Entrevista con la narradora, tallerista y promotora cultural, ganadora en 2025 del Premio Estatal de las Artes Eréndira en literatura Margarita Vázquez Díaz es una poeta mexicana nacida en la Ciudad de México que, a sus 72 años recién cumplidos, posee una trayectoria marcada por la constancia creativa, el compromiso social y una profunda conexión con su entorno. Recientemente publicó la plaqueta poética ¡Lotería, cuarto creciente! y la antología De cara al caracol. Poesía reunida (1985-2024), coedición de la Editorial Cuarta República, bajo el auspicio de las secretarías de Cultura y de Educación de Michoacán, y ha sido reconocida con premios y homenajes significativos. Al día de hoy, ha construido una obra que dialoga con la infancia, la memoria, el cuerpo y el asombro cotidiano. Poeta, narradora, tallerista y promotora cultural, ha hecho de la literatura no sólo un oficio, sino también una forma de acompañar a otras y otros a descubrir la lectura y la palabra. Ella misma resume su vida actual con una frase: “Lo hice, lo logré y estoy aquí: todo ha sido bien ganado”. Margarita ha publicado varios libros de poesía, entre ellos La imagen en el agua, La dimensión de los cuerpos, Poemas para Hombres de Sal, Asómate a mi ventana, Anio y Eva despierta en una cama cuando está a punto de culminar el siglo XX, así como su autobiografía Margarita. Además, ha coordinado antologías como El brillo de la yerba húmeda, fue investigadora de Cultura Popular Urbana en la Unidad Regional Michoacán de Culturas Populares y tallerista por más de tres décadas en la Casa de la Cultura de Morelia. Ha participado en diversos encuentros literarios de los que destacan el Encuentro Iberoamericano de Creación Literaria, Poetas del Mundo Latino, el Festival de Poesía de La Habana (Cuba), Mujeres Poetas (Oaxaca), Talleres Literarios (Michoacán), Encuentro Nacional de Mujeres (San Luis Potosí) y La república en la voz de sus poetas (Ciudad de México). En 2023, el Encuentro Nacional de Poetas Jóvenes le dedicó su edición, y el año pasado la Feria del Libro y la Rosa le otorgó la dedicatoria estatal. También en 2025 recibió el Premio Estatal de las Artes Eréndira en literatura, reconocimiento a una trayectoria sostenida por la constancia, la sensibilidad y el compromiso con la palabra. Estos galardones se suman a su reciente jubilación de la Casa de la Cultura, un cierre que marca el inicio de una nueva etapa plena de proyectos. El más inmediato, dice, es recopilar su obra dispersa. “La tengo en agendas, en cuadernos, en servilletas, en hojas sueltas. Mi siguiente proyecto es recopilar esos textos y armar otro libro, y también ponerme al tanto con mis lecturas pendientes”. Soy la piedra / en el zapato del destino / la molesta risa fresca / entre los muertos. / Soy esa. El corazón de Morelia Nuestra entrevista se desarrolla en un café del centro de Morelia, en medio de un clima cambiante durante el tiempo que nos vemos, en el que primero un calor sofocante se hace presente con lenta parsimonia, y luego, de la nada, una lluvia torrencial mojando las canteras rosadas le hace fondo a la remembranza de Margarita sobre su relación con la capital michoacana. Llegó a Morelia con su familia en 1984, un año antes del terremoto, y desde entonces se ha arraigado en la ciudad, donde inició su formación literaria con reconocidos maestros como Tomás Rico Cano, María Luisa Puga, Daniel González Dueñas, Oscar Oliva y Frida Lara Klahr, entre otros. Recuerda con certeza que, antes que otra cosa, ella quería participar en un taller literario, una vez que la crianza de sus hijas e hijo le permitía una mayor calidad de tiempo. De las prisas en la Ciudad de México a la pausa provinciana de Morelia. Fue así que inició su entrañable acercamiento con la Casa de la Cultura y con su maestro Rico Cano. Lejos de la actitud de quien llega a “conquistar”, Vázquez se estableció en Morelia resaltando su capacidad de trabajo, responsabilidad y un fuerte involucramiento social. “Yo me gané a Morelia con todo el corazón y con mucho trabajo”, asegura. Margarita “transitó por un mundo moreliano en el que los grupos de poder literario eran extremadamente cerrados”, según se lee en el prólogo escrito por Nektli Rojas en la antología De cara al caracol. Poesía reunida (1985-2024). “Pero ella usó toda su fuerza poética para que la envolviera, la limpiara, la dejara existir. Es una sobreviviente de las varias jornadas laborales que se echan encima las escritoras, y del constante esfuerzo invisible del ambiente literario para silenciarlas”. Además, ya echadas las raíces, la vida cultural de la ciudad influyó en su voz poética. “El artista se nutre de su entorno cultural y, obviamente, en la obra se proyecta”, según señala. En ese sentido, asegura que Morelia le ha regalado grandes amores —personales, comunitarios y filiales— que se reflejan en una obra donde conviven la intimidad más personal y la reflexión social. Para ella, la poesía no puede desligarse de su tiempo: “No te puedes zafar de eso”. La sensibilidad ante el dolor, la violencia y las injusticias encuentra cauce en sus versos, siempre con la convicción de que la poeta debe decir: “Hermanos, aquí estoy”. En este contexto, para el escritor Sergio J. Monreal, la poesía de Margarita Vázquez “integra un universo donde el rasgo definitorio —sin menoscabo de búsquedas divergentes y complementarias— hay que buscarlo en la limpidez de la mirada y la concisión del decir, como estrategias para continuar refrendando prodigio la reversible dialéctica entre realidad originaria y palabra inédita”. Garabatos y poemas La poesía llegó a la vida de Margarita Vázquez desde la infancia y su mundo de sorpresa infinita. Criada con sus abuelos en la colonia Condesa de CDMX, entre olores de frutas, historias nocturnas de aparecidos y un entorno de descubrimiento constante, comenzó a anotar en libretas con “garabatos” lo que la impactaba. “Era muy comunitario el ambiente”, señala. Esa práctica de toda la vida es hoy la materia prima de su obra. “Y así, al pasar de mi crecimiento, siempre fui cargando un cuadernito. Con el tiempo, ya en la adultez, hubo cosas que ya no dejé; o sea, tuve la intuición de que tenía que trabajar algunos textos de manera más formal, con más técnica”. Ejemplifica lo anterior con su reciente ¡Lotería, cuarto creciente!, un texto que está formado en capítulos brevísimos que fueron creciendo con ella. “Eran anotaciones o poemitas con otro formato”. Y añade: “De pronto escuché la voz narrativa para una prosa poética y dije: es aquí, entonces algo se detonó. Era la voz de una niña que iba a narrar todos estos poemas y así los pude unir, estuve tecleándole sin descansar y salió por fin. Ahí me di cuenta de que no es que la musa te vaya a tocar con una varita de virtud, sino que es la talacha, la experiencia conjugada con tu deseo y la intuición de que es una obra que va a hacer ruido”. Me despedí de los árboles, de mi gato y las palmeras. Comí mucha de esa tierra mojada donde tanto habíamos jugado. En ¡Lotería, cuarto creciente! —y también en la antología De cara al caracol. Poesía reunida—la autora combina ternura y crítica, musicalidad y silencio en poemas mínimos, concretos; como una casa, abre pequeñas y diversas ventanas hacia lo íntimo: los recuerdos infantiles y los abuelos, las resonancias de la tradición oral, los afectos que sobreviven al tiempo y las heridas convertidas en lenguaje. Entre sus influencias destacan Efraín Huerta, Jaime Sabines, Octavio Paz, Rosario Castellanos, sor Juana Inés de la Cruz, los modernistas Ramón López Velarde y Xavier Villaurrutia, León Felipe, Federico García Lorca, y la polifacética obra de Alejandro Jodorowsky. Apoyada en buena parte por su amigo Gaspar Aguilera, Margarita ha mantenido un interés especial por visibilizar la poesía escrita por mujeres, impulsando antologías y encuentros de poetas michoacanas y chilenas. Colofón Su relación con la palabra, puntualiza, ha evolucionado hacia la depuración, lo cual ha sido un proceso “fascinante”. Prefiere los versos cortos, cargados de intensidad y apertura, cercanos en espíritu al haiku, que busquen —y encuentren— la palabra precisa y sorprendente sin caer en artificios. Y es que un poema no nace para ella sólo de los momentos que tocan la parte más sensible, incluso al punto de indignar o encabronar por la violencia y el terror que suelen acontecer; nace también del contacto con la gente y con los libros. “Se debe escribir de todo eso”, asegura. “Por eso mi interés por abrir lecturas que tengo pendientes de poetas que quiero hurgar, que quiero descubrir con mi mirada y que también me retroalimentan”. Sin dar concesiones al pasado, admite no tener temas recurrentes que delimiten su obra, excepto lo que vive actualmente con sus hijas e hijo, con sus nietas y nietos, y que “se vuelven una cosa entrañable y maravillosa”. Cada uno es una ventana enorme, señala. “Cada uno con sus características me han otorgado vivencias muy bellas”. Reconoce la importancia de la métrica y la técnica, aprendidas en los talleres con Tomás Rico Cano desde 1986, aunque su formación es esencialmente autodidacta. “Desde entonces aprendí que todo ello ayuda para encontrar la palabra adecuada que encaje con lo que quieres decir de otra manera; encontrar la palabra que me sorprenda y que no sea del uso común, y no hacer textos garigoleados que nadie entienda. Porque, a final de cuentas, el poeta escribe para los demás”. En sus talleres, por cierto, resolvió buena parte de este asunto creativo, según recuerda. “Les decía a mis alumnos que nuestra masa es la palabra; la amalgamamos, la amasamos y de ahí tenemos que descubrir el lenguaje, la mejor manera de decir aquello que estamos viendo: ésa es nuestra tarea”. Para Margarita, los talleres literarios representan una oportunidad de abrirle cauce a la sensibilidad, aun cuando el propósito básico de algunas personas no sea dedicarse al arte. “En estos espacios, la gente puede ser tocada por algo diferente, seas un doctor, un ingeniero o un abogado; tu visión del mundo ya no va a ser fría, porque la sensibilidad pasó a través de ti, ésa es la importancia de los talleres literarios: ayudan a descubrir esta sensibilidad”. Reflexiona más: “El artista, o quien está cercano al arte, no se queda con sus tesoros, sino que los comparte, y eso es una parte chidísima, social, hermosa, amorosa”. Su labor en Culturas Populares le permitió desarrollar talleres y proyectos comunitarios con niños de la calle, hijos de vendedores ambulantes, adultos mayores, grafiteros y mujeres en situación de vulnerabilidad. De estas experiencias surgieron publicaciones como Alicia en el exilio, testimonio de jóvenes privadas de su libertad. Hoy, jubilada, vive sola rodeada de libros, música y sus muchos gatos. Se declara feliz, orgullosa y consciente de haber construido una vida plena. Siente que los reconocimientos recibidos son “bien ganados” y se ve “chida, amada y querida con todo el cariño de la gente”. Sumergirnos / pisar fondo / sofocarnos / y nacer. Con obra pendiente por recopilar y lecturas por delante, Margarita Vázquez mantiene intacto el impulso creativo y la generosidad que siempre la ha caracterizado: compartir el arte, abrir puertas y recordar que la palabra es un alimento de luz y descubrimiento. Víctor E. Rodríguez Méndez Víctor Rodríguez, comunicólogo, diseñador gráfico y periodista cultural.