Mirador ostra

Hoy el pueblo fantasma se alcanza a ver desde la carretera y algunos afirman que se escuchan las notas del chelo.

Saúl Juárez colaborador de La Voz de Michoacán

Era un pueblo cubierto por un risco gigante, parecía una ostra abierta. En el caserío había un ojo de agua y las fachadas de las casas estaban pintadas de blanco, apenas se distinguían del color arena que las rodeaba.

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   Ahí vivía Nikolaus, genial intérprete del chelo. Era, además, el único habitante que jamás había salido de Ostra. Nunca se atrevió a pasar la frontera: el cruce de los dos caminos que desembocan a la entrada. Sucedió que, en su cumpleaños número ocho, sus padres músicos decidieron llevarlo a conocer el mar pero, justo a la altura del crucero, un deslave los mató y a él lo dejó baldado de una pierna.

   No volvió a intentarlo y se quedó sin salir del pueblo. El huérfano perfeccionó su técnica sin mirar hacia la carretera. Por las noches, después de las diez, siendo ya un adolescente, interpretaba como si diera un concierto. Si Nikolaus tocaba todo estaba en calma y la gente dormía en paz después de dos piezas.

   Alguien lo invitó a tocar en un bodegón improvisado como teatro y, una vez al mes, el hombre se presentaba los domingos. Al cabo, un grupo llevó a un promotor musical. El individuo quedó fascinado y de inmediato le extendió un contrato.

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   Nikolaus no aceptó y prefirió dejar fluir la vida como el sonido del agua y los hilos de arena que caían sobre los techos.

   Ante el deterioro, pasados dos lustros, el pueblo representaba ya un peligro. Las autoridades desalojaron Ostra por el riesgo de un derrumbe. Pero nunca encontraron al violonchelista. Hoy el pueblo fantasma se alcanza a ver desde la carretera y algunos afirman que se escuchan las notas del chelo. Un músico asegura que se oyen los ecos de un concierto de Schumann.