Yazmin Espinoza, colaboradora La Voz de Michoacán Marzo comienza y, con él, el volumen sube. Las conversaciones se intensifican, las redes se tiñen de violeta, los espacios culturales programan contenidos con perspectiva de género y las calles se preparan para llenarse de voces. Es un mes que inevitablemente pone el foco sobre las mujeres, sus luchas, sus derechos y sus historias. Y, sin embargo, lo violeta no empieza en marzo ni termina cuando el calendario avanza. Hay quien piensa que el feminismo solo ocurre en las marchas, en las consignas pintadas sobre el asfalto o en las fechas conmemorativas. Pero lo violeta también sucede en lo pequeño. En lo íntimo. En lo aparentemente ordinario. Sucede cuando una mujer decide poner un límite sin pedir disculpas. Cuando otra elige descansar sin culpa. Cuando una amiga escucha a otra sin minimizar su dolor. Cuando alguien se atreve a decir “eso no está bien”, aunque la mesa se quede en silencio. Lo violeta vive en la cotidianidad. No siempre es una revolución visible. A veces es un gesto diminuto: repartir las tareas en casa de manera más justa, cuestionar un comentario incómodo en la oficina, recomendar el trabajo de otra mujer en lugar de competir, enseñar a una niña que su voz importa. Son acciones que no hacen ruido, pero que transforman estructuras desde dentro. Marzo amplifica la conversación, sí. Nos recuerda pendientes, nos invita a revisar cifras, nos confronta con realidades que no deberían normalizarse. Pero el feminismo no es una identidad que se activa una vez al año; es una práctica diaria. Es una mirada que revisa, que pregunta, que incomoda y que propone. Es decidir que el bienestar no es egoísmo. Es entender que pedir ayuda no es debilidad. Es reconocer que el cuidado —propio y colectivo— también es político. Lo violeta se manifiesta cuando elegimos apoyarnos en lugar de juzgarnos. Cuando dejamos de romantizar el agotamiento. Cuando celebramos los logros de otras mujeres sin sentir que eso nos resta espacio. Cuando entendemos que el éxito no es una competencia, sino una posibilidad compartida. También está en lo cultural: en las historias que contamos, en las artistas que elegimos escuchar, en las creadoras que recomendamos, en los espacios que abrimos. Está en decidir qué consumimos y a quién le damos visibilidad. En comprender que nuestras decisiones cotidianas también construyen narrativas. A veces olvidamos que los cambios profundos no siempre empiezan con grandes gestos, sino con pequeñas repeticiones. Con conversaciones incómodas que se sostienen. Con límites que se respetan. Con nuevas maneras de habitar el trabajo, la amistad, la pareja, la familia. Marzo nos invita a mirar hacia afuera, pero también hacia adentro. A preguntarnos cómo se ve lo violeta en nuestra vida diaria. Tal vez está en cómo distribuimos el tiempo. En cómo hablamos de nuestros cuerpos. En cómo educamos. En cómo nos tratamos. Porque más allá de las fechas y los titulares, el feminismo se escribe todos los días: en la agenda, en la cocina, en la oficina, en el chat de amigas, en el consultorio, en el escenario. Vive en cada decisión que apuesta por la dignidad, la equidad y el respeto. Lo violeta también es cotidiano. Y quizá ahí, en esa constancia silenciosa, está su fuerza más profunda.