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Cenizas

10 de noviembre, 2016

Redacción web/La Voz de Michoacán

Martha REVUELTA MORALES S.

Indignación, beneplácito, suspicacia, indiferencia o burla, son algunas de las reacciones que se expresaron alrededor del mundo luego de la presentación que hizo la Iglesia Católica el pasado 25 de octubre, sobre la nueva instrucción de sepultura de difuntos y conservación de cenizas.

En la síntesis del boletín de prensa de la Santa Sede se señala que la inhumación del cadáver es lo recomendado, pero si por razones legítimas se opta por la cremación, las cenizas deben mantenerse en un cementerio o iglesia, no estando permitida la conservación en el hogar (salvo circunstancias excepcionales y con autorización) tampoco la dispersión en el aire, tierra, agua o convertirlas en recuerdos conmemorativos.

En párrafos subsecuentes se insiste en que la continuidad del hombre se expresa de forma más adecuada por medio del entierro, pero si se interrumpe por la cremación “Dios es muy poderoso para reconstituir nuestro propio cuerpo a partir del alma inmortal, que garantiza la continuidad de la identidad entre el momento de la muerte y la resurrección.”

El contenido de este documento tiene aspectos polémicos tanto en su redacción como en los de fondo; entre los primeros, que en pleno siglo XXI se siga utilizando la expresión “hombre”, que además de confuso, linda con el mundo zoológico, según  opinión de notables filósofos; mientras que términos  como: ser humano, persona o individuo, tienen que ver con valores que caracterizan a un mundo cada vez más civilizado.

En lo correspondiente a lo segundo, la reiterada alusión a la dignidad de los católicos y del cuerpo humano, que contrasta con el aumento de casos donde representantes de la fe muestran que carecen de ese y otros principios a los que se comprometieron, al abusar del poder que les da la sotana y el crucifijo para satisfacer intereses personales incompatibles con sus votos.

Desde un sitio privilegiado es fácil criticar que a los muertos no se les dé el tratamiento que aconseja la Iglesia Católica; en palabras del monseñor Ángel Rodríguez Luño, impulsor del referido documento y profesor decano de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz (favorecida por el fundador del Opus Dei) es grave que el muerto sea aniquilado como destino final, por pura superficialidad, deseo de ocultar la muerte o difusión de una moda.

En México y otras partes del mundo morirse no es barato; existen trámites que sobrepasan las posibilidades de los deudos. Si a lo anterior se suma la circunstancia de que la mayoría de panteones carecen de espacio para que “el grano de trigo caiga en la tierra”, queda la posibilidad de comprar un habitáculo en el columbario.

Un conjunto de nichos donde se colocan las urnas cinerarias en una iglesia o panteón es el columbario; su origen es romano, derivándose de esos pequeños nidos de palomas o golondrinas.

Si se cuenta con medios, puede optarse por un entierro ecológico, sea en inhumación o cremación. Un árbol puede surgir del cadáver o cenizas.

A quienes les afecta más la medida del Vaticano es a los que no poseen recursos para contratar un nicho o comprar un pedazo de tierra; el debate está en el aire, pero se intenta que el polvo no; si Dios es un ser omnipotente, sabrá reunir las partículas que se lanzan al mar, a un acantilado, río, bosque o se conservan en la vitrina o repisa de una casa, por humilde que sea.

 

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