MIRADOR | VOLVER

Nada permanece quieto, el recuerdo vivo es una apuesta perdida.

Saúl Juárez

Jacinto volvió después de una ausencia de diez años. Cumplía los treinta esa tarde y, sin entrar a la ciudad, fue directo al mirador.

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   No era otra cosa que un terraplén de tierra roja en lo alto de la colina, visita obligada de parejas por las noches. Jacinto pensaba que siempre amaría a Martha, aunque un día se separaron sin motivo. Ambos aseguraban que estuvieron enamorados, pero la magia terminó sin razón.

   El caso es que Jacinto bajó de su picop recién adquirida sólo con la intención de mirar. Empezó con los caseríos que parecen una aldea. Al sur se extienden el barrio  bravo en donde no faltaban pandillas.

   Jacinto siguió la línea de la barranca, un tajo que crece verde con altos matorrales, veredas de tierra en donde se han instado, a lo largo del borde, jacales que antes no estaban.

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   Desde luego, destaca en el centro de la población la iglesia con su cúpula resplandeciente, la plaza principal y el edificio del ayuntamiento con la bandera quieta.

   Así observaba Jacinto cuando se prendieron las luces del alumbrado público. Volvió a pensar en Martha.

   El joven se sentía contento con su regreso. Pero escuchó pasos atrás de él y, al virarse, vio a tres individuos, dos de ellos portaban navajas, uno traía un revólver. No hubo tiempo de más, callado entregó su cartera y las llaves del auto.

   El día lo sorprendió sentándose frente al hombre que levantaría el acta. Él le dijo que ya nadie iba al mirador, tuvo suerte de no acabar tirado en la barranca. En ese momento vio por ventanal pasar añ Martha.

   Días después de su regreso sin ventura, intuyó la realidad: nada permanece quieto, el recuerdo vivo es una apuesta perdida.