Mirador sin retorno

Narración.

 Saúl Juárez

El hombre ha encontrado una casita en renta cerca de donde vivió de niño. Se asegura de poder observar por la ventana el tren que entra a la ciudad a las nueve y vuelve a pasar de regreso a las once.

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   En poco tiempo se acomoda con ligereza. Al acabar las jornadas se siente bien cuando mira las luces y escucha el silbato. Vive aguardando el paso del ferrocarril. Suspira al verlo cruzar por el llano, a un par de kilómetros de la casa.

   La vida se aferra a esa imagen fugaz. Sólo así cobra sentido la existencia. Parece que el tren cruza llevando también los años.

  Pero la cotidianidad, también se rebela y no se oyó más el silbato, ni se vieron las luces. En el periódico apareció que se había suspendido esa corrida..

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   El hombre salió de casa cabizbajo. Caminó hasta llegar al páramo. No se sabe cuánto tiempo necesitó para alcanza la vía. Siguió adelante en la penumbra sobre los durmientes. Tropezando varias veces llegó hasta la ciudad y, ahí, a unos metros de la estación, en un andén abandonado, el tren esperaba con la locomotora encendida.

   Estuvo a punto de desvanecerse, pero logró mantener el equilibrio. Al fin, decidió abordar sin mirar atrás. Se sentó en un gabinete cuando el tren pitó para iniciar el trayecto.

    El hombre ahora veía por la ventana la oscuridad del llano y pronto alcanzó a distinguir la luz parpadeante de su casa.

   —No puede ser —comentó al porter que pasaba— aseguraron que esta corrida había sido cancelada.

   —Hay algunos trenes, señor, que siguen viajando, aunque ya no existan —le respondió el viejo y continuó adelante, revisando que todo estuviera bien.

   El hombre se puso cómodo, y ya no quiso saber más.