Yazmin Espinoza* “Hay mucha belleza escondida en decir que algo se volvió paisaje. He oído a muchas personas diciendo eso como si fuera lo mismo que decir que algo dejó de ser importante, posiblemente porque así nos enseñaron a ver el paisaje, como algo trivial, un adorno, una colección de cosas que están afuera y de las que se puede prescindir. Pero si yo reconozco que el paisaje es una parte de mi cuerpo, entonces decir que algo se me volvió paisaje implica reconocer que lo integré a tal punto en mi propia existencia que se volvió inseparable de mí.” Niñapájaroglaciar, Mariana Matija Esta columna siempre ha sido, para mí, un espacio donde puedo sentarme a pensar en voz alta sobre lo que leo y sobre lo que esos libros van moviendo por dentro. Este año empezó con una lectura que no habría elegido por voluntad propia y eso, ahora lo sé, fue exactamente lo que la hizo tan necesaria. Mi primer libro del año fue Niñapájaroglaciar, y llegó a mí gracias a la Tribu de letras. Leer en comunidad tiene esa magia: alguien más pone sobre la mesa una historia que tú no habrías tomado, y de pronto esa historia te toma a ti. Cuando me dijeron que era un libro sobre naturaleza dudé. No suelo buscar lecturas que aborden ese tema de manera frontal, quizá porque siempre pensé que hablaban de algo lejano, ajeno, como si la naturaleza fuera un lugar al que se viaja y no algo que se habita. Pero bastaron las primeras páginas para que algo se acomodara distinto. El lenguaje, la forma en la que la autora nombra el mundo, la poesía que atraviesa cada observación, me dejaron completamente enamorada. No sentí que estuviera leyendo sobre paisajes, sino que alguien me estaba invitando a recordar que yo también soy paisaje. El libro es un ensayo, pero también es un diario de observación. Mariana Matija cuenta cómo distintas manifestaciones de la naturaleza, animales, plantas, territorios, han transformado su manera de existir y de verse a sí misma. En esa búsqueda constante de relaciones íntimas con pájaros, montañas y árboles, el texto se vuelve una carta de amor a esos otros habitantes de la Tierra. Habla de la importancia de nombrarlos y de lo que se muere no solo en el mundo, sino dentro de uno, cuando un dodo o un glaciar se extingue. Habla de las lagunas en el páramo y de las lagunas en la memoria, de las migraciones y de esa búsqueda permanente de algo que podamos llamar hogar. La autora se posiciona como un animal fascinado ante la existencia de otros seres, lleno de preguntas y con la certeza de que nuestro cuerpo existe en conversación con los ecosistemas que nos sostienen. Mariana Matija, escritora colombiana, ecologista que resiste a la anestesia de la máquina y amante de la Tierra, escribió este libro desde una necesidad urgente de verbalizar su relación con la belleza y el dolor de existir justo en este momento. Esa urgencia se siente. No es un libro que pretenda enseñar ni convencer, sino compartir una forma de mirar. Con la curiosidad y la atención de una niña, se pregunta cómo nos relacionamos con la naturaleza y qué nos pasa cuando dejamos de hacerlo. El libro comienza con el relato de una excursión al glaciar Poleka Kasué, hoy conocido como nevado Santa Isabel. Allí, Mariana presenció algo que no se olvida: un glaciar muriendo, transformándose en laguna con sus propias aguas perdidas. A partir de esa imagen, hace una analogía preciosa y dolorosa con el término laguna mental. Esos charcos se vuelven la memoria del planeta. La Tierra aparece como un enorme cerebro, con su propio lenguaje y sus propias experiencias. A lo largo del libro, la autora reflexiona sobre cómo estamos creando lagunas, cómo la Tierra está olvidando cómo comunicarse, como si la estuviéramos empujando a un alzheimer forzado. No hay estridencia en esa idea, pero sí una tristeza honda que acompaña toda la lectura. La narrativa es profundamente poética y está atravesada por el colapso, el duelo y la pérdida, pero nunca se siente catastrófica. Hay una delicadeza que sostiene incluso las ideas más duras. En algún momento del libro se lee: “Algunas veces los bichofués se perdieron en el fondo, porque eso es lo que pasa con las cosas cotidianas, incluso con las más hermosas y sobre todo con las más necesarias”. Esa frase se me quedó dando vueltas porque habla no solo de aves, sino de todo aquello que dejamos de ver por estar siempre mirando hacia otro lado. En una entrevista, la autora dijo algo con lo que no puedo estar más de acuerdo: “Parte del problema es que hemos sido educados para pensar que la naturaleza está ‘afuera’ y que solo se encuentra en lugares puros, remotos. Pero si no reconocemos la naturaleza en lo cotidiano, tampoco aprendemos a cuidarla desde lo cercano”. Creo que este libro hace exactamente eso: nos devuelve la naturaleza al espacio de lo íntimo, de lo diario, de lo aparentemente pequeño. En América Latina tenemos muchas escritoras consagradas, pero no tantos libros que hablen de la relación entre mujeres, comunidad, naturaleza y animales de una forma tan sensible y profunda como este. Hay pasajes que funcionan casi como un llamado suave a la atención, a la escucha. A detenerse a oír a los pájaros, a notar la presencia de los árboles que siempre estuvieron ahí, a reencontrarse con animales que marcaron otros momentos de la vida y a reconocer lo que eso mueve emocionalmente. Uno de los fragmentos que más me acompañó dice: “Ser isla. Decir isla con todo el cuerpo. Yo nunca he vivido en una isla pero siento que todas me llaman. Hay algo en isla que me suena a casa”. Tal vez leer este libro fue un poco eso, sentir que hay lugares, palabras y presencias que, aunque no hemos habitado físicamente, nos reconocen. Hacia el final entendí que Niñapájaroglaciar no habla solo de la naturaleza, sino de la manera en la que nos integramos a ella o nos separamos. De cómo algo se vuelve parte de nosotros. “Hay mucha belleza escondida en decir que algo se volvió paisaje”, escribe Mariana, y nos invita a resignificar esa palabra. Si el paisaje es parte de mi cuerpo, entonces integrarlo es hacerlo inseparable de mi existencia. Cierro esta lectura con la sensación de haber aprendido a mirar un poco distinto. Eso que siempre estuvo ahí y yo no estaba viendo. Y quizá de eso se trata también escribir y leer en colectivo: de volver a mirar juntas el mundo y reconocer, con cuidado y atención, todo lo que nos sostiene. Datos del libro: “Niñapájaroglaciar”Autora: Mariana MatijaEditorial AlmadíaPáginas: 176Año: 2025 *Yazmin Espinoza. Comunicóloga enamorada del mundo del marketing y la publicidad. Apasionada de la literatura y el cine, escritora aficionada y periodista de corazón. Mamá primeriza. Lectora en búsqueda de grandes historias. Instagram: @historiasparamama