El poder de la sutileza

Se dio cuenta de que aquí existía un monopolio de las ideas, y Buñuel, en sus películas, se dedicó a desmentir nuestra realidad, ya sea mostrándonos la cruda miseria de los barrios bajos o criticando a la iglesia.

Foto: Redes

Juan Pablo Arroyo Abraham / Colaborador de La Voz de Michoacán

El misterio, es el elemento clave en toda obra de arte

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-Luis Buñuel

Poco antes de morir, Luis Buñuel, el máximo exponente del cine surrealista, escribió Mi último suspiro, obra literaria donde narra sus memorias. En su texto describe su exilio de España en 1939 debido a la victoria de Franco en ese país y la persecución en su contra, su breve paso por Francia y Estados Unidos, y sus 36 años de estadía en México, desde 1946 hasta su muerte en 1983.

Buñuel tuvo una relación de amor y odio con México y los mexicanos. Gran parte de su carrera fílmica la realizó en este país. Películas como El gran calavera (1949), Los olvidados (1950), Él (1953), Viridiana (1961), El ángel exterminador (1962) y Simón del desierto (1965) entre otras, marcaron una nueva tendencia en la forma de hacer cine. Este realizador de 46 años de edad llegó a nuestra tierra para romper (sin querer queriendo) todos los clichés existentes y la narrativa de nuestro tan preciado Cine de Oro. Él vio que México no era un país de charros y cantinas, que la gente no llegaba en un caballo a la pulquería a tirar balazos a diestra y siniestra. Luis vio a un México urbano, caótico y lleno de contrastes, de riqueza y pobreza extrema, y que este cine dorado era solamente una fachada para desviar nuestra atención de los problemas que sufría esta nación. Prueba de ello se da en Los olvidados, donde se retrata la vida de un grupo de niños y adolescentes marginados en los barrios pobres de la Ciudad de México. Esta obra fue rechazada por los críticos y espectadores ya que la consideraban ofensiva para la imagen del país. El propio gobierno en turno la atacó y pedía su censura ya que iba en contra de los ideales nacionalistas. Ellos querían charros, querían comedia y hasta melodramas, pero eso sí, con un final esperanzador. Buñuel no era condescendiente con esta tendencia y eso no era conveniente para un Estado que tenía controlada la narrativa del cine como medio de expresión comunicacional, ¿les suena familiar?.

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El cineasta español, más a fuerza que por ganas, tuvo que instalarse en un país donde sus principios eran totalmente contrarios a sus ideales. Él, que venía huyendo de una dictadura, entró en otra, una más dócil y menos agresiva, la de México. Se dio cuenta de que aquí existía un monopolio de las ideas, y Buñuel, en sus películas, se dedicó a desmentir nuestra realidad, ya sea mostrándonos la cruda miseria de los barrios bajos o criticando a la iglesia, que, dicho sea de paso, tenía (y probablemente lo siga teniendo, aunque en menor grado) el monopolio del alma. Es decir, Luis Buñuel llegó a un país sometido por los poderes fácticos.

Pero no fue esa su única “queja” durante ese periodo de exilio. La principal y probablemente la que más le afectaba a él como creador, era la calidad (o estilo) de sus actores. A Luis no le quedó de otra más que trabajar con lo que había en el mercado. Leyendas del cine nacional como Ernesto Alonso, Ignacio López Tarso, Silvia Pinal, Claudio Brook, Ofelia Guilmáin entre muchos otros, fueron su materia prima para llevar a cabo su veintena de filmaciones en este país. Los que para nosotros como sociedad son un orgullo nacional, para él no lo eran. En sus últimas memorias, el cineasta habla constantemente sobre lo que para él fue trabajar con actores mexicanos. Literalmente usó frases como “los mexicanos hablan con las cejas”, “mueven las cejas continuamente de una manera expresiva, como si fueran parte esencial del lenguaje”, “en México se actuaba como si todavía estuviéramos en el teatro del siglo XIX”, y sobre su exceso gestual escribió: “los actores no solo hablaban, declamaban, gesticulaban, se desmayaban, se golpeaban el pecho” y remata diciendo que él siempre les pedía que no actuaran, que simplemente dijeran el texto. Luis definía el estilo actoral de México como poco naturalista, grandilocuente, teatral y emotivo hasta el exceso. Es decir, sobreactuaban.

Y aquí quisiera meter mi cuchara. Desde un punto de vista muy personal, el cine mexicano (no todo que quede claro) está lleno de clichés y a veces esas etiquetas no nacen en el guion, muchas veces es el propio actor el que les da ese valor (para mal). Buñuel decía que le costaba mucho trabajo eliminar de estos actores su bagaje y método actoral, “mi lucha era quitarles lo que habían aprendido”, “venían de una escuela en la que el actor tenía que demostrar todo”, cito.

Voy a hacer una comparativa un poco absurda sobre dos películas diametralmente opuestas en todos los sentidos que vi hace un par de semanas: Drive my car (2021), película japonesa del director Ryusuke Hamaguchi, cuya historia se centra en un viudo, actor teatral y maestro, que contrata a una chofer de 20 años y establece con ella una relación muy peculiar; y por otro lado La hora de los valientes (2025), filme mexicano protagonizado por Luis Gerardo Méndez y Memo Villegas. La japonesa es una obra que dura 179 minutos, la mexicana solamente 107 minutos.

En Drive my car, tanto la historia como sus interpretaciones son sutiles, elegantes, casi imperceptibles, pero a la vez poderosas ya que les dan espacio a los silencios, le dan cabida a los espectadores para seguir tejiendo la trama con ese ligero hilo que refleja al alma. Si no le damos un papel activo en la historia al receptor (espectador) que está sentado en una butaca, lo vamos a excluir de la narrativa y por lo tanto quedará fuera de lo más importante en el arte: su valor sentimental. Hamaguchi, con su estilo sobrio, nos muestra la desnudez del personaje, endeble y frágil, sin etiquetas, sin un sello que lo defina. Esto aplica perfectamente a esa búsqueda de Buñuel que le costó trabajo encontrar en México: la nada, la ausencia de vicios, el cimiento en el cual construir una estructura llena de verdad.

Cuando vi La hora de los valientes lo hice con cierta ilusión. Cada vez que veo cine mexicano espero encontrarme con alguna buena sorpresa. No fue el caso. La

historia trata sobre un psicoanalista (Méndez) que se ve envuelto en un enredo policíaco y termina siendo el héroe. No tengo nada en contra de la comedia mexicana, de hecho, no tengo nada en contra del cine mexicano. Hay muchas buenas películas nacionales que me han dejado marcado, pero con esta película de Ariel Winograd, pude constatar (de nuevo) que Buñuel tenía razón; que nuestro estilo (de sangre latina y tropical) está estigmatizado y destinado a intentar entretenernos, pero no a hacernos sentir. Y si no sentimos no conectamos y si no conectamos con esas imágenes en movimiento recién vistas, quedarán fuera de nuestra memoria para siempre.

Como ya lo había comentado en algún texto anterior, acerca de Luis Estrada sobre su serie Las muertas y su filmografía en general, en La hora de los valientes se peca de exceso de clichés, de exceso de todo diría yo. La trama es buena, pero esos personajes tan cargados le restan verosimilitud.

Ahora bien, si no podemos cambiar la forma de ser de nuestros actores, bien podríamos sacarles jugo y aprovechar su potencial. Ejemplo de ello podría ser Bardo (2022), donde Iñárritu exacerba sin temor alguno sus propios deseos y convierte a los personajes en una constate fuente de excesos, en un géiser cuyos escupitajos nos salpican hasta el hartazgo. Y al final de cuentas su obra funciona: hiere, sangra, genera una inquietud en el espectador dejándole una cicatriz permanente.

Por lo tanto, no pretendo en estas líneas invalidar toda nuestra cinematografía, pero sí creo que debemos replantearnos la manera de contar nuestras historias, la forma de dirigir a los actores, que si bien no propongo cambiar su ADN, sí se podría explorar y explotar sus virtudes, llevándolas a un nivel en donde nosotros, como espectadores, quedemos atrapados en esa prisión narrativa, en ese cuarto oscuro sin escapatoria alguna. Ya lo hizo Luis Buñuel a mediados del siglo pasado. Él no se conformó con seguir una tendencia, él desarticuló lo existente, lo reconstruyó y lo convirtió en su propia obra, un legado irrepetible que demuestra que la visión de un director puede traspasar fronteras.

Espacio Solaris es un espacio de exhibición cinematográfica independiente, alternativo e incluyente ubicado en el corazón de la ciudad de Morelia. También es el hogar del podcast Butaca 39 y de la Muestra de Cortometraje Contemporáneo 5C.

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