Antigua Central de Morelia: del ir y venir de pasajeros al vaivén de trámites

Conoce la historia del predio de la antigua Central de Autobuses de Morelia, un espacio colonial que pasó de terminal de pasajeros al Centro Administrativo.

El moderno complejo del CAM unifica dependencias gubernamentales donde alguna vez operaron los andenes de salida. / Foto: La Voz de Michoacán.

Transitar hoy por la calle Eduardo Ruiz, en el centro de Morelia, es encontrarse con un desfile constante de personas que llevan carpetas de plástico bajo el brazo, actas de nacimiento recién impresas y recibos para pagar el predial. Frente al número 570, el movimiento burocrático no se detiene en toda la mañana. Hace un cuarto de siglo, el ambiente en este mismo punto de la ciudad era completamente distinto, en la antigua Central de Autobuses.

En lugar de ciudadanos formados en ventanillas, lo que dominaba la escena eran las maletas, el olor penetrante a diésel quemado y el aviso constante de los cargadores que anunciaban salidas urgentes hacia Uruapan, Lázaro Cárdenas o la Ciudad de México. La antigua Central de Autobuses de Morelia, que durante casi 30 años fue el corazón de la movilidad de los michoacanos, ahora ha dejado su lugar definitivo a oficinas municipales.

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Este predio, que abarca casi 15 mil metros cuadrados de terreno, tiene una historia de cambios profundos que comenzó mucho antes de que el primer motor de camión rumbara en la zona. A finales del siglo XVIII, cuando la ciudad todavía respondía al nombre de Valladolid, estos terrenos pertenecían al Beaterio de Nuestra Señora del Carmen, una institución fundada por doña Ana María del Tránsito y Silva.

La fundadora, una mujer devota a la que su familia le impidió profesar como monja de clausura, decidió invertir su fortuna en crear un refugio y colegio para niñas huérfanas y de escasos recursos. En aquellos patios de cantera rosa, las jóvenes aprendían costura, manualidades y, de forma muy señalada, la elaboración de dulces tradicionales como el ate de membrillo, perón y guayaba. El dulce aroma de las frutas cociéndose en cazos de cobre marcaba el ritmo de un barrio que se ubicaba en lo que en aquel entonces era periferia norte de la ciudad.

El siglo XIX cambió las cosas de golpe. Las Leyes de Reforma expulsaron a las beatas y el antiguo convento pasó a manos de particulares que lo convirtieron en una ruidosa casa de vecindad, mientras que el templo original sufrió modificaciones para convertirse en una capilla dedicada al Sagrado Corazón.

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Con el paso de las décadas, la propiedad tuvo destinos tan diversos como albergar las bodegas de los Almacenes Nacionales de Depósito para guardar granos y semillas, hasta que a mediados de los años 60 del siglo XX el gobierno del estado tomó posesión de la manzana para resolver un problema de transporte que ya asfixiaba a la capital michoacana, en una zona que había dejado ser la esquina norte de Morelia.

Hasta ese momento, viajar en autobús era una tarea desorganizada. Las diferentes líneas operaban en andenes improvisados cerca del antiguo templo de San José, donde apenas cabían cuatro camiones de la línea Flecha Roja. Las maniobras eran tan complicadas que los choferes debían esquivar los arcos de piedra y salir por rampas estrechas directamente hacia la Plaza del Carmen, sorteando el tráfico local. Para solucionar este caos, en 1972 se inauguró finalmente la Terminal Generalísimo Morelos en la calle Eduardo Ruiz, un complejo moderno para su época que centralizó las comunicaciones terrestres de la región.

Para dar paso a los andenes y las salas de espera, gran parte de las antiguas estructuras coloniales del beaterio tuvieron que ser demolidas. No obstante, la Iglesia católica puso una condición ineludible para ceder los terrenos: el proyecto de ingeniería debía conservar intacta la capilla lateral. Así nació uno de los contrastes más curiosos del lugar: mientras afuera rugían los potentes motores de los autobuses de la Herradura de Plata, Autovías o los camiones Coordinados, la pequeña capilla sobreviviente se convirtió en el santuario de los viajeros.

El declive de la terminal

Durante las décadas de los 70 y 80, la central camionera vivió su época de mayor esplendor. El flujo constante de personas transformó por completo el comercio de esta vialidad, que se llenó de fondas de comida, puestos de periódicos, vendedores de dulces y cargadores de equipaje que crearon una economía propia y sumamente activa. Los autobuses, con sus destinos pintados a mano en los parabrisas, movilizaban a miles de pasajeros diariamente.

Sin embargo, el mismo crecimiento de la ciudad que alimentó el éxito de la central terminó por estrangularla. Para finales de los años 90, el tamaño de los autobuses modernos hacía inviable que siguieran maniobrando por las estrechas calles coloniales del Centro Histórico, provocando congestionamientos viales insostenibles y daños al patrimonio.

La mudanza definitiva ocurrió en octubre de 2001, cuando los autobuses dejaron de circular por la calle Eduardo Ruiz para trasladarse a la nueva terminal construida junto al periférico norte. El vacío que dejaron en el centro de la ciudad fue inmediato. La zona comercial que había florecido al amparo de los viajeros comenzó a marchitarse y el enorme edificio de la central cayó en el abandono.

Durante casi una década, el predio fue sinónimo de descuido urbano y problemas sociales. Los andenes vacíos sirvieron de refugio nocturno y la zona cercana vio proliferar establecimientos con actividades cuestionadas, como los cines para adultos y los baños públicos.

La capilla del beaterio sufrió las peores consecuencias de este abandono prolongado: sin techumbre y expuesta a la intemperie, sus muros internos colapsaron y se convirtió en un cascarón ruinoso de cantera rosa que las autoridades consideraban demasiado costoso de rehabilitar.

En 2007 se demolió una sección de la antigua Central de Autobuses para habilitar un estacionamiento provisional, y aunque colectivos de jóvenes artistas ocuparon temporalmente las áreas abandonadas para llenarlas de talleres culturales, el deterioro de la manzana seguía siendo evidente.

Paso al Centro Administrativo

El rescate del espacio comenzó a concretarse en septiembre de 2017, cuando el Ayuntamiento instaló en una parte del predio la Comisaría Municipal y las salas del Centro de Justicia Cívica. Este cambio ayudó a devolver la seguridad y la presencia institucional, desplazando de forma paulatina las actividades clandestinas que habían ganado terreno durante los años de abandono.

La transformación final, al menos por ahora, del predio se materializó el 30 de agosto de 2024 con la inauguración oficial del Centro Administrativo de Morelia (CAM). La obra, que requirió una inversión de 144 millones de pesos, permitió centralizar 23 dependencias municipales que anteriormente operaban en oficinas alquiladas por distintas partes de la ciudad, según argumentó el gobierno del alcalde Alfonso Martínez Alcázar.

El proyecto se levantó utilizando estructuras metálicas y lozas de acero sobre las antiguas plataformas de la central, logrando integrar de manera funcional las oficinas gubernamentales con el área de la comisaría.

Hoy en día, la dinámica diaria del lugar es meramente institucional. En las ventanillas de atención del Centro Administrativo de Morelia se pueden realizar más de 100 trámites distintos, desde el pago de impuestos como el predial hasta la obtención de licencias de funcionamiento. Aunque la tecnología ha permitido digitalizar muchos de estos servicios para disminuir las filas y agilizar la atención de los contribuyentes, las oficinas siguen recibiendo diariamente a miles de morelianos que caminan sobre el mismo suelo que alguna vez pisaron los viajeros cargados de maletas y nostalgias.

A pesar de la modernidad de las nuevas instalaciones, el pasado se resiste a borrarse por completo del entorno. En la esquina de Valentín Gómez Farías y la calle Eduardo Ruiz, la fachada de la antigua capilla del beaterio sigue en pie, mostrando su gran portón y sus muros de cantera rosa desgastados por los años, una mirada para recordar las múltiples vidas de una misma manzana.

Arved Alcántara / La Voz de Michoacán