Raúl Eduardo González La piñata tradicional encierra un valor simbólico para el catolicismo: el pecado es encarado por la fe ciega, que lo vence (sí, a palos), y a cambio obtiene la recompensa de la salvación, representada en los regalos que la olla, ornamentada y pecaminosa, resguarda en su interior. Los infantes la encaran con la energía limitada de su tamaño, pero con la inocencia, el entusiasmo y la avidez de la inexperiencia infantil: la energía de la infancia encuentra una válvula de escape en la complicidad de los adultos, que para el ritual les vendan los ojos, les dan vueltas sobre su eje, les indican la dirección donde supuestamente se encuentra la piñata, guardiana del tesoro, al tiempo que la alejan de la ruta de quien la procura con el palo. El deber ser de ese ritual, cuya violencia se ve acotada por los cantos prescriptivos (“Dale, dale, dale, / no pierdas el tino…”), marca el control y el desahogo de lo festivo en la melé que se cierne sobre la recompensa del pecado vencido por la acción de la fe. Sin embargo, como Adrián O. Iturriaga nos lo hace ver, los infantes (es decir, todos, en algún momento) tienen otra lectura del acto festivo, y, así como a veces hay piñatas de juego que en vez de fruta y dulces contienen harina, los relatos de Adrián abrigan alimañas, más contundentes y perturbadoras, en la medida que expresan las voces que contemplan las cosas desde la cruel inocencia que la adultez nos ayuda a embozar y a olvidar, a medida que crecemos. Así que la piñata, como lo sabemos, tiene caca —con todo y sus -huates de a montón, sea lo que eso signifique. La posada a la que el libro nos congrega en sus cuatro relatos nos depara en sendos finales un aguinaldo inesperado; la morada es pobre, pero no se nos ofrece de corazón. Y es que en este libro quedamos siempre por fuera: los personajes nos dan cuenta de lo que sucede en las vidas de niños y niñas, perturbados por la irrupción del mundo de los adultos, a quienes no les abren la puerta para ir a jugar, pues no saben respetar las reglas, y cuando se entrometen siempre van a echar a perder las cosas, con su visión acartonada de la vida, con su monserga de lo que se puede y no se puede hacer, con su indiferencia, cuando no es que con sus agresiones sin sentido. Así que a los adultos hay que entregarles una piñata propia de su condición, tan acotada e indigna. Sí, somos esos seres que no saben jugar, esos que hacen juegos sin mucho chiste. Ciertamente, merecemos el desencanto que hallamos en los personajes de los cuentos de Adrián. Aunque, como sucede en los mismos juegos infantiles, llegamos a empatizar con nuestros victimarios, conscientes de que los policías luego serán ladrones, lo que siempre es más divertido. Acabamos entrando al juego, con todo y el desengaño que nos depara, gracias a la maestría y el oficio del autor de Piñata. Las personas adultas no creen en aquello de morirse de a mentiritas, se han olvidado del hechizo que trae consigo el descubrimiento de la desnudez, proscrita por el deber ser que marcan sus reglas; toda fascinación, toda fantasía la han vuelto negocio, y lucran con la embriaguez, la gula y el trastorno, al tiempo que los censuran y los anhelan. ¿Qué se merecen? Pues nada menos que una piñata colmada de sus propias ambiciones. Y, sin embargo, el narrador es benevolente con los lectores: por más perturbadoras que puedan ser las narraciones. “Piñata”, “Balneario”, “Bikini” y “La bruja” nos entregan, con su buena prosa, sendos ratos de solaz que se ven turbados al final; pero, como sucede con las buenas golosinas picosas, nos invitan a degustar la siguiente, y nos dejan luego de la lectura como cuando los padres dicen que ya tenemos que irnos a casa, justo cuando empezábamos a jugar con más avidez. Al leer los cuentos de Adrián, terminamos por no saber en qué bando estamos, pues las voces de los personajes narradores —marginales como son las de los infantes en nuestra sociedad— nos revelan un juego de espejos y otredades que nos llega a extraviar. ¿Dónde quedamos en esos relatos, en los que no sabemos si el malo es quien golpea, quien desobedece, quien se entrega al goce, quien seduce, quien calla o quien toma justicia por mano propia? A fin de cuentas, en la narrativa de Iturriaga podemos vernos en cada una de esas facetas, y extraviarnos en el juego de la narración, que resulta ser cosa muy seria. La publicación de este libro da cuenta de la obra de un autor que se va consolidando como uno de los grandes fabuladores de Michoacán en nuestros días. Lleva el sello de Cuarta República, que desde hace un par de años ha irrumpido para bien en el panorama editorial, que estaba tan menguado en nuestra entidad en los lustros recientes. Subyace a Cuarta República el afán porque las obras escritas por michoacanas y michoacanos lleguen al gran público del estado, en un ejercicio de difusión cultural que hasta hoy ha sido sostenido y de calidad. Se trata de ediciones bien cuidadas e impresas, como la presente, que sin duda está al nivel del texto, y presenta además una estupenda ilustración en la portada, a cargo de Elisa Suárez Juárez, que, con el título de “Todo lo posible”, dialoga sin duda con el imaginario de los relatos. Con la aparición de Piñata, auguro para Adrián O. Iturriaga una larga y aportadora carrera literaria, dada la calidad de este y de su anterior libro, la novela Los labios del mar (2019). En sus obras, ideas singulares se amalgaman con voces narrativas bien perfiladas; la lectura nos revela descubrimientos tan bien logrados cuanto inquietantes. En Piñata, podemos acometer los relatos con los ojos vendados, pues las historias prácticamente nos las refieren los personajes de viva voz. Allá vamos, con el palo de la fe, sin sospechar lo que albergan en sus panzas aquellas decoradas ollas de siete puntas. (Finalmente, cabe recalcar que, a pesar de toda la violencia que los personajes infligen y padecen, ninguna piñata fue quebrada en el desarrollo del libro.) Raúl Eduardo González es Profesor investigador de la Facultad de Letras de UMSNH. Estudioso de la tradición oral, el cancionero popular mexicano, la lírica y la música de la Tierra Caliente de Michoacán.