Adriana Sáenz Valadez *Con admiración, para Nektli Siempre se piensa mejor cuando faltan las palabras Donna Haraway I. Las grietas, esos espacios que dejan pasar la luz, el dolor, el olor, aquello que está más allá. Son esos diminutos vacíos que aun el retoque más costoso no logra ocultar. Son las huellas del sol, del viento, de la tierra que se ha pegado y que en el transcurrir de los días, de los años van dejando la señal de su presencia. Son las pequeñas filigranas que el movimiento de la tierra provoca en la construcción más rigurosa. Surgen cuando el movimiento genera descompensaciones entre los bloques y despega aquello que antes era uno. Pequeñas grafías que marcan un suceso que fracturó. Fisuras físicas que provocan estrías, las simbólicas, dolor. Marcas que el yeso, el maquillaje o la mejor actuación pretenden cubrir, pero han dejado sus raíces, así que siempre reaparecerán. Para mala condición surgen el día que causan mayor inquietud. Las más simples son las que se imprimen en la pared. Se evidencian aquel momento en que se va a pintar o viene de visita el ojo inquisidor de quien busca imperfecciones para mofarse. Existen las que surgen el día de fiesta. Brotan en forma de vómito a mitad del festejo. Vuelven fétido el ambiente, impiden la continuidad del ocultamiento. Esas son la muestra de la grieta en la conformación de la subjetividad. La evidencia de un dolor contenido que se ha maquillado con ingresos, con fiestas, con años de trabajo. Son la certidumbre de una fisura, un dolor que cada día punza en la vena, en el músculo, en el nervio del corazón. Esas que, para quien lo siente, ni la sonrisa más ensayada puede ocultar. II. Con la frase de Haraway, epígrafe de este texto, inicia el texto merecedor del premio XXV PREMI LLIBRETER 2024: Material de Construcción de Eider Rodríguez, publicada en 2023 por Random House. Una narración que trascurre entre la crónica y el diario ficcional. Es un libro que toca las fibras del pensamiento y nos provoca sentipensar desde nuestros recuerdos, desde nuestra historia. Narra la vulnerabilidad, las contradicciones de amar a quien te ha avergonzado. La culpa de amar y no poder satisfacer las expectativas de a quien amas. Los deseos de ascenso social. Las miradas de los amigos, de los vecinos quienes desde la parte cristalina de los ojos censuran, juzgan y callan, para no ver sus propios jardines marchitos. Las grietas se heredan y se construyen. Eider Rodríguez, escritora vasca, narra desde el yo un texto marcado por las aberturas y el amor. Ama a una madre que lo calla todo, que la ama y la mira con el deseo de que los sucesos no hagan grietas tan profundas en su alma, que sean imposibles de cubrir. El texto inicia después de un ictus que el padre tuvo a consecuencia de una intoxicación alcohólica. La hija recuerda a un padre alcohólico y presente. Aún con el olor de la mezcla de las vivencias, él, todas las mañanas, le prepara un jugo de naranja y una leche con chocolate. El padre ingiere alcohol en el trabajo, en el café y en la casa; a pesar de ello, cada mañana atiende el desayuno de la hija. Relata una infancia marcada por los materiales de construcción. Un padre que quiso dedicarse a cuestiones de otra índole, pero que el llamado del negocio familiar y el nivel de vida que éste le proporcionaba lo atraparon. La adolescencia de ella está recorrida por el alcohol que el padre ingiere. Las vergüenzas de verlo borracho trastabillar las calles. Oler la colonia con la que llega todas las noches. Una mezcla de alcohol, orines, sudor y autocensura. Por otro lado, observamos el placer que siente la hija al sumergirse en el agua, lavarse la propia historia, inundar con líquido y cloro las grietas que se van conformado. De regreso, evita transitar las calles por donde sabe el padre tropieza. Las tardes paternas son intentos: por caminar erecto para llegar a casa, por dejar de beber, por no manchar la ropa. De repente y a lo lejos mira a la hija y, entonces, él quiere quemar sus decisiones. Llora por la culpa, tiembla por el enojo de haber vuelto a realizar aquello que lo avergüenza y lo atrae con el magnetismo de una cuerda invisible. Vuelve y vuelve al mismo lugar que sisma su vida, la de la familia, y genera grietas imposibles de tapar en la hija. Grietas, grietas, que gritan y que el agua de la alberca, del mar, de las fiestas no logran inundar. Grietas que marcan, que observan, que duelen. He conocido a padres que han dejado de beber. Sus hijas no valían más que yo, o incluso menos. He viso a algunas de ellas paseando con sus padres exalcohólicos, charlando por la calle, colgadas obscenamente de sus brazos, esas hijas feas, más feas que yo, esas hijas mermadas, domésticas, que a ojos de sus padres merecían más que yo, que merecían más que yo. (Rodríguez, 2023, 190) La vida es un mar de emociones. A partir de recaídas, de dormir en la acera, de apartarse de todos, en las mañanas se encierra en la oficina a rumiar la necesidad etílica, a llorar el dolor causado por sus propios resquicios, por el sufrimiento que genera la culpa de agrietar a quienes lo aman. Las tardes, esas ya las sabemos. La hija ya adulta está en Nepantla, el vértice entre varios caminos. Su existencia transcurre entre contradicciones y encuentros, entre establecer un vínculo con el padre que ha dejado de ingerir alcohol, pero que se ha vuelto más distante y callado y brincar las hendiduras que le han generado las vivencias del pasado. Los recuerdos son fantasmas que recorren la casa y su conformación de mujer y madre. El negocio familiar, personaje de esta historia, también transcurre en el tiempo y en las ranuras que provocan los sismos políticos y el tiempo. La tienda, que vende materiales para construcción, es el referente del pueblo. En ella trabajan la madre, la abuela, el padre y, algunas veces, los primos y la protagonista. Azulejos, tazas para baños, material de grifería, cemento, pegazulejo, tubos, todo para construir y tapar grietas. El trabajo de la madre y el padre le permiten a la familia sostener la vida del padre, las necesidades de la familia y hasta tener, del otro lado del país, un condominio cerca de la playa —lugar donde la familia pasa una semana al año. Espacio geográfico y temporal en el que el padre no bebe, conviven y se quejan de la comida de los restaurantes a los que vuelven cada año. Es un tiempo de disfrute y simulación. De quejas sobre la comida en los restaurantes, tema que les hacen sentir que pertenecen a una clase social que legitima su poder, a partir de adquirir múltiples experiencias culinarias; pero que, sobre todo, les permite tapar con una diminuta capa de yeso sus propias grietas. En la vida adulta, el padre, a manera de reloj que gira por la energía del perdón, visita todos los domingos la casa de la hija. Le lleva pan recién horneado, le ayuda a reparar el grifo que está goteando y la repisa que necesita un nuevo tornillo. Le fabrica el librero que necesitaba y la mira con dulzura. Atisbo que desea, a través del aroma que provoca la aromática mezcla de la mantequilla y el azúcar, preparar una masilla tan fina, tan dulce que penetre cada célula y reparare las heridas, el dolor. El abuelaje es la puerta abierta a nuevas historias. La relación entre Mikele, la nieta, y el ahora abuelo es franca, cariñosa, presente, tierna. “Si mi padre hubiera estado aquí, Mikele le hubiera abrazado fuerte, tanto que yo habría sentido ese abrazo a través del cuerpo de ella” (Rodríguez, 2023, 191). El padre alcohólico renace en la nueva posibilidad que otorga la experiencia. A consecuencia de las enfermedades generadas por el alcohol el padre fallece. A partir de ello, la madre abre el álbum de recuerdos familiar y la hija resquebraja su memoria a la posibilidad de expresar su amor por él: “Tenía que morir para que yo le quisiera, para que dejara salir el amor que sentía por él, porque una vez muerto yo no iba a traicionarme. (Rodríguez, 2023, 190) La autora narra un relato de grietas, recuerdos y reencuentro. Es una narración poética de amor y perdón. De vidas reales más allá de las apariencias que otorgan las puertas cerradas de cada casa. Es un relato honesto, desde el yo, de lo que se vive el interior de una vida, de una familia, de las grietas que provocamos y generamos al vivir. Es la historia de un padre atormentado, de una hija que vive a partir de las fisuras que esta vivencia le provoca. Del reencuentro de la hija con el padre. De vidas que, sin ocultar los resquicios, pueden mirar el horizonte sintiendo la frescura del aire que acaricia sus pieles y emociones. En la caja de los recuerdos surgen textos que muestran a un joven enamorado, cariñoso; un hombre que las hendiduras de su propia historia cubrieron. Si el mar fuera tinta y el cielo papel no sería suficiente para escribir mi querer. (Rodríguez, 2023, 191). Adriana Sáenz es doctora en Humanidades, trabaja en la Facultad de Filosofía de la UMSNH y usa toda trinchera para desestabilizar las opresiones: desde la academia, la calle, el pensamiento, el amor, la escritura, la irreverencia.