ENTREVISTA | Octavio Vázquez: Una vida entre la pintura y la cultura de Michoacán

Hoy, cercano a los 80 años, alejado de los cargos públicos y concentrado en su taller, Vázquez reflexiona sobre su trayectoria, el individualismo del gremio artístico, la evolución de las políticas culturales y su pasión inquebrantable por la pintura y la escritura

Octavio Vázquez, pintor autodidacta, miembro del Salón de la Plástica Mexicana y figura importante en el desarrollo cultural de Michoacán, llegó a Morelia hace 48 años con el sueño de reencontrarse con sus raíces y dedicarse plenamente a su obra. Decidió entonces construir desde el estado una vida más humana, tanto para su familia como para la comunidad artística. Impulsor de talleres, del Salón de la Plástica Michoacana y de la creación del Instituto Michoacano de Cultura (IMC), vivió en primera fila los avances, las pugnas y las contradicciones del sector cultural.

Hoy, cercano a los 80 años, alejado de los cargos públicos y concentrado en su taller, Vázquez reflexiona sobre su trayectoria, el individualismo del gremio artístico, la evolución de las políticas culturales y su pasión inquebrantable por la pintura y la escritura, mientras concluye un libro largamente trabajado. Su testimonio es el del artista gráfico, pintor, grabador, dibujante y escenógrafo michoacano que sigue creyendo en el poder social del arte y en la necesidad de pintar como se respira.

PUBLICIDAD

Inició su actividad expositiva en 1966. Desde entonces ha realizado más de 30 exposiciones individuales y participado en numerosas colectivas en México y en el extranjero. Su labor como gestor y promotor cultural es extensa. También ha impartido docencia en dibujo, pintura y crítica de arte, y ha formado parte de jurados nacionales e internacionales. Paralelamente, ha desarrollado una importante carrera en teatro como diseñador de escenografía y vestuario en más de veinte puestas en escena.

Además, es autor de ilustraciones para libros, revistas y portadas, y ha escrito textos críticos sobre arte. En la actualidad se encuentra dedicado principalmente a su obra personal, caracterizada por una profunda conexión entre materia y espíritu, evocando memoria, emoción y símbolos humanos.

Octavio Vázquez llegó a Morelia en 1978 como un pintor joven y romántico que ya había saboreado el éxito en la Ciudad de México, donde estudió Letras Españolas y Teatro en la UNAM. En 1975 había ingresado al Salón de la Plástica Mexicana tras un concurso en el que participaron más de 800 artistas, del cual solo cinco resultaron seleccionados como miembros activos. Expuso tres veces consecutivas en ese salón histórico, que guardaba el legado de Orozco, Siqueiros, Rivera y Alfredo Zalce, con quien forjó una amistad que se consolidó en Michoacán. “El Salón de la Plástica Mexicana me brindó seguridad personal”, asegura en entrevista, “pero después del movimiento del 68 el ambiente en la capital se volvió difícil: nos quedamos solos, la mayoría. La dispersión de todos los compañeros nos fue alejando”.

PUBLICIDAD

Provenía de una infancia dura. Nacido en Ixtlán de los Hervores, a los cuatro años y medio arribó a la Ciudad de México junto a su madre y su hermano menor. Su madre trabajó como ama de llaves mientras los niños permanecieron internados en una escuela de monjas. Crecieron primero en Santa Julia, una colonia conflictiva, y después en la no menos brava Iztapalapa. Al casarse y tener hijos, decidió que no quería esa existencia para ellos. “La idea con mi esposa era alejarnos de la capital porque era una vida marcada por la violencia, la rapidez y la desconexión familiar”.

El regreso a Michoacán respondió a un impulso romántico y necesario: buscar un entorno más familiar y humano.

Aciertos y desaciertos

Morelia, en 1978, era culturalmente pobre, según refiere Octavio. “Llegué con la idea de trabajar por mi cuenta y dedicarme a pintar relacionándome de manera permanente en la capital a través del Salón de la Plástica Mexicana y Bellas Artes, sin intención de involucrarme en cargos oficiales”. Estableció contactos con galerías, con compradores de obra y coleccionistas. Sin embargo, pronto Francisco Oñate lo invitó a colaborar en la Casa de la Cultura, donde tuvo a su cargo el taller de avanzados. Fue cuando, junto a colegas como Alejandro Delgado, Marco Antonio López y el profesor Melgarejo, impulsó propuestas serias para el desarrollo cultural del estado.

Durante el gobierno de Cuauhtémoc Cárdenas participó activamente en la creación del IMC. Presentaron documentos, estudiaron la viabilidad legal y operativa, y lograron avances concretos. Se fundó el primer taller de gráfica del estado; él consiguió la máquina en la Ciudad de México gracias a descuentos del Salón de la Plástica, y el maestro Zalce impartió el primer curso. Impulsó además el Salón de la Plástica Michoacana para que los artistas locales accedieran a materiales a precios accesibles y mayores oportunidades.

Al tiempo que era director del Museo de Arte Contemporáneo (1981-1988), también promovió la idea de una Casa del Pintor, un espacio autónomo gestionado por los propios artistas. Se entregó un edificio y se instalaron talleres, pero las pugnas políticas y las divisiones entre grupos —identificados con la Casa de la Cultura, el Jardín de las Rosas, la Universidad Michoacana y otros colectivos— lo volvieron frágil. Con el cambio de gobierno en 1986, el proyecto se desmoronó rápidamente. “Nadie dijo nada, no pasó nada. Creo que es algo muy delicado porque ofrece una visión de cómo se manejan las cosas en la política y su relación con los pintores”.

No existe una “escuela michoacana” de pintura, considera el artista michoacano a pregunta expresa. “En términos generales predomina el individualismo, lo que ha provocado divisiones internas y escasez de oportunidades”. Refiere que, aunque cada vez egresan más jóvenes de las escuelas de arte, los espacios son limitados: existen pocas galerías y un solo teatro funcional. “El problema del crecimiento de la actividad cultural no es su tamaño, sino su destino, su orientación, su vocación. Debemos pensar desde el punto de vista social, hace falta mayor cohesión”, apunta quien fue coordinador del Centro Nacional de Formación y Producción de Artes Gráficas de Colima “La Parota”, en 1996, y coordinador general del Corredor Nacional de la Gráfica, en 1999.

En 2002 Vázquez fue designado titular del IMC, en el que estuvo poco más de dos años y vivió la transición hacia la Secretaría de Cultura de Michoacán (SECUM). Recibió el Instituto con 36 millones de pesos anuales (72 por ciento destinado a gasto corriente: “¿qué puedes hacer con el resto?”, acota) y lo entregó con 132 millones. Lázaro Cárdenas Batel triplicó el presupuesto, como había anunciado [en 2026 se le asignó a la SECUM casi 297 millones de pesos, mientras que cerca del 81 por ciento del recurso global se utiliza para gastos de nómina y costos operativos irreductibles]. “Lázaro tenía un verdadero interés en el desarrollo cultural”.

Sobre su paso por el IMC señala que le significó muchas experiencias y la oportunidad de tomar decisiones importantes al final. “Estuve muy poco tiempo y fui el último director. Pero pude, sobre todo, aclarar qué cosas se pueden hacer en un momento dado desde el punto de vista político y cuáles no pueden hacerse desde el punto de vista político también. Francamente, lo que hice fue oponerme a la flojera institucional y el resultado ya lo conoce todo mundo”.

Considera que la creación de la SECUM fue un acierto para otorgar mayor protección y visibilidad a la cultura, pero un error haber desaparecido el Instituto, que hubiera funcionado como su brazo ejecutor. Ambas instituciones, a su juicio, pudieron haber coexistido. “Era lo que pretendíamos y lo platicábamos con mucha frecuencia entre los artistas. Todas esas pláticas desaparecieron. Cada quien, por razones obvias y no cuestionables, se dedicó a resolver sus propias necesidades, a seguir su propia convicción personal y profesional”.

Lo anterior nos lleva de nuevo al tema del gremio artístico, del cual Octavio no se guarda su opinión: “Sí, es individualista, vela por sus propios intereses y eso a final de cuentas va en contra de su propio desarrollo”. Y abunda: “En momentos como éstos aparecen en la ciudad agrupaciones privadas de carácter artístico y qué bueno; grupos de teatro, galerías, librerías, centros de actividad cultural que no tienen nada que ver con la institución. Eso es bueno porque te da madurez. En aquellos años yo les decía: 'Tenemos que abrir la ventana, el mundo está ahí afuera, no nos podemos quedar adentro de la casa con la puerta y la ventana cerradas'. Mientras no haya cohesión no hay fortaleza. Nadie puede por sí solo. No hay manera de entender el fenómeno cultural si no es desde el punto de vista social”.

Su taller, un lugar “de ser” y estar

La conversación con Octavio Vázquez se extiende más allá de las preguntas específicas. El artista refuerza sus respuestas con anécdotas puntuales sobre personas, hechos y momentos que pueblan su memoria artística y personal.

Cuenta que cuando tenía apenas trece años y vivía en una vecindad de la colonia Santa Julia en el antiguo Distrito Federal, recién recuperado de una grave afección cardíaca que lo mantuvo año y medio sin asistir a la escuela, recibió la visita inesperada de su médico acompañado por un hombre mayor. Aquel visitante resultó ser el pintor jalisciense Jesús Guerrero Galván, uno de los grandes nombres del arte mexicano. Tras revisar los dibujos que el joven Octavio había realizado en hojas tamaño carta, Galván seleccionó varios, le indicó cuáles debía guardar y lo invitó a su taller en la Unidad Independencia.

A partir de entonces, enviaba puntualmente a su chofer cada mañana a recogerlo para que pasara el día entero aprendiendo dibujo, pintura y recibiendo valiosas lecciones de vida. Aquella breve pero intensa experiencia con un maestro de esa talla marcó profundamente a Octavio y lo convenció de que su camino era dedicarse por completo a la pintura.

Hoy, alejado de la administración pública, Octavio Vázquez se dedica a pintar con entera disciplina. Al abandonar la vida institucional reabrió su taller, quitó el candado y sólo encontró polvo, humedad y soledad. “Decidí limpiar todo eso, porque es una manera de limpiarte tú mismo, de liberarte todo y concéntrarte en lo tuyo. Aunque nunca dejé de pintar y dibujar, me urgía retomar la actividad disciplinariamente, y me puse a trabajar otra vez”.

Se levanta a las 5:30 de la mañana, lee, atiende a su familia —su esposa enferma y un hijo con parálisis cerebral— y trabaja en su casa-taller, donde también realiza trabajos de encuadernación, serigrafía y grabado. Hoy no tiene otro objetivo que seguir pintando.

Para Octavio Vázquez, el propósito de pintar radica en expresar la vida cotidiana en toda su profundidad: el momento de preparar la comida, las conversaciones con sus hijos y nietos, y todo aquello que enriquece constantemente su visión del mundo. Con la misma intensidad y convicción pinta una cebolla y una cuchara que los grandes temas de la revolución, siempre que forme parte de una lucha permanente, según explica.

Sus distintas técnicas —óleo, grabado y dibujo— están profundamente entrelazadas, pues toda su formación inicial fue literaria, rodeado de escritores como Jaime Sabines, Juan José Arreola, Efraín Huerta, José Revueltas, Juan Rulfo y otros, quienes lo animaron tanto a dibujar lo que escribía como a escribir lo que dibujaba. Entre pláticas, copas y lecturas voraces, la escritura y el dibujo han convivido siempre en su vida, alimentándose mutuamente. Su taller, repleto de libros, discos y materiales de escritura y gráfica, es su verdadero “lugar de ser” y no sólo estar —cómo él lo define—, un espacio vivo de creación y reflexión.

Y, también, actualmente termina un libro largamente gestado que ya tiene título: Un papel perdido. No es estrictamente autobiográfico, aunque incorpora anécdotas de la guerra cristera, el 68 y reflexiones sobre la vida. Habla del regreso a las raíces, las costumbres, y de cómo interpretar el mundo desde lo social, político y artístico. “Trata sobre un desarrollo de vida que lleva a concluir una meta que a lo mejor no le importa a nadie, pero que es una conclusión que ha traído la vida misma”.

A punto de cumplir 80 años, considera que el tiempo creativo y familiar es lo más preciado. Ya no le urge exponer tanto como antes; le urge pintar con seriedad y reunir una obra sólida. Disfruta de sus nietos y de la vida cotidiana en su colonia popular, donde todos se conocen y saludan, lo que lo lleva a pensar, de nuevo, en la dimensión social. “Si no se piensa desde el punto de vista social, estamos mal. Gobierne quien gobierne. La seriedad de la actividad artística es tan humana como la necesidad de respirar. Necesitamos encontrarnos entre nosotros con la gente”.

Al día de hoy, su mirada artística se resume en una anécdota de Jean Cocteau: cuando le avisaron que su casa ardía, caminó tranquilo y solo quiso rescatar el fuego. Para Vázquez, se trata de “conservar la necesidad, el compromiso y el disfrute de crear”. Por ello, pinta cebollas o revoluciones con la misma intensidad, siempre que responda a una lucha auténtica.

Inmerso entre sus añoranzas y pensamientos actuales, concluye: “El propósito no es vivir de lo que pinto, ya sé que eso no puede ser. Lo tengo clarísimo. Si pinto sólo para vender, estaría jodido. Pinto para pintar, no hay de otra. Soy, ahora, un pintor de tiempo completo”.

Víctor Rodríguez, comunicólogo, diseñador gráfico y periodista cultural.