Viejo acueducto todavía funciona

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Jungapeo, Mich.- El acueducto virreinal que formó parte del complejo arquitectónico de la hacienda de los Condes de Miravalle, en Jungapeo, todavía da el servicio para lo que fue creado: mojar las tierras fértiles aledañas a la hacienda.

En la época virreinal para hacer crecer la caña; actualmente para regar las huertas de guayaba y darles vida, informó el doctor e historiador Josep ZalezZalez. El acueducto, también conocido como “Los Arcos”, tiene 300 metros de largo y está a 9 kilómetros de la cabecera municipal de Jungapeo, en la comunidad La Soledad. Ahí el acueducto se levanta, testigo silencioso del paso del tiempo, de acontecimientos históricos y de leyendas.

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“Es como un anciano sabio y con experiencia, nos cuenta a través de sus imponentes arcadas, aquellos acontecimientos históricos que sucedieron y que no mencionan los libros de historia. Fue construido por los señores Orozco en el siglo XVII, para formar parte del complejo de la hacienda de San Miguel Púcuaro y regar sus tierras, de las que en ese tiempo, brotaban las cañas de azúcar. Como desde el día de su inauguración, por su canaleta sigue caminando el agua con serenidad, para regar los incontables arboles de guayabas que lo rodean, a los que les da vida”.

Ubicado a los pies del cerro El Fuerte de Cóporo, bajo su sombra se fraguó la leyenda de la Condesa de Miravalle, y también las cruentas batallas entre insurgentes y realistas, cuando la Guerra de Independencia estuvo presente; por lo que su arquitectura fue atravesada por personajes como Félix María Calleja y Agustín de Iturbide; además de los López Rayón y su primo Benedicto López, los héroes insurgentes locales.

Este acueducto presenció la reactivación de la Guerra de Independencia en 1817, cuando ésta se encontraba prácticamente sofocada. “Al terminar la guerra la hacienda de la que formaba parte, sufrió el abandono, pero no el acueducto, ya que sigue siendo de utilidad a quienes se quedaron a trabajar la tierra. Es así como Los Arcos permanecen, durante sus 350 años de existencia, de pie, útiles y activos; sirviendo como una ventana pétrea y monumental a nuestro pasado, un pasado que se fue transformando hasta forjar el presente que hoy vivimos”, finalizó el historiador Josep ZalezZalez.

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