicardia social no parece apta para cardiacos, el alcalde moreliano podría ser pieza clave en dos sentidos: o siendo cabeza de un proyecto con arraigo y solidez, o sumándose a robustecer un proyecto en el que haya más ciudadanos y menos partidos. EL TERCERO.- El Movimiento Independiente del Sombrero, con todo y sus errores e inconvenientes, es una fuerza social en expansión, pese a la aprobación de una reforma electoral anti-Sombrero en el Congreso Local, que buscó frenar su fuerza e ímpetu ciudadano, y más allá de la cruel embestida que ha enderezado contra Grecia Quiroz y su equipo el aparato gubernamental. Sin haberlo decidido ella, la presidente municipal que remplazó en interinato a Carlos Manzo, Grecia Quiroz se ha vuelto, más allá de la pérdida y el dolor, la pieza clave de una esperanza social compartida; la viuda que recoge las semillas del martirio para iluminar la intemperie civil; el empaque de un legado que busca convertir la sangre de un mártir en herencia social y reclamo político; flor adolorida en el vaivén caprichoso de las circunstancias y el destino, Grecia Quiroz se ha convertido -acaso sin desearlo- en cifra y suma de una esperanza electoral a la altura de su pueblo. Si el sombrero es un símbolo de identidad y nacionalismo, no se olvide que desde él y en torno a él nació el movimiento social y político más importante del país, después del nacimiento, apogeo y apagamiento del llamado Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA), que, como vemos, ha terminado en un fiasco: en una inocultable degeneración nacional. La división con fractura que agobia a Morena, dejará mal parado al que da las cartas en este juego, pues no se advierte una estrategia de gestión de crisis o de control de daños realmente exitosa. Lo que sigue, para una fuerza política que ha salido tan maltrecha y arañada de su proceso interno, son tres estaciones o momentos fatales. La diáspora es división y fragmentación que, en el caso de una organización tan orgánica y monolítica como Morena, más temprano que tarde podría traducirse en debilitamiento paulatino y sistemático, dentro y fuera de su militancia. La desbandada, en este caso, no es algo por lo que se tenga que optar, sino un accidente inscrito en el ADN de una causa tan sui géneris como esta de la que hablamos. Una desbandada, así, sería la ratificación de una inercia de desencuentros, conflictos, debilitamiento y desdibujamiento en la “izquierda” michoacana. Más que la ruptura, cuyos componentes son manejables y de poca profundidad, la fractura en política es una grieta transversal de mucha profundidad y consideración, para la que aún no se ha inventado ni un analgésico preventivo ni un antídoto cien por ciento seguro. Morena contra Morena, o Morena contra el moronismo, es un episodio que demandará mucho consumo de palomitas, tanto en el nivel VIP como en el suelo raso y en gayola. Pisapapeles Escribió Napoleón Bonaparte: “Si tu adversario está cometiendo errores, no lo distraigas”. leglezquin@yahoo.com