Para mí, los poemas de Anna Ajmátova han sido una revelación. Su rigor lírico, la intensidad de su pasión y la novedad de sus imágenes no sólo me seducen: me persiguen. Los busco en cada edición que encuentro de poetas rusos y rara vez los olvido una vez que llegan a mis manos. Los he leído por gusto, pero también con una suerte de deslumbramiento persistente, como si en cada lectura algo se reanudara y no terminara nunca. En México, por fortuna, circulan traducciones notables. Entre ellas, me han resultado especialmente significativas las de Jorge Bustamante García, traductor directo del ruso, cuyas versiones me han dejado en un estado cercano al asombro: una especie de vigilia interior que invita, casi inevitablemente, a pensar en una poética. Al menos tres fuentes han acompañado este recorrido: una edición antológica titulada Poemas (UNAM, 1993; Norma, 1998) de Anna Ajmátova, ya una rareza editorial; la antología El instante maravilloso (UNAM, 2004) que incluye casi toda la generación de Plata y Cinco poetas rusos, publicada en Colombia por Editorial Norma en 1995. A ellas se suma la edición chilena Voy hacia nunca de poemas de Ajmátova (Ediciones Uach, Chile, 2020) que pasó fugazmente por mis manos, y otra, particularmente bella, de Frailejón Editores, también bajo el título Cinco poetas rusos (2024), y por sus páginas he llevado a cabo esta lectura. En esta última, junto a Ajmátova, aparecen poemas de Alexander Blok, Fiódor Sologub, Nikolái Gumiliov y Osip Mandelstam, acompañados por una lúcida introducción de Álvaro Mutis. Este volumen funciona como una guía precisa, pero también como un mapa de resonancias. La lectura, entonces, se vuelve el registro de un itinerario: un desplazamiento entre voces, afinidades y contrastes. Leer a Ajmátova es también ir al encuentro de estos otros poetas, reconocer su presencia y, en ese cruce, trazar un registro que permita acercarse –aunque sea de manera provisional– al núcleo de su dicción. Lo que queda es un camino abierto: no una ruta, sino una insistencia. Las traducciones de Bustamante García sostienen ese tránsito, pero no lo agotan: en cada poema de Ajmátova persiste una zona irreductible, algo que no se deja decir del todo y que, sin embargo, ordena la experiencia de la lectura. Esa tensión –entre lo dicho y lo retenido– aproxima su voz a la de Pessoa y Cavafis: no por semejanza, sino por la conciencia de que el poema es también un lugar de desposesión. Con Marina Tsvetáieva comparte, en cambio, la intensidad más expuesta, aunque en Ajmátova esa intensidad se repliega, se contiene, se vuelve casi mineral. En Brodsky esa herencia lírica encuentra una forma de continuidad: la dignidad de la voz frente a la intemperie de la historia. Pero es en un poema como Réquiem donde esa poética se concentra y se vuelve ineludible. No como culminación ornamental, sino como prueba: el poema deja de ser una forma lírica y se convierte en resistencia. La experiencia individual se diluye en una voz que ya no pertenece del todo a quien escribe y que, sin embargo, no puede callar. Que ese poema no figure completo –todavía– en las traducciones de Bustamante García introduce una ausencia significativa: no como carencia, sino como indicio (sin embargo, la traducción de Réquiem completo por José Manuel Prieto es muy interesante). Porque en torno a Réquiem se confirma que toda lectura de Ajmátova está, de algún modo, incompleta y este poema siempre la vuelve indispensable para reconocer el camino de su autobiografía. Y acaso deba ser así. La tradición, en Ajmátova, no es peso: es una forma de lucidez. Bustamante García lo advierte con precisión al señalar en ella una “ferviente conservadora de las tradiciones clásicas”. Pero esa fidelidad no se resuelve en repetición, sino en una continuidad tensa, donde las voces de la poesía rusa –clásica y moderna– reaparecen como ecos transformados, nunca como simple herencia. Hay, en su mirada, una densidad que no se dispersa: una manera de fijar la experiencia sin agotarla. De ahí que la lectura de sus poemas conduzca a una interpretación y a un estado de inminencia. Como apunta Bustamante G arcía: “Ante los poemas de Ajmátova, sin importar que hable de un amado imposible o de su hijo encarcelado, se asiste a un permanente descubrimiento, a un territorio único donde la poesía establece su mundo peculiar de percepciones”. Esa afirmación describe y delimita ese umbral. Porque leer a Ajmátova implica cruzarlo. Toda aproximación crítica resulta insuficiente si no regresa al poema, a su materia irreductible. Sólo ahí –en ese instante que no se deja fijar del todo– ocurre lo que, acaso sin exceso, puede llamarse la revelación de ese instante, sí, maravilloso. No hace falta un extenso desarrollo para reconocer la intensidad de Ajmátova. A veces, basta un puñado de cuatro versos: Tu flauta sonaba sobre el mundo silencioso, Y la voz de la muerte le hacía coro. Mientras yo, apática, me consumía. Y con dulce crueldad me embriagaba. La imagen inicial –esa flauta que irrumpe en un mundo silencioso– no introduce armonía: es la perturbación contenida que recuerda la presencia de la música en la poesía. La música no consuela: convoca. Y lo que responde no es la vida, sino la muerte, que “hace coro” y desplaza cualquier ilusión de equilibrio. En ese breve movimiento, el poema instala su tensión esencial: el yo no actúa, se consume. No hay dramatismo exterior, la combustión íntima, casi inmóvil. La expresión “dulce crueldad” no resuelve la contradicción: la sostiene. Ahí radica su fuerza. Dedicados estos versos a Sologub –cuya obra también traduce Bustamante García–, pueden leerse como un punto de cruce entre afinidades literarias y entre registros de una misma sensibilidad. Pero en Ajmátova esa sensibilidad se vuelve más contenida, más resistente a la dispersión. Lo decisivo ocurre en ese umbral donde el lenguaje parece detenerse: se desborda, se cierra y permanece. En esa permanencia, el poema alcanza una forma de intensidad que ya no depende de su extensión, sino de su capacidad de fijar una experiencia sin agotarla: “con dulce crueldad me embriaga”. Por mi parte, me interesa reconocer en Ajmátova una forma de persistencia que también nos alcanza. Ella misma recuerda haber estudiado “al principio mal, luego mucho mejor, pero siempre de mala gana”: una confesión que, lejos de disminuirla, la vuelve más próxima, más humana en su rigor. Sin embargo, es en la poesía donde esa resistencia se transforma en presencia: una voz que atraviesa lenguas y llega hasta nosotros con naturalidad y con profundidad. En ese sentido, conviene atender la lectura de Bustamante García, quien señala en “El último brindis” una suerte de condensación de su poética: un punto de equilibrio donde convergen sus temas, su tono y su mirada. Es la síntesis y el momento de lucidez extrema. El poema, en su crudeza y en su ironía, por igual, se sostiene como un gesto final que no busca consuelo. Más bien, afirma una conciencia: la de un mundo donde toda ilusión ha sido atravesada: Bebo por la casa arruinada, Por mi vida perdida, Por ti y por la soledad Entre los dos, Por la mentira de los labios desleales, Por el frío espectral de los ojos, Por ese mundo cruento y burdo Y porque ni Dios nos podrá salvar. Ahí la voz ya no se repliega ni se protege: nombra. En ese nombrar –seco, irrevocable– se cifra una de las formas más altas de su poética. Por esta razón, nuestro diálogo crítico regresa inevitablemente a Bustamante García. Al palpar como lector este título clásico —Cinco poetas rusos—, demuestra un criterio tan afortunado como meritorio. Poeta él mismo, Bustamante vivió en Rusia y, como bien intuía Álvaro Mutis en su prólogo, “conoce el idioma con toda la profundidad y devoción que exige una tarea como la que ha propuesto al ofrecernos esta maravilla que, ya para terminar el siglo, nos venía siendo negada a quienes hablamos español”. Miguel Cansino Assens (León, Guanajuato, 1983) es poeta, ensayista y editor. Cofundador de La escritura oblicua. Su poesía y ensayos indagan en el erotismo y la heteronimia; ha publicado en medios locales y nacionales y desarrolla actualmente el proyecto ensayístico y poético El taller blanco.