Saúl Juárez Por qué mi padre camina a mi lado cuando voy por la calzada; por qué se coloca atrás del espejo al lavarme la cara y los dientes. Por qué si ya está muerto, bien muerto, desde hace una década falleció en un accidente vial. Lo incineramos y cada hermano se quedó con un puño de cenizas en ánforas antiguas. Por qué va tan atento a mi andar encorvado, siento su mirada en la nuca y a veces medio dice, sin palabras, que la muerte es más grata que nacer, las dos cosas se hacen por obligación. El caso es que mi padre me sigue desde hace un par de semanas, unos días y nada más. Tararea en las esquinas y tomo su mano y vamos juntos a la altura de Las Monjas, nos detenemos frente a San Agustín cuando cae la noche. Será que me estoy muriendo y él me enseña a pasar la calle mirando a un lado y a otro y me deja cruzar solo a los portales y yo sonrío y él juega a que lo atropellan hasta que lo arrollan de verdad, cincuenta años después, y muere tan viejo como soy yo ahora y me pregunto por qué me acomoda el suéter mientras cuelga un Raleigh en sus labios y después silba siempre la misma canción. Me pregunto qué le ocurre para recurrir a mí, qué me quiere decir con su cara sonriente, siempre igual. Y entonces, ya en casa, empieza el sismo y él se queda quieto durante el temblor en el sillón de la recámara y se queda inmóvil al escuchar el caer de objetos mientras los demás salen despavoridos. Ahí se mantiene él, impávido, y me mira como si me hubiera estado esperado durante todo este tiempo. Por qué lo observo y me echo a dormir sin querer ya despertar. El cielo y la tierra pesan demasiado. Mi padre me tapa y se va a quién sabe dónde.