MIRADOR: CIELO Y MAR

Las paredes empiezan a hundirse también. El estruendo resulta atronador y la vida es un conejo que huye

Saúl Juárez

Las calles son de agua. En minutos, el puerto se ha convertido en algo líquido.

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   Miro las ráfagas de agua desde el ventanal de mi habitación, en la segunda planta. Las avenidas del centro ahora son ríos turbulentos.

   Apenas se puede ver, pero descubro que la tía Neme está en su casa de enfrenta. Se habrá escondido durante días para evitar que la llevaran al refugio de la montaña.

   Observa sin moverse, como alguien que ya no tiene nada que perder. Sin miedo mira los autos arrastrados, los techos de lámina y el espectacular que anunciaba un perfume. Cielo y mar se han juntado, unen fuerzas contra todo lo que está al frente y a los lados. No se detienen los aullidos en esta primera mañana de diluvio.

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   Se derrumba la barda lateral de la vivienda de la tía. Algunos pedazos se van en la corriente. Ella esboza algo semejante a una sonrisa como diciéndome: “Tú no eres el único que desea morir”.

   La tormenta es cada vez más álgida y el vidrio de mi ventanal cede como si explotara. El golpe me avienta sangrante más allá de la cama. En el espejo del tocador veo el verdadero rostro del ciclón, se parece tanto al mío. Con dificultad observo, ahora desde la otra recámara, el cuerpo de la tía Neme. Va por la corriente, inerme como tronco. Pronto me ocurrirá lo mismo, pienso, y decido cerrar los ojos cuando ya se han roto los cristales de toda mi casa.

   Las paredes empiezan a hundirse también. El estruendo resulta atronador y la vida es un conejo que huye,

   Después aparece la luz, es el ojo del huracán y su tregua es breve. Vuelve rápido la penumbra y creo que mi casa ya no resiste.

   Ahora sé que mi existencia entera cabe en el último crujido.