México en llamas

Algunos ejemplos, tomados al azar, podrían explicar esta singularidad y esta ambivalencia en la visión y el comportamiento del mexicano.

En 2015 fui a España a recibir un libro mío que se publicó allá bajo el título “Hora temprana”. Era el primer poemario que publicaba fuera del país y la casa editora, Lord Byron, organizó en el centro de Madrid la presentación de varios libros, entre los que figuraba el mío.

El evento tuvo lugar en el piso de arriba del Café Comercial, un espacio de gran tradición ubicado frente a la estación del metro Bilbao, muy frecuentado por el poeta Tomás Segovia entre las 12 del día y las 3 de la tarde, y con el cual tuve oportunidad de conversar, ahí en su mesa, en un par de ocasiones.

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Tomás Segovia, luego del saludo y la presentación de rigor, advirtió en mi persona “la pinta” de mexicano y enseguida hablamos sobre sus visitas a Morelia, sus textos y poemas en la revista “Vuelta” y su más reciente libro de sonetos publicado ese año en Madrid. En un giro repentino de la conversación, solté un comentario que ni le sorprendió ni lo inmutó: “Yo vengo de un país que a veces es luz y en ocasiones es oscuridad de sí mismo”. Segovia me miró fijamente; luego, asintió con la cabeza.

“La noche de los libros” en Madrid, la cual se celebra el 23 de abril de cada año, coincidiendo con el Día Internacional del Libro en honor y homenaje a Don Miguel de Cervantes Saavedra, quien cumple aniversario luctuoso ese día, es escaparate y vitrina de las culturas del mundo, pues ahí se presentan autores españoles, europeos y de todos los rincones de la tierra, quienes hablan de su obra y leen poesía en casi todas las lenguas.

Aquella noche, dentro de la programación de “La noche de los libros” en Madrid, comencé mi intervención ante un público diverso, integrado por escritores e intelectuales de distintas nacionalidades, con las palabras que un día antes le había referido a Tomás Segovia: “Yo vengo de un país, México, que a veces es luz y en ocasiones es oscuridad de sí mismo”.

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Hoy, ocho años después, la afirmación de que México es asiento de una luz revolcada y piel de un beso de oscuridad, sigue teniendo justeza y continúa siendo válida para describir el país que somos.

Hay en nuestra demasiada historia mucha luz y bastante oscuridad, no sólo porque una ley de contrarios rige el desarrollo de los pueblos y de su cultura, sino porque sin contrastes ni contradicciones no hay evolución histórica posible.

No obstante, el punto es que parece haber una energía latente, una fuerza precursora o una predisposición del ánimo que lleva a nuestro país a buscar la oscuridad o a prolongarla, como si se tratase de una suerte de masoquismo genético o de un determinismo histórico-cultural.

Algunos ejemplos, tomados al azar, podrían explicar esta singularidad y esta ambivalencia en la visión y el comportamiento del mexicano.

Por quienes saben de historia y conocen la nuestra, es bien sabido que la mayoría de nuestros prohombres -comenzando por Morelos- dieron al país lo mejor de su visión y su esfuerzo, lo cual hace de ellos figuras estelares de las travesías de luz de nuestra historia. Sin embargo, aplaudir el manoseo ramplón y la distorsión que se hace de su aporte y pensamiento en la actual burocracia federal, es una contradicción en un pueblo que se sabe y se siente luz. En este sentido, la 4T está más cerca de las chapuzas y atropellos del “chacal” Victoriano Huerta, que del ideal democrático -por ejemplo- de Francisco I. Madero.

Al fragor de la batalla por la democracia librada en México durante muchos años, el país pudo consolidar un poder político, un Estado de Derecho e instituciones democráticas, por lo menos de 1997 a la fecha. No obstante, quizás porque vivir y procesar la vida en democracia es más difícil, hoy buena parte del país (57% en encuestas) parece añorar el despeñadero de obscuridad al que lo lleva el populismo autoritario de López Obrador. Esto puede sonar simple para algunos, cuya postura es digna de mis respetos, pero desde la honradez intelectual suena a esquizofrenia ideológica y política.

Una época de luz en nuestra historia, fue aquella cuando nuestro país abrió sus puertas y sus brazos al exilio español en la dictadura de Franco; cuando el ingeniero Gilberto Bosques se las ingenió para salvar vidas de polacos, lituanos, franceses, alemanes y judíos, amenazados de exterminio por la ideología nazi; cuando, otra vez -teniendo como baluarte la Doctrina Estrada- México abrió su sensibilidad y su corazón al exilio chileno y al exilio argentino, amenazados por el pinochetismo y el videlismo. Lo realmente trágico y oscuro es que bajo un gobierno de cuarta no se sabe qué hacer con los migrantes -fuera de dejar que se consuman en llamas- cuando se vive la peor crisis migratoria de la historia.

En los últimos meses, con frecuencia me he preguntado si los mexicanos no pueden o no quieren ver la tragedia que envuelve a este gran país, en donde abundan las masacres, los más de 156 mil homicidios dolosos, los desaparecidos y los miles de desplazados por la violencia criminal.

Quizás ayer no tuvimos toda la luz en un instante, porque los muertos, muertos son; pero no es un timbre de orgullo que algunos de los estados más inseguros del país sean Colima, Zacatecas, Baja California, Sonora, Sinaloa, Guerrero, Morelos, Chiapas y Michoacán, entidades donde tiene lugar la estrategia fallida que no le ha dado resultados al país.

Pisapapeles

Una luz trágica no es luz: es un baño de oscuridad.

leglezquin@yahoo.com