Mirador | Paso de Cebra

Una mañana cobriza desperté más inquieto que nunca, me bañé y vestí oyendo las palabras dentro de mi cerebro.

Alguien me llamaba a gritos desde el otro extremo de la avenida, la vía conservaba un camellón ancho.

   —Qué esperas, cruza ya, llevo demasiado tiempo aquí.

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   En el fondo su llamado resultaba lógico dentro de la trama final, pero preferí detenerme. Miré los penachos de las palmeras y las copas de los árboles. La hojarasca caía y la tarde se espesaba. No sé cuánto duré ahí con la vista ahora clavada de nuevo en el otro extremo.

   La lluvia comenzó a caer, aunque me mantuve inmóvil en mi sitio. El otro hombre se parecía físicamente a mí: mediana edad y el pelo crespo.

   —Ya es el momento. Cruza ahora —volvió a gritarme con una voz idéntica a la mía.

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   —Todavía no —contesté— otra vez será.

   Di la media vuelta y me retiré caminando bajo el aguacero hasta llegar a casa. Pasaron algunos meses y yo rodeaba a diario para no pasar por ese crucero. Pero las noches eran tan líquidas que, sumadas al insomnio constante, traían aquella voz hasta mi habitación.

  Una mañana cobriza desperté más inquieto que nunca, me bañé y vestí oyendo las palabras dentro de mi cerebro.

   —Cruza ya la avenida.

   Elegí mi traje de gala, con la camisa blanca y la corbata azul.

   Fui a la avenida, el crucero estaba solo y volví a detenerme. Me costó decidirme, pero ahora sí lo hice, ya no había otro camino. Fue como un relámpago en mi cabeza.

   El paso de cebra me pareció largo, pero continué sin detenerme, sin mirar mis atrás, hasta la otra orilla. Ahora me guiaba mi propia voz por un dédalo sin calles y sin casas.

   Entendí que ahí no hacía falta la existencia, bastaba con seguir al frente.

   —Ya era hora —fue lo último que dijo aquella voz.