LAS FLORES  

¿No oyes caer las gotas de mi melancolía?
Rubén Darío

Aquel rey de origen normando y blasones de Aragón sonreía todo el tiempo y pasaba las mañanas atendiendo los asuntos del reino. Después comía algo ligero e iba a trabajar en sus jardines donde cultivaba flores que le proporcionaban paz: rosas rojas, lilas y hortensias.

   Imposible encontrar una actividad más noble, pensaba al ver trajinar a los jardineros reales bajo su mando. Al final, caminaba por los andadores seguro de que el lenguaje de las flores toca el alma y estimula el deseo de vivir. Le hablaban con la rugosidad de sus tallos y el color de sus pétalos. Y él les respondía acariciándolas como si capturara hojas en el viento.

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   Una tarde del mes de agosto de 1411 sucedió —las tormentas también golpean a los reyes— que terribles aguaceros desfogaron en la montaña y los cauces del los ríos se desbordaron, fueron tan devastadores que derribaron toda barrera hasta arrasar con los jardines del palacio. Acabaron en un sólo día con la belleza que atesoraba el rey en el corazón y la mente.

   Durante meses, decenas de jardineros se ocuparon en trabajar, aunque el rey sentía que ya nada resultaba igual. Se afanaron tanto que las nuevas flores crecieron y su esplendor despertaba las alabanzas. Pero el soberano, al verlas, sentía algo parecido a la orfandad. Imposible definirlo con palabras. Seguía laborando por las mañanas en los asuntos del reino, pero ahora, por las tardes, en lugar de atender los capullos, caminaba hasta el río asesino y lo miraba por horas. Daba la impresión de que deseaba arrojarse a la corriente.

   Así fue cómo el rey dejó de sonreír.

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