El arte mural en Michoacán: no hay rincón en el estado sin una obra de este tipo

El muralismo fue un legado de la Escuela Mexicana de Pintura, un movimiento surgido después de la etapa revolucionaria, en el que los artistas buscaron mostrar en sus diferentes piezas el incipiente nacionalismo que iba surgiendo en la patria, así como parte de la historia y la cultura mexicana.

Jaime Martínez Ochoa

Michoacán es un estado rico en arte mural. Prácticamente no hay región, municipio o ciudad donde no haya una obra de este tipo. Temas históricos, como la Independencia y la Revolución, así como el folklore, las tradiciones, las artesanías y las gestas regionales, son las principales temáticas que se abordan en estas expresiones culturales públicas. A veces, los murales son deslumbrantes incursiones en la épica del país o del estado y, a veces, simples estampas que rememoran un acontecimiento importante, como la celebración de una boda o la inauguración de una obra ferroviaria o el aniversario de algún personaje notable. El arte mural ha sido, en este caso, un muestrario de la identidad michoacana que se devela a partir de una paleta de colores diversa y plural, en la que se asoman los principales elementos de nuestra idiosincrasia mexicana y michoacana. Pintores de diferentes escuelas y pasiones, algunos de renombre, otros que apenas empezaban su andar e incluso mujeres pioneras no sólo del muralismo sino de la exploración de la cultura, utilizaron los muros para plasmar pedazos de la vida de este país y este estado.

PUBLICIDAD

            Muralismo en Michoacán, libro coordinado por Alma Sandra Sánchez Segura como titular del Centro de Documentación e Investigación de las Artes, y publicado por Cuarta República. Editorial de Michoacán, recoge estas obras de gran valía que se encuentran dispersas en todo el territorio. Se trata de un volumen sin precedentes, que reúne en su alrededor de 400 páginas un centenar de murales, examinados, analizados y descritos por veinte investigadores que, desde diferentes enfoques, nos dan una visión personal y única. Se trata de un trabajo ambicioso, en el que podemos hacer un recorrido de largo aliento de lo que ha sido esta manifestación cultural tan mexicana en tierras michoacanas. Historia, crítica, erudición y conocimiento podemos encontrar en estas páginas, donde se cuenta, en amplios esbozos coloridos, la historia moderna de lo que ha sido México y Michoacán.

            El muralismo fue un legado de la Escuela Mexicana de Pintura, un movimiento surgido después de la etapa revolucionaria, en el que los artistas buscaron mostrar en sus diferentes piezas el incipiente nacionalismo que iba surgiendo en la patria, así como parte de la historia y la cultura mexicana, con sus héroes, sus triunfos y derrotas. Su primera presentación tuvo lugar en 1922 en los muros del Colegio de San Idelfonso, en la Ciudad de México. En Michoacán, las primeras muestras iniciaron alrededor de 1930, en los muros de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Como señala la investigadora Guillermina Guadarrama en la introducción de esta obra fundamental, dos funcionarios fueron los impulsores del arte mural en Michoacán: Raúl Corona, rector de la UMSNH y el presidente Lázaro Cárdenas del Río. “Iniciaron la iconografía histórica dos muralistas pioneros, Fermín Revueltas, quien en dos cuadros monumentales hizo referencia a escenas de la lucha por la Independencia, y Ramón Alva de la Canal, quien representó la vida de José María Morelos en el interior del Monumento que, sobre ese importante personaje de la Independencia, se construyó en Janitzio”.

PUBLICIDAD

Como detalla Guadarrama, a partir de ese momento inicial la producción mural comenzó a expandirse hacia otros municipios, entre ellos Jiquilpan, donde José Clemente Orozco y Roberto Cueva del Río pintaron sus obras, el primero en la biblioteca pública de la localidad, el segundo en la escuela primaria Francisco I. Madero. En Pátzcuaro, Juan O’Gorman representó la Historia de Michoacán desde lo prehispánico hasta la Independencia en la Biblioteca Gertrudis Bocanegra y Ricardo Bárcena pintó un mural en el teatro Emperador Caltzontzin.

Fueron muchos los artistas michoacanos que incursionaron en este arte monumental, entre los que destacan Alfredo Zalce y Manuel Pérez Coronado, MAPECO, quienes prácticamente aparecen en buena parte de las representaciones gráficas que aparecen en estas páginas. Otros fueron Jesús y Janitzio Escalera, Alfonso Villanueva Manzo, Agustín Cárdenas Castro, Adolfo Mexiac. Comentario aparte merece el Taller de Investigación Plástica, encabezado por José Luis Soto González, quien impulsó un muralismo de tipo comunitario, incluyendo a los pobladores de las regiones en los procesos de producción. A través de asambleas, Soto González no sólo definió los temas que se debían pintar, sino que hizo partícipe a los pobladores del trabajo manual. En Santa Fe de la Laguna y en Zitácuaro es posible ver estas expresiones culturales, que llevaron al extremo el propósito de los muralistas clásicos de sacar el arte a las calles.

En este hermoso libro, profusamente ilustrado, el lector encontrará no sólo extractos de la historia de México y Michoacán, con sus personajes más entrañables, sino también el desarrollo de este arte único en el mundo, con todos los estilos que cada artista ha decidido impulsar. Es un libro excepcional, que viene a llenar un vacío y nos presenta el rico patrimonio con el que contamos los michoacanos. La edición de este volumen no sólo es un ejercicio de divulgación, sino también un ejemplo de que preservar y presumir el patrimonio estatal es una obligación de todos.

Jaime Martínez Ochoa es periodista, escritor y editor. Con el libro de cuentos Gleba ganó el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen.