Números romanos

Cuento corto

Saúl Juárez

Ambos están sentados frente a la oficina del agente del ministerio público. Por el cristal lo ven manotear cuando habla.

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   Ahora ya se queda solo, ellos están a punto de pasar. Es media noche y los minutos se tensan en un reloj de números romanos.

   —¿Estás seguro, abuelo?

   —Lo estoy.

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   —Repito que no tiene caso, ha transcurrido medio siglo. Los hechos prescribieron, no te encerrarán.

   —Guarda silencio —responde.

  Entran a la oficina y el agente los mira y se pasa la diestra por la calva. Prende un cigarro y arruga el ceño.

   Ha llegado el momento esperado durante décadas por el abuelo.

   —Lo que quiero confesar, señor agente, escúcheme bien, es que yo maté aquel hombre. Soy el asesino que jamás encontraron —hace una pausa y mira al interlocutor—. Vengo a que me castiguen —el viejo limpia con el torso de la mano el sudor de la frente.

   —Ocurrió hace cincuenta años —acota el nieto.

   El agente no se inmuta, parece acostumbrado. Se levanta sin dejar sitio para más.

   —Otro que vine a purgar su pasado —dice y les ordena seguirlo.

  Los lleva a un cubículo donde un joven duerme. Lo despierta con un grito:

   —Vamos ya, a trabajar: levanta el acta. Este sujeto es uno más, pide condena cuando ya casi no le queda vida.

   —El castigo debe llegar tarde o temprano.

   —No, señor. Ya ni siquiera el motivo importa, el tiempo se lo llevó. Quédese solo con su culpa.

   El agente se va y el joven teclea el acta. Una hora después les entrega una copia por la cual deben pagar.

   Salen a las calles de la madrugada y buscan un taxi. No pasa ninguno y caminan mirando la luces. El abuelo tose con debilidad patente. Parece que morirá en aquel año 1962.