MIRADOR | EL CONSEJO

El escritor empezó a hacer arillos con el humo. Veía hacia la calle y yo apretaba mi libreta entre las manos, sin atreverme a tomar notas

SAÚL JUÁREZ

El escritor hablaba sin mirarme, tenía perdida la vista en la pila de llantas que había llegado a su taller unas horas antes. Ambos estábamos sentados en sillas, yo me encontraba frente a él.

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   —Para ser cuentista es necesario primero tener un cuento propio —aseguró—. Mejor si viene de analizar a los narradores inmortales.

   Interrumpió para pegar un grito a un mecánico que dormitaba en un rincón.

   —Debes leer día y noche, abrir bien los oídos y los ojos… Siempre ayuda vivir con intensidad y tu historia debe tener un final impactante.

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   Hizo una pausa y encendió un cigarro. Sus manos estaban manchadas de grasa.

   —También sirve dominar un oficio: la navegación, la cacería, la carpintería o, como yo, la mecánica automotriz. Resulta indispensable, eso sí, amar u odiar. No hay relato verdadero sin alguno de esos dos motores, así el cuento trate sobre las hormigas… ¿Te queda claro?

   El escritor empezó a hacer arillos con el humo. Veía hacia la calle y yo apretaba mi libreta entre las manos, sin atreverme a tomar notas.

   —Escucha bien: si no cuentas con una historia propia, poco es lo que saldrá de tu pluma. Y eso presenta además un problema: sólo sabrás que la tienes cuando lo sientas a doscientos kilómetros por la mente y el cuerpo... Puedes tardar una vida en encontrarla, muchacho.

   Tiró a suelo la colilla y la aplastó con su bota de explorador.

   —Además, yo quién soy para dar consejos. Sólo te digo que no te confundas con aquellos que hemos publicado libros de relatos. Si te soy franco, yo todavía busco el cuento propio —aseguró y se puso de pie.

   Seguí un rato sentado mirándolo trajinar con el motor de un Chevy.