Saúl Juárez Las despedidas duran unos segundos o años enteros. Nunca estás listo para morir, debes esperar a que la vereda emane su aliento primitivo. Yo lo aspiro desde hace tiempo, Patricia, ambos sabemos que ya debo partir. Dejo una pagina en donde capturo el reflejo del canal veneciano, el pulso de las islas musicales y alguna cúpula de la memoria. Ahí está todo lo que nos conmueve, aunque debo decir que también incluí las tristezas, al principio intenté abandonarlas en un rincón. Deseo llevar esa cuartilla conmigo, pero ya es demasiado pesada, mejor dejarla en este mundo. Una hoja puede ser un fardo al pie de una escalera. Voy ligero entonces, ajeno a flores y ataúdes, sin ilusión por volver. Supongo que allá no sufriré por dejar de verte. Desconozco si me oriento hacia la nada —si acaso existe—, tal vez a un baldío en donde los adioses se disimulan en la hierba. Estoy seguro que me marcho a un lugar en donde no existen los olivos, los álamos y los pinos silvestres. Un símbolo sí puedo llevar: la imagen de tu rostro. Tus ojos me guían, siempre iluminan la ruta y, atrás de tu sonrisa, asoman palabras como esculturas. Es oportuno hacer con ellas frases que escurren como el agua. La palabra gracias y la palabra amor oscilan como las luciérnagas del terreno que jamás tuvimos. También me llevo otra imagen: una noche en este mismo hospital veíamos las luces de la ciudad y los relámpagos que anunciaban tormenta, me abrazabas porque suponíamos una mejoría. Pensé decirte: «es un buen momento para morir». Mejor me quedé callado y ese tiempo me sirvió para saber que allá tu nombre, Patricia, suena como ráfaga de viento. sjuarz57@gmail.com