La voz
Secciones
  • Tecnología
  • Clima y fenómenos
  • Estilo
  • Especialistas COVID-19
  • Ruta-2021
  • Michoacán
  • Seguridad
  • Economía y Finanzas
  • México
  • Mundo
  • ¿A dónde vamos?
  • Vida
  • Entretenimiento
  • Cultura
  • Ciencia y Tecnología
  • Deportes
  • Edictos
  • Especialistas
  • Opinión
  • Servicios
    • La Voz Pack
    • Aviso Económico
    • Voy Paseando
    • Gente MCH

    SÍGUENOS

    La Voz de Michoacán La voz La Voz de Michoacán

    Buscar Cerrar
    Secciones
  • Michoacán
  • Seguridad
  • Economía y Finanzas
  • México
  • Mundo
  • ¿A dónde vamos?
  • Vida
  • Entretenimiento
  • Cultura
  • Ciencia y Tecnología
  • Deportes
  • Edictos
  • Especialistas
  • Opinión
  • Servicios
    • La Voz Pack
    • Aviso Económico
    • Voy Paseando
    • Gente MCH

    SÍGUENOS

    La voz
    • Inicio
    • Michoacán
    • Morelia
    • Seguridad
    • México
    • Reportajes
    27|08|2026  16:53
    Secciones
  • Michoacán
  • Seguridad
  • Economía y Finanzas
  • México
  • Mundo
  • ¿A dónde vamos?
  • Vida
  • Entretenimiento
  • Cultura
  • Ciencia y Tecnología
  • Deportes
  • Edictos
  • Especialistas
  • Opinión
  • Servicios
    • La Voz Pack
    • Aviso Económico
    • Voy Paseando
    • Gente MCH

    SÍGUENOS

    PUBLICIDAD
    Jueves | 27 Ago, 2026, 14:58

    El modernismo hispanoamericano: pluralidad, contradicción y renovación integral

    La experiencia enseña que la misma libertad concedida a todos sin distinción de aptitudes, ha traído grandes daños; los ineptos que forman la mayoría, el número, se han valido de ella, impidiendo que los aptos hagan uso de ella para obtener el bienestar social

    Sergio J. Monreal, colaborador La Voz de Michoacán

    Si, como lo planteaba a su turno José Emilio Pacheco, no hay modernismo sino modernismos. Y si, como coinciden concluir casi por unanimidad las aproximaciones críticas al tema, el modernismo significó una renovación integral no sólo de la producción literaria hispanoamericana, sino de la lengua castellana en su conjunto. Entonces resulta del todo lícito postular que, desde su variedad a menudo contradictoria, cada tentativa por refrescar las letras de España y de la América hispanohablante en el plazo que va del último romanticismo al despunte de las primeras vanguardias, forma parte de la travesía modernista.

    PUBLICIDAD

    A propósito de la prudente distancia de Antonio Machado y el manifiesto rechazo de Miguel de Unamuno ante las inquietudes y propuestas llegadas a territorio español con Rubén Darío, apunta Octavio Paz que ambos quedarán marcados sin remedio por ellas; y que justo ahí donde con mayor énfasis subrayen distinciones, más nítida mostrarán la impronta que el modernismo les dejó. Pacheco resume aseverando que ningún poeta logró mantenerse ajeno al influjo modernista, aunque lo rechazara.

    En 1978, durante el XIII Congreso de la Asociación Europea de Profesores de Español realizado en Budapest, el eminente filólogo catalán Francisco López Estrada dictó una valiosa conferencia sobre los límites y la aplicación del concepto modernismo. Moviéndose dentro del marco de una rigurosa y documentada perspectiva tanto historiográfica como pedagógica, concluye que “si hay que elegir un término y un concepto general que abarque en la medida de lo posible la totalidad de la literatura española desde 1885-1890 hasta 1915-1920, me inclino por el de Modernismo”. Exposición, corolario y propuesta resultan de enorme trascendencia no sólo por formularse desde el más estricto contexto académico, sino también a contracorriente de una usanza historiográfica, crítica y educativa que España venía institucionalizado desde principios del siglo XX. López Estrada no duda al identificar modernista a toda la llamada generación del 98 en su conjunto.

    Ahora bien, decretar sin más que cuanto sucedió durante aquellas décadas fue en su totalidad modernismo, llevaría a un callejón sin salida acaso tan pernicioso como el que ha supuesto circunscribirlo a los momentos y las figuras más identificados con el gusto parnasiano y la estética decadente.

    PUBLICIDAD

    Si el modernismo constituyó una tendencia constitutiva general antes que una escuela, ¿había forma de no ser modernista? Por supuesto. La había y la hubo: asumir que nuestra literatura y nuestra lengua gozaban de perfecta salud y que por lo tanto no resultaba necesaria renovación alguna. Estancada en las convenciones academicistas que identificaba como neoclásicas, así como en los desplantes oratorios y los arrebatos pasionales que identificaba como románticos, una nutrida nómina de voces —hoy con toda justicia olvidadas— se apoltronaban en la comodidad de lo seguro por conocido.

    Muy distinta resultó la actitud de los protagonistas de la generación del 98. Ante la impetuosa oleada americana desembarcada a partir de 1892 con Rubén Darío, algunos de ellos, encabezados por Ramón del Valle-Inclán y Juan Ramón Jiménez mostrarán adhesión y hasta entusiasmo. Al resto, con Unamuno y Machado al frente, no les agradarán los caminos ni los procedimientos propuestos; y algún atávico celo habrá despertado también en ellos la insolencia de aquellas gentes llegadas desde el otro lado del mar, con el peregrino afán de enseñarle a España nada menos que cómo había de hablarse y escribirse en español. Pero lo importante aquí es que no niegan ni desacreditan la imperiosa necesidad de una renovación, sino que discrepan respecto de las sendas y estrategias para alcanzarla, optando por buscar otras distintas. Su convicción central será que colocar a la literatura y a la lengua españolas en genuina interlocución con su actualidad y la del mundo, sólo ha de resultar posible abrevando de la propia tradición hispánica.

    Dicha voluntad regenerativa desde las herencias propias no quedará circunscrita a España. En México, dos poderosas corrientes nacidas durante la época virreinal, capaces de sobrevivir con saludable vigencia en la sensibilidad lírica nacional con perdurable plazo, vendrán a enriquecer el momento modernista con aportes propios: el humanismo clásico y la poesía religiosa. No nos confundamos; en ambas direcciones imperaba una media dominante de autores sin mayor relevancia, por completo asimilados a las estériles inercias temáticas y formales de cada caso. Pero dicho panorama resulta aplicable tarde o temprano a cualquier tendencia expresiva; comenzando por el propio modernismo, vulgarizado con una rapidez tal, que en fecha tan temprana como 1894 obligó a la célebre protesta de Darío, en el sentido de que él no tenía por qué cargar con todas las atrocidades “modernistas” aparecidas en América tras la publicación de Azul.

    En sus numerosos apuntes a propósito de lo pagano, Fernando Pessoa reitera una y otra vez que el impulso clásico corresponde antes que nada a un temperamento espiritual, donde la disciplina formal es resultado de una disciplina mental y emotiva, y no al revés. En su selección de Poesía neoclásica y académica mexicana de 1946, Octaviano Valdés despacha las artificiales distinciones entre frialdad formal y arrebato pasional, recordándonos que “las formas más disciplinadas pueden traducir perfectamente la pasión más violenta”; y enseguida pasa a destacar a aquellas selectas individualidades que, en medio de quienes durante el siglo XIX redujeron lo clásico a academicismo inerte, consiguieron dar continuidad a un genuino espíritu clásico, poniéndolo en sintonía con las nuevas realidades. Manuel José Othón es en este último sentido referencia central. Su valoración como nombre clave para nuestro modernismo no debe limitarse a la identificación de específicos matices parnasianos y simbolistas en este o aquel verso, sino en la tesitura general de su poesía; el habitual dictamen de que se trató de un genio solitario, marginal y sin escuela, queda en franco entredicho apenas aproximamos comparativamente su enunciación del paisaje natural mexicano a Mariano Azuela o a Juan Rulfo.

    Francisco González León y Alfredo R. Placencia, al lado de Ramón López Velarde, contribuyen por su parte a coronar la travesía modernista, abrevando en el venero no sólo de lo religioso, sino de lo estrictamente católico y lo francamente conventual. Así, un viaje que durante décadas proclamó como seña definitoria la voluntad cosmopolita, halla en el franco provincianismo algunas de sus más notables prendas de cumplimiento. Ese provincianismo no será sólo materia religiosa, pero tendrá lo religioso por eje de gravitación. Idealizar el irrecuperable edén de la provincia que la revolución está sepultando, es una tarea que acompasan íntegra a ritmo de campanario, liturgias, fiestas patronales, imágenes sacadas en procesión por calles de tierra, rezos de mujer enhebrados en rosarios sin término. Semejante alquimia permitirá a sus artífices desplazarse indistintamente de la abstracción mística al cuadro de costumbres, de la elucubración metafísica al misterio amoroso. Así, la hermética cifra y el ritmo universal prometidos por el simbolismo terminan aguardando en nuestras más íntimas cuitas, nuestras más modestas músicas, nuestro más humilde anecdotario.

    “El americanismo modernista se halla en la capacidad de sintetizar, asimilándolas, tendencias literarias que en Europa fueron sucesivas e incompatibles…”, “…tiene que cubrir en cuarenta años el camino que la literatura europea recorrió en una centuria”, resalta José Emilio Pacheco en el prólogo a su Antología del modernismo. Dicha capacidad asimilatoria condensa todo el misterio de sus mejores potencias, así como toda la tensión de sus radicales contradicciones.  

    Manuel Gutiérrez Nájera será tan ferozmente antipositivista en lo estético, como ferozmente positivista en lo político y lo social, con manifiestas y para nada ambiguas tomas de partido en ambas direcciones a través de sus escritos.  En 1876, durante su debut como polemista de la prensa capitalina, formuló a manera de declaración de principios proclamas como la siguiente:

    Lo que nosotros combatimos y combatiremos siempre, es esa materialización del arte, ese asqueroso y repugnante positivismo que en mal hora pretende introducir[se] en la poesía; ese cartabón ridículo a que se pretende someter a todos los poetas, privándoles así de la libertad.

    Mientras en 1883, a través de un texto titulado Política racional asevera:

    La experiencia enseña que la misma libertad concedida a todos sin distinción de aptitudes, ha traído grandes daños; los ineptos que forman la mayoría, el número, se han valido de ella, impidiendo que los aptos hagan uso de ella para obtener el bienestar social.

    Aunque referidos a temáticas diferentes, el contraste entre ambos planteamientos no puede antojarse sino poco menos que brutal. ¿Cuál es el “verdadero” Gutiérrez Nájera? ¿El prometeico reivindicador de una poesía sin ningún género de cortapisas? ¿El darwinista social adulador de la “dictadura honrada” perpetrada por Porfirio Díaz? Ambos lo son. La opción del escritor idealmente consagrado a la gratuita belleza del arte por el arte, había nacido condicionada por su explotación como trabajador asalariado en los medios de prensa.

    La conciliación de contrarios principios le viene pues al modernismo tanto de la enorme variedad de intereses en materia de regeneración estética, intelectual y espiritual que animó a sus protagonistas, como de las circunstancias sociales, políticas y culturales en medio de las cuales debieron desenvolverse. Para América Latina, este último factor subrayaba la plena aceptación de las reglas de juego de la sociedad burguesa a través de regímenes variadamente autoritarios, luego de décadas de convulsión sostenida; en España, volvía inexcusable arrostrar antes que nada el desvanecimiento de un ensueño imperial sin boleto de regreso, tras la pérdida de Cuba y Filipinas.

    Tan multifactorial ecuación derivaría a la postre en un segundo siglo de oro para la literatura escrita en lengua castellana.

    Sergio J. Monreal, Escritor, galardonado con diversos premios nacionales e internacionales. Fue articulista cultural de base en La Voz de Michoacán durante quince años, a través de las columnas “Cable a tierra” y “El vuelo de Apolodoro”.

    Especiales

    "Persona analizando sus finanzas personales con un gráfico de gastos y ahorros".
    23 Abr, 2026, 23:00

    Especiales

    ¿Cuál es su personalidad financiera? ¡Le conviene saberlo!

    16 Jul, 2024, 18:33

    Especiales

    ¿Cuál es su perfil laboral: empleado ‘SI’ o ‘Ya veremos’?

    PUBLICIDAD

    Las más leídas

    • Reportan presunto enfrentamiento entre grupos criminales en Pedernales, municipio de Tacámbaro por Huante
    • Confirma SSP un muerto tras enfrentamiento en Pedernales, Tacámbaro por Huante
    • FGE pide ayuda para identificar a mujer localizada sin vida en la plaza de Tarímbaro por Huante
    • Atacan a policías en Tacámbaro y bloquean carretera; hay un herido y un presunto delincuente detenido por Osiris
    • Tráiler cruza sin frenos la caseta de Zinapécuaro y choca a una Caddy; hay un herido por Huante

    PUBLICIDAD

    Destacadas

    • La morenista Gladyz Butanda en rueda de prensa.
      Morelia | 4:40 pm

      Resolución de la SCJN frena simulación en candidaturas independientes: Gladyz Butanda

    • Rubén Rada, músico uruguayo referente del candombe y la música popular
      Música | 4:35 pm

      Muere a los 83 años Rubén Rada, referente del candombe uruguayo y la música latinoamericana

    • Jueves | 3:20 pm

      “Miiuni” palabra de la lengua purépecha

    • Jueves | 3:14 pm

      Juan Carlos Jiménez Abarca: encontrar un lugar en el movimiento

    PUBLICIDAD
    • Aviso legal
    • Quiénes somos
    • Clean Ranks Partners
    • Contacto