Ricardo Carvajal Medina Uno de los artefactos más enigmáticos y sorprendentes de la arqueología michoacana, aunque poco conocido, es una figurilla con rasgos olmecas encontrada en una tumba tarasca de Tzintzuntzan, descubierta durante las excavaciones de Rubín de la Borbolla durante la década de 1940 (Piña Chan, 1960, pp. 157, 168, y foto 67). La figurilla antropomorfa elaborada en jadeíta, presenta mutilación de ambas piernas y parte del brazo derecho; el rostro también tiene la nariz mutilada, aunque la boca, ojos y peinado son distinguibles. A la altura de la cintura se alcanza a distinguir un máxtlatl o taparrabos. Tiene dos orificios en la parte inferior, lo que indica que pudo haberse usado como colgante. Se encuentra resguardada en el Museo Nacional de Antropología. Figurillas similares del mismo material o en serpentina se han encontrado en diversas partes de Mesoamérica, una en San Jerónimo en Guerrero y otra en Tepatlaxco en Puebla, y se ha propuesto que se trata de danzantes, por las posturas en las que fueron representados (Bernal, 1976, p. 155 y lámina 74). La cultura olmeca tuvo su desarrollo histórico durante el período Preclásico Medio (1200-400 a. C.), y su zona nuclear se ubicó geográficamente en la costa del Golfo de México, en el sureste de Veracruz y el occidente de Tabasco. Fue una de las primeras civilizaciones de Mesoamérica, y se le considera como la “cultura madre”, por presentar rasgos sociales, políticos y religiosos que marcaron a las siguientes culturas mesoamericanas. La gran incógnita sobre esta pieza es: ¿Qué hacía una figurilla olmeca de 2000 años de antigüedad en una tumba tarasca de Tzintzuntzan? Hasta donde se sabe, la cultura olmeca no tuvo presencia en Michoacán, y lo más occidental a donde llegó su influencia fue a los territorios del actual Estado de Guerrero, donde se ha encontrado una figurilla similar. Además, los olmecas fueron de las primeras civilizaciones en Mesoamérica, mientras que los tarascos vivieron en el último período durante el Posclásico Tardío (1200-1522 d. C.). El arqueólogo Otto Schöndube proporcionó una posible explicación, pues mencionó que “se tiene una figurilla completamente olmeca encontrada en Tzintzuntzan, la capital de los tarascos. Como bien se sabe, Tzintzuntzan se caracteriza por una ocupación tardía y la presencia de este objeto ahí sólo la podemos explicar suponiendo que fuera encontrada fortuitamente por algún guerrero tarasco durante la expansión militar de estos hacia la cuenca del Balsas, el cual la llevó posteriormente a su capital”. (Schöndube, 1979, p. 27). Gracias a este hallazgo arqueológico, sabemos que dos culturas en el extremo del espacio y el tiempo del área cultural mesoamericana, tuvieron un breve contacto en la milenaria historia prehispánica. FUENTES: BERNAL, IGNACIO. “The olmec world”. Estados Unidos de América, Universidad de California, 1976. PIÑA CHÁN, ROMÁN. “Mesoamérica. Ensayo histórico cultural”. México, Instituto Nacional de Antropología e Historia/Secretaría de Educación Pública, (Memorias VI), 1960. SCHÖNDUBE, OTTO. “El Formativo Temprano en el Occidente de México”, en: “Jornadas de Historia de Occidente”. Jiquilpan, Centro de estudios de la Revolución Mexicana “Lázaro Cárdenas”, 1979. Ricardo Carvajal Medina, es historiador y filósofo por la UMSNH. Se ha dedicado a la investigación y divulgación del pasado michoacano, de la cultura tarasca y la guerra amerindia. Ha presentado trabajos en diversos foros y publicado varios ensayos, artículos y capítulos de libro. Es miembro cofundador de Mechoacan Tarascorum.