MIRADOR | Poeta

En este Mirador, el autor Saúl Juárez traza un perfil del poeta Marco Antonio Campos, un hombre que supo guardar las ciudades en la memoria.

Saúl Juárez

Se sentía afortunado por los asombros que las ciudades le regalaban. Antes de llegar a un sitio, el poeta ya había leído los versos propios de cada lugar.

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Yo pensaba que iba por el mundo en busca de un talismán. Lo único cierto es que le emocionaba percibir las voces de los puentes antiguos. Él repetía en voz baja algunos hexámetros de Ovidio. Disfrutaba de las cafeterías periféricas, ahí escribía a sus anchas y tiempo después, en un nuevo libro, la existencia tomaba cuerpo al amparo de Mozart.

Viento y agua lo llevaban de una coordenada a la siguiente, el manto de los años ya ondeaba a la distancia. Mientras miraba las torres de una catedral gótica, el poeta pensó que el talismán estaba en las palabras (quizá lo sabía desde siempre). Refulgía en los libros más preciados, en las frases flotantes sobre las banquetas, en las ideas escritas como si no fueran suyas.

Dejó de errar de una ciudad a otra, las guardó en la memoria. Hoy camina cada tarde por las calles cercanas a su casa. Procura a los amigos y comparte una sabiduría sin alardes. Canta cuando hace falta.

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Ahora pienso que es un hombre que supo arder en la juventud, aunque hoy escribe, por fortuna, con la misma garra de los primeros tiempos.

Quisiera pasearme con él, pero mis piernas ya no lo permiten. De cualquier forma, acudo al poeta y me revela los secretos de las metrópolis y los pueblos, la veleidad de la mente humana y el latido de los deseos imposibles.

Así va por las calles Marco Antonio Campos, guarda en los bolsillos versos del Dante y ciertos pasajes del Decamerón. Jamás falta el recuerdo: el poeta y aquella mujer se detenían a mirar el río a mitad del viejo puente.